Factoría 798: la nueva “Revolución Cultural” de China

Publicado por el ago 10, 2008

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Tiene sólo veinte años pero, como casi todo en este país que avanza a pasos agigantados, ya es uno de los fenómenos con más proyección en el mundo. Se trata del arte contemporáneo chino, que se ha puesto de moda y ya está batiendo récords gracias al extraordinario crecimiento experimentado durante las tres últimas décadas en el coloso oriental.
De hecho, en la pasada subasta de otoño de Sotheby´s en Nueva York se vendieron casi 200 cuadros de pintores chinos por un valor total de 13,7 millones de euros. Entre ellos, destacaban las carísimas obras de Zhang Xiaogang y Chen Danging, algunas de las cuales cuestan más de un millón de euros, y las creaciones de Yang Shaobin, Liu Xiaodong, Zhao Chunxiang y Wang Qingsong. Tan elevada cotización servía para tasar, al menos en términos económicos, la espectacular eclosión que vive en estos momentos el arte contemporáneo chino, que ha irrumpido con fuerza en el panorama internacional pese a su relativamente corta vida.
Aprovechando el tirón de los Juegos Olímpicos, este verano se celebra en Pekín una gran exposición que, bajo el título Nuestro futuro, reúne la obra de 90 artistas contemporáneos, como Chen Zhen, Gu Wenda, Huang Yongping, Wang Du, Zhang Xiaogang o Cao Fei. Esta retrospectiva, que se prolongará hasta el 12 de octubre, tiene lugar en el Ullens Center for Contemporary Art, en el barrio bohemio de Dashanzi, y muestra el insuperable momento que está viviendo el panorama artístico del dragón rojo.

Pero esta nueva Revolución Cultural no habría sido posible sin el imparable progreso que, desde finales de los 70, han provocado las reformas capitalistas puestas en marcha tras la muerte de Mao Zedong.
Tal como explica a ABC Pi Li, crítico de arte y uno de los responsables de la galería pequinesa Universal Studios, las corrientes contemporáneas se remontan a mediados de los años 80 por la apertura de China y la proliferación de autores independientes. Hasta ese momento, las únicas influencias que recibían los artistas del coloso oriental procedían del realismo soviético, pero los nuevos aires que soplan en el dragón rojo traen de repente a las vanguardias históricas occidentales.
Su aceptación no habría sido posible, según Boriana Song, de la galería Art Now, sin la flexibilidad de la mentalidad china, que se adapta rápidamente y asimila todo aquello que más le conviene a pesar de que el país había estado cerrado a dichas influencias extranjeras durante medio siglo.

El arte contemporáneo chino echa a andar de la mano de una primera generación de autores underground que revisten sus reivindicativos mensajes políticos bajo el manto de estilos tan diversos como el impresionismo o la abstracción.
En aquel entonces, los movimientos artísticos chinos eran tan minoritarios que sus primeras exposiciones se realizaban en las casas de los pocos extranjeros que vivían en Pekín. Una de ellas era la actual directora del Instituto Cervantes en la capital china, Inma Puy, quien demostró algo más que visión de futuro cuando acogió en su domicilio una muestra de Zhang Xiaogang, cuya serie de retratos de familia se venden hoy por un millón de euros.
El peculiar momento histórico que vive el gigante asiático en esa época, marcado por la apertura económica pero acompañada de un férreo control político por parte del Partido Comunista, propicia la aparición del realismo cínico y del gaudy art (arte kistch).

Al frente de la primera corriente se sitúa Fang Lijun, famoso por sus cuadros en los que las cabezas humanas parecen grandes globos. Por su parte, artistas como Wang Guangyi se convierten en pioneros a la hora de adoptar la iconografía pop para mostrarse críticos con un régimen comunista cada vez más orientado hacia el consumismo.
En febrero de 1989, se celebra la primera gran exposición de arte contemporáneo en el Museo Nacional de Pekín. Pero la Policía cierra dicha muestra el mismo día de su inauguración después de que los autores de Interferencias hicieran un disparo al aire dentro de su performance.
Pocos meses después, la masacre de cientos de estudiantes que demandaban reformas democráticas en la plaza de Tiananmen coloca a los jóvenes artistas en el punto de mira de la represión política, por lo que muchos de ellos tienen que exiliarse a Estados Unidos, Francia o Alemania.
Es el caso de Shan Fan, conocido como el Tàpies chino y quien no regresa a su país hasta que empiezan a aminorar el control y la censura del régimen a partir de 1993. Ese año, además, tiene lugar en Venecia la primera exposición internacional de arte contemporáneo chino, provocando un nuevo momento de auge que desatará la proliferación de villas de artistas a mediados de los 90 y la aparición de una segunda generación de autores.

Estas primeras y rudimentarias comunas, localizadas al este de Pekín en Dong Cun y al noroeste cerca del Palacio de Verano, son desalojadas por la Policía y luego demolidas, pero establecen un precedente para que el artista Huang Rui se asiente a principios de este siglo en el ya emblemático barrio de Dashanzi.
Ubicado al noreste de Pekín camino del aeropuerto, este suburbio obrero destaca por la presencia de la Factoría 798, un enorme complejo de fábricas estatales construido hace ya medio siglo por arquitectos de la Alemania oriental que adaptaban el estilo Bauhaus a las particulares consignas ideológicas y estéticas del régimen comunista chino.
Dentro del proceso de reforma y apertura económica acometido por Pekín, muchas de dichas empresas gubernamentales se han visto obligadas a cerrar sus puertas. Gracias al económico precio de su suelo, al menos hasta hace un par de años, sus vetustas y decadentes, pero atractivas, naves industriales han sido ocupadas enseguida por una legión de pintores, escultores, diseñadores y músicos.

Tras superar los intentos de desalojo y derribo por parte de la Policía, que sigue interrumpiendo alguna que otra exhibición incómoda para el Gobierno, la Factoría 798 se ha convertido en uno de los principales epicentros culturales de China. Así lo demuestra el centenar de galerías allí instaladas, algunas de ellas occidentales, y la celebración de numerosas exposiciones y conciertos de vanguardia.
Imitando a los lofts neoyorquinos, las antiguas naves industriales de la época comunista, que incluso conservan en sus paredes los caracteres en mandarín con exaltadas proclamas a Mao Zedong, han sido reconvertidas en galerías de arte, restaurantes de diseño, tiendas de moda e incluso en estudios donde viven los propios autores. Un vibrante panorama que contrasta brutalmente con el humo que desprenden las chimeneas de las fábricas aún operativas en el polígono industrial y, sobre todo, con las cuadrillas de sucios y tiznados obreros que se cruzan con jóvenes chinos modernos bajo las polvorientas y cochambrosas tuberías que recorren sus calles, de cuyas grietas escapan fantasmagóricas nubes de vapor.

Desde 2005, la Factoría 798 ha vivido un espectacular desarrollo apoyado en la eclosión del arte contemporáneo chino, por lo que los precios de las obras se han disparado y algunas de ellas cuestan ya varios millones de euros. Esto se debe, a juicio de la experta en arte chino Nuria Querol, a la abundancia de nuevos ricos que compran cuadros para reflejar el estatus económico que han adquirido gracias al crecimiento de China. Como consecuencia, hay un exceso de subastas en el medio centenar de casas repartidas por Pekín, Shangai y Guangzhou (Cantón).
Aparte de los coleccionistas extranjeros que han sucumbido a la moda del arte chino, la mayoría de los compradores son, según el crítico Pi Li, promotores inmobiliarios, grandes empresas y estrellas del mundo del espectáculo que buscan artistas emergentes.

Por eso, cuando autores como Liu Xiadong venden sus obras por más de dos millones de euros dentro de China, surge la pregunta de si el arte chino está sobrevalorado. Para Pi Li, ésta es una cuestión de difícil respuesta porque nuestras mejores figuras están peor cotizadas que otros autores extranjeros de su mismo nivel, pero al mismo tiempo se pagan precios desorbitados por la obra de artistas jóvenes y poco conocidos.
Mientras tanto, una tercera generación de autores, más preocupada por el dinero que por la innovación del arte chino, se beneficia de su reconocimiento tanto fuera como dentro del país, como demuestra el apoyo del Gobierno a la exposición celebrada en Hamburgo en 2002 y su inclusión dentro de la élite cultural del dragón rojo.

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Tras un biombo chino © DIARIO ABC, S.L. 2008

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