Tíbet: entierros en el cielo

Publicado por el may 12, 2007

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En la elevada región del Tíbet, donde sus habitantes viven más cerca del cielo que del suelo, también mueren más cerca de las nubes que de la tierra. Por eso, a los tibetanos les aguarda un singular ritual funerario cuando fallecen: el entierro en el cielo.
Cerca del monasterio de Sera, a las afueras de Lhasa, se llevan a cabo estos oficios fúnebres, uno de los cuales estuve presenciando a cierta distancia porque está prohibido que los extranjeros y curiosos asistan sin invitación. Antes de que amanezca pasadas las siete de la mañana, y envuelta todavía en las sombras de la noche, una camioneta sortea a duras penas los baches del camino de tierra que conduce hasta el pequeño templo donde se va a celebrar el funeral.
En la descubierta parte trasera de la furgoneta se balancea el cuerpo del difunto, envuelto en ropas de color blanco. Han pasado ya tres días desde que pereció y, según marcan los principios religiosos del budismo tibetano, los cantos de los lamas que recitan pasajes del Libro de los Muertos habrán ayudado al alma del finado a avanzar por los 49 niveles del bardo, el estado intermedio que sigue al fallecimiento y precede a una nueva reencarnación en la rueda de la vida.

Pero lo que le está esperando al cadáver al final del pedregoso sendero dista mucho de parecerse, al menos para la mentalidad occidental, a una existencia mejor. Calentándose al abrigo de una hoguera, un hombre hosco y silencioso termina de afilar un enorme cuchillo de carnicero. Utilizando semejante herramienta, y ayudándose con un hacha y hasta con un mazo, se dispone a descuartizar el cuerpo en pedazos para ofrecerlo a la bandada de buitres que, con las primeras luces del día, ya vuelan sobre su cabeza dibujando círculos concéntricos mientras esperan su macabro desayuno.
En esta zona del mundo situada a más de 3.000 metros de altitud, tan atroz tipo de enterramiento se ha convertido en la forma más extendida de despedir a los muertos por una simple cuestión de necesidad. Con un suelo demasiado rocoso como para ser cavado y una vegetación tan escasa que impide derrochar la madera de los árboles incinerando los cadáveres, la alternativa funeraria ha consistido en recurrir a otro de los elementos básicos de la vida junto a la tierra y el fuego: el aire.
Bien podía haber sido, como en los vecinos Nepal e India, el agua, pero los tibetanos al contrario que los hinduistas nunca han querido ensuciar sus ríos con los cuerpos de sus difuntos.

Por ese motivo, y a excepción de los lamas, los menores de 18 años, las mujeres embarazadas y los fallecidos por enfermedades infecciosas o accidentes, la mayoría de la población es enterrada en el cielo.
Para ello, la familia deposita al finado en posición fetal tal y como vino al mundo sobre una roca o durtro, el osario donde el descuartizador desmembrará el cadáver. Como los tibetanos creen que el cuerpo es sólo un recipiente vacío para el alma, no tienen inconveniente alguno en destruirlo totalmente una vez que ésta ha emprendido su migración hacia otra reencarnación, que será mejor o peor dependiendo del karma que haya tenido en vida.
Además, este sistema servirá para alimentar a los buitres, que se llevarán el alma a los cielos al ser considerados daikinis o ángeles que bailan entre las nubes.
Bajo la atenta mirada de los parientes del difunto, que contemplan la sobrecogedora escena con pasmosa serenidad, el descuartizador corta con destreza los miembros del cadáver y utiliza un mazo para descomponer en astillas los huesos, que luego son mezclados con una harina de cebada llamada tsampa.
En cuanto el cuerpo es reducido a una masa informe de vísceras, músculos y carne ensangrentada, los parientes dejan de agitar los bastones con los que ahuyentaban a los buitres y la bandada se precipita al instante sobre la roca, enclavada en la orilla de un riachuelo que discurre casi seco y situada entre un pequeño templo budista y una estupa.

Impertérritos, los familiares no dejan de contemplar el ritual ni siquiera cuando las aves carroñeras están devorando los restos, a pesar de que los buitres extienden sus alas de hasta dos metros e introducen sus peladas cabezas hasta el fondo de los órganos humanos en busca del bocado más apetitoso.
En menos de media hora, los animales concluyen el festín. Los buitres están tan saciados, como demuestran sus inflamados estómagos, que no pueden remontar el vuelo, por lo que se abren paso andando entre los familiares para ascender a una colina cercana donde reposar y hacer la digestión.
Sobre la roca ya sólo queda un rastro de sangre y los ropajes que envolvían al difunto, que ha sido enterrado en el cielo para que su alma migre hacia una nueva vida.

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