Un azulejo para Fandiño en su rincón de Las Ventas

Publicado por el Jul 8, 2017

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Madrid, 16/05/2014. Feria de San Isidro en la plaza de toros de Las Ventas. Toros de Jandilla para David Fandila «El Fandi», Iván Fandiño y Joselito Adame. Foto: Ignacio Gil. Archdc

Pocos toreros han mantenido en el siglo XXI un idilio como el de Iván Fandiño con Las Ventas. Doce orejas en un lustro alimentaron un romance con sus idas y venidas, como todos los amores. “Tiemblas solo al pasar por su fachada, majestuosa, dueña de la historia, juez de cada temporada, novia caprichosa y celosa, amante apasionada y, cuando te entregas, la esposa más fiel”, escribía el propio matador en ABC en mayo de 2015, cuando aún sentía el dolor y la presión por una encerrona con seis toros que pudo cambiar el curso de la tauromaquia. Rodó la expectación, el histórico e inédito llenazo un Domingo de Ramos con un torero a solas, las seis divisas de leyenda… Luego no se cumplirían las expectativas depositadas en aquella tarde. Tantas fueron que sobre las espaldas del torero caería una dureza desmesurada, aunque hoy, con la muerte ya presente, se ensalza y da aún más valor a un gesto incalculable y que difícilmente volverá a repetirse.
Lo que sí repitió Iván Fandiño fueron faenas y faenas para contar y cantar, aunque no fuese un torero al que arropasen poetas, sino un héroe del pueblo, que es el que manda. Y el pueblo vibró con sus faenas a Agricultor, de Guardiola; a Delicioso, de Carriquiri; a Podador, de Cuadri (su nombre figura en las estadísticas como el último que ha cortado oreja a esta ganadería en la Monumental)… Es la obra al parladé “Grosella” su más laureada, una de las grandes faenas escritas esta década en la capital, donde terminaría descerrajando la Puerta Grande en San Isidro de 2014, con el mismo hierro de Parladé. Otro trofeo conseguiría unos días después en la Beneficencia frente a un toro de Alcurrucén.
En la soledad de la guerra, Fandiño, que buscaba el toreo puro y auténtico, lidió con todos los encastes. Antes de cada paseíllo, la figura vasca repetía una liturgia: de grana, esmeralda, azul o caldera, asentaba las zapatillas -como luego en la arena- en el patio de cuadrillas, en su rincón sagrado, a la vera de su apoderado, Néstor García. Siempre cerca, pero cada uno en su sitio. Ese recodo sacro era el rincón del llamado León de Orduña, en su íntimo diálogo, alejado de besos y abrazos, fiel al apretón de manos a la antigua usanza, con la sombra reflejada en los ladrillos de su “guarida”.
Sabedores de la historia, por sentido, sensibilidad y merecimiento, los aficionados han comenzado a firmar en change.org (https://www.change.org/p/ayuntamiento-de-madrid-una-placa-para-iván-fandiño-en-el-rincón-del-patio-de-las-ventas-rincón-de-las/u/20605445) una petición para que una placa recuerde a Fandiño en ese rincón -donde ya se depositó un ramo de flores en un gesto espontáneo-, el rincón de Iván Fandiño. Y qué mejor que ese azulejo resplandezca ya en la próxima Feria de Otoño. La Comunidad de Madrid y su Centro Taurino tienen la última palabra.
Posdata: Fandiño es el único espada vasco que ha salido a hombros en Las Ventas y el último gran torero vasco. Si hay memoria, Bilbao también debería inmortalizar su recuerdo. Los minutos de silencio se los lleva el viento, las obras quedan.

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