El holandés errante

Publicado por el may 18, 2010

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Mario Cabré se perfila con la espada en alto. En el momento de la suerte suprema lanza un «¡Va por usted!» a una bellísima Ava Gardner, plena de pasión en el tendido. Y en ese instante aparece en la grada un desafiante James Mason. Cruce de miradas, se masca la tensión, la cogida, el horror, el miedo. Al torero lo llevan malherido a la enfermería y allí acude Pandora -Ava- con el capote y la montera del matador…
Con permiso de Oti R. Marchante, tremenda la escena de «Pandora y el holandés errante». Afortunadamente Albert Lewin no fue presionado por todo el entramado antitaurino actual que le hubiera gafado su película. Imaginemos hoy al director teniendo que bregar con la tortura al toro, con su equiparación al maltrato de ancianos y niños… Vamos, que loco y desorientado cambia la plaza por una cancha de baloncesto.
La apacible Tossa de Mar de los cincuenta se hubiese llenado ahora de pancartas contra Ava Gardner, contra James Mason, contra el director Lewin y contra el polifacético Mario Cabré. ¡Asesinos, asesinos! En fin, que ni holandés ni errante ni paseante.
¡Ah, Mario Cabré! Además de ser un torero de exquistas maneras, de supremas elegancias; además de aquel idilio con el animal más bello del mundo, subió a la escena, se adentró en la poesía y hasta cautivó a millones de españoles en aquellos primeros programas de televisión allá por los años sesenta.
Barcelona, primero de noviembre de 1947, Todos los Santos. No hay antitaurinos en el horizonte y el torero-actor-poeta comienza el día rodando unas escenas de «Canción Mortal», por la tarde a la Monumental. Lleno en los tendidos, final de temporada. Nadie grita, nadie insulta, nadie se siente ni torturador ni maltratador ni, mucho menos, asesino; todos disfrutan. El diestro catalán triunfa una vez más ante sus paisanos, y de la plaza al Teatro Apolo. Allí está anunciado para interpretar a Don Juan Tenorio. Éxito también.
Admiración provocaba este torero. ¿Hubiera podido ahora desarrollar todas esas facetas artísticas? De catalán de pro a los infiernos, seguro. Mario Cabré no sería en estos días lo que se conoce como políticamente correcto; al contrario, un rebelde, un bohemio, un hombre de vasta cultura que proclamó con orgullo aquello de «Sóc torero i catalá, que equival al ser dues vegades torero».
El domingo, toreó en La Monumental otro diestro catalán, Serafín Marín, de Montcada. Pisó la arena tocado con la barretina y liado en la senyera a modo de capote de paseo. Una reivindicación, una declaración de intenciones que acabó en un triunfo grande, a hombros de los aficionados que lo sacaron hasta la Gran Vía. Heredero de Mario Cabré y de tantos otros que sintieron el toreo y Cataluña muy dentro.

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