Valentino, mis hijas, madridistas, lloran; te van a silbar en Cheste

Publicado por el oct 25, 2015

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Tamara y Andrea, madridistas de postín, han venido a los circuitos a verte correr durante años y años mientras yo trabajaba para ABC escribiendo de este precioso deporte que tanto amo. Después del fútbol, es mi otra pasión. Nieto me envenenó de ella. Te voy a ser sincero, Valentino: la hija mayor, Tamara, me ha arruinado comprándole cada año en Jerez tu gorra y todas tus prendas de cada equipo que pilotabas. En cuanto cambiabas una publicidad en tu vestimenta, allí iba yo a comprar gorra y lo que fuera. La pequeña, Andrea, es más de Pedrosa, quizá por aquello de verse reflejada en su altura. Pero también te amaba, porque me escuchaba hablar de ti y quedaba influida. Y la mayor remataba el lobby familiar pro Rossi. Te lo digo con franqueza, quienes me conocen lo saben: me gustan especialmente tres pilotos, Lorenzo, Márquez y tú. Porque los tres habéis dado un ejemplo de trabajo, talento, fuerza de voluntad y capacidad mental para aguantar todas las presiones. Pero tú, Vale, has roto el encanto del motociclismo. La ambición siempre te ha podido. Y ahora te ha hundido para siempre.

Todos sabíamos que eras capaz de vender a tu madre por obtener dos décimas. Y no era una frase. Era una verdad. Y ahora, a los 36, cuando sabes que esta será tu última ocasión de igualar los ocho Mundiales de Agostini, has perdido la deportividad por ganar como sea tu última corona. Tamara lloraba tras ver tu jugarreta. Andrea era feliz por el triunfo de Dani y al final también estaba triste por ver que todo el mundo hablaba de tu argucia ajena al deporte. Has destrozado tu propio mito, Valentino. Has pegado un golpe a Márquez (sea patada, patadita o presión a la maneta del freno) y, sobre todo, le has esperado en una curva para frenarle y ponerle nervioso. Eso es lo peor. No has corrido, solo te ha preocupado tirar a un rival para lograr ser tercero. Habrías podido provocar un accidente mortal por conseguirlo, eso es lo peor.

Con esa falta de objetividad que ahora demuestras, dices que la sanción es injusta. Solo te han castigado con salir el último en Cheste. Te tenían que haberte suspendido para la última carrera y para las dos primeras de la próxima temporada. Eso, como mínimo. Pero Dorna piensa en esto como un negocio y solo te coloca el último en la parrilla para alimentar el morbo de una remontada de campeonato o de una derrota por tu error. Todo valdrá. Y si ganas el título, pues leña y polémica, mira qué bien. Y si no eres campeón, pues fiesta española con Lorenzo y más polémica, pues siempre dirás esa mentira de que te han querido quitar el título entre Márquez, Lorenzo y la organización, cuando dos italianos, tus amigos Uncini y Capirossi, italinso mira por dónde, te han ayudado siempre en Dirección de Carrera en tus incidentes para tapar tus combates al límite del Reglamento (y fuera de él) con Biaggi, Sete, Stoner (dos veces) y Márquez (tres). En las dos situaciones gana Dorna, gana la transmisión televisiva multimillonaria y ganas tú con tus lagrimitas de cocodrilo como víctima del poder de Ezpeleta, que es español y es más seguidor tuyo que de nadie, porque Carmelo, como todos los que nos movemos en el motociclismo, no piensa en pilotos de un país, piensa en amor por los pilotos.

Listo que eres, ahora amenazas con filtraciones de las tuyas, tan habituales, con tus periodistas de cámara, para decir que quizá no corras en Cheste. Hoy ya has dicho que si vienes. Estaba claro. No vayas de víctima, Valentino. Ya no cuela. Pero en Cheste, y lo sabes, te van a silbar cada día. Y no por españolismo en favor de Jorge, pues no hay deporte con menos colores nacionalistas que el motociclismo, sino porque has roto tu mito para todo el planeta. Y sabes que Lorenzo precisamente no cae bien a muchos seguidores, porque su seguridad mental la malinterpretan como chulería.

Te van a pitar porque eres ya un juguete roto por tu propia ansiedad pantagruélica por vencer como sea. Sabes que la afición te va a abroncar, porque no eres deportivo. Para esto, es mejor perder en Sepang tres puntos más, ser cuarto y seguir cayendo bien a todo el orbe. Y en eso es lo que estás pensando ahora. Has emborronado tu historial para siempre. Que pena.

Mira, Valentino, mi hija mayor me ha dado este domingo todas tus gorras. Ya no las llevará. La del 46 amarillo, la de Repsol, la de Yamaha, la de Ducati. Todas me las ha devuelto. Solo se queda con la del Madrid. Y sabes lo peor: yo también llevaba las tuyas, porque mi ruina era doble, también me las compraba para mí. ¿Sabes lo peor, Vale?: Estoy calvo, tengo la T4 en la cabeza, como dicen mis compañeros de ABC, y tus gorras me hacían moderno. Ahora tampoco las podré llevar. Tu ambición ha destrozado a toda mi familia. Se acabó el mito. Y me obligará a comprarme un sombrero como los que lucía mi añorado Santiago Castelo, que siempre me pedía que llevara el suyo, el cordobés (mi padre era de Córdoba).

Mis hijas te van a silbar en el circuito Ricardo Tormo, que por si no lo sabes fue un campeón que solo corría para ganar con piernas repletas de aluminio, por un accidente por entrenarse donde no se podía. Aquel accidente acabó paulatina y lentamente con su vida. Tú, Valentino, has tocado fondo. Y si el fútbol me lo permite, iré a Cheste a silbarte también. Y te tiraré las gorras como a Curro Romero le tiraban los asientos plastificados en el ruedo.

Valentino, he vivido muchos días felices contigo desde 1996. Cuando debutaste en el Mundial, dije a todo el mundo que serías único, por tu forma de rodar por los pianos rojiblancos de las curvas para adelantar a quien fuera, se llamara Roberts o Biaggi, te daba igual. No respetabas deportivamente a nadie. Ibas a triunfar. Lo sabías. Me llamaron del ABC de Sevilla y Cádiz para que les explicara quien eras y escribiera una páginas con todos esos elogios que habían leído y admirado. Te vieron ganar y se quedaron boquiabiertos. Ahora, sé un hombre y no llores como víctima lo que no has sabido defender como un hombre: tu deportividad.

Yo tampoco quiero tus gorras, Valentino. Las regalo. Me da vergüenza llevarlas.  Y ahora voy por la calle y miro de reojo por si alguien me espeta: ¿Cómo se te ocurría llevar gorras de ese? ya no eres el Valentino cercano, ni el Rossi respetable, eres ese. En ABC había un compañero que siempre me criticaba de broma por llevar una camiseta con tu nombre. Sabía que te idolatraba. Ya se ha jubilado, menos mal, y no me lo echará en cara, salvo por correo. Ahora tengo que borrar parte de mi pasado, Valentino, como si yo fuera un delincuente. Pero la excepcional hemeroteca de 112 años de ABC me delata: he escrito mil crónicas elogiando tu calidad. El ABC es como el algodón, no engaña. El que engañas eres tú.

Desde ahora, llevaré el sombrero cordobés de mi padre, el de Castelo (y quizá le ponga el número 46 por dentro, porque no quiero matar el mito).

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