La robapastas del Wellington

Publicado por el Mar 6, 2018

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Ella quería saber si podría ver en el hotel clásico de los toreros el partido que marcará la temporada del Real Madrid. Quería saber ella sí en el hotel de los escritores y artistas tendría la posibilidad de ver jugar a los artistas del conjunto blanco y del PSG, aunque el actor principal del equipo qatarí (perdón francés) estaba en Sau Paulo con un tobillo a la virulé. No sabemos su nombre. Es una mujer mayor, bien vestida, que se hace la tontita con la justificación de la edad. Pero de tonta no tiene ni un pelo de su cabello bien peinado.

La señora era, es, el espectáculo especial del gran salón del hotel Wellington, un lugar idóneo para la conversación. Se sentó en una mesa exhuberante, con un sofá y tres sillones reales, y no pidió nada. Se levantaba a presenciar los postres deliciosos que se exhiben en una mesa de estilo victoriano y cogía una pasta cada vez que pasaba por delante de ella. Y pasó quince veces, quince, como en una plaza de toros, sin que el tiempo ni nadie lo impidiera.

La señora, que de tonta no tenía un pelo, se cambió de mesa una docena de veces y en cada viaje, sin haber solicitado una consumición que justificara su estancia, arrasaba con una pasta en la mano. El fútbol era lo de menos. El Real Madrid era el engaño, el capote de su astucia mal calculada.

¿Y los camareros no se daban cuenta? se preguntarán ustedes. !Pues claro que se daban cuenta! Por lo visto, ya la conocen. Es una cliente asidua. Ella se cree que no la ven, porque siempre mete la mano en las pastas cuando piensa que nadie la observa. Pero los maitres y los camareros la ven desde dentro del bonito bar del Wellington, anexo al gran salón inglés, y la dejan hacer. Ella se cambia de mesa constantemente argumentando que la música del pianista le suena demasiado cerca. Y pasta para el gaznate. Después justifica que viene una amiga y que no sabe si le gustará esta mesa u otra situada justamente a dos metros de las pastas, que el toro siempre mira a chiqueros. Y con esa diatriba, explicada a los camareros vestidos con chalecos a cuadros azules y verdes, la señora adquiría su bolso de Carolina Herrera y su abrigo de visón para ir y venir cargada sin que el peso de sus caras posesiones le impidiera cazar una pasta inglesa del primer platillo, una pasta danesa del segundo o una pasta francesa del más alto.

Sin pedir la señora ni una mísera botellita de agua, bajo el razonamiento de esperar a la tardona amiga, la madame del Wellington recibió en una mesa un plato de pastas para ella sola, servido por un camarero del hotel, con el sano objetivo de no verla meter la mano más en los platos de plata que están preparados para todos los clientes.

Pero la señora robapastas era inasequible al desaliento. Se comió las cinco que le sirvieron gratuitamente (gratis ingirió todas) y un minuto después volvió a atacar la mesa principal de postres para coger más. Miraba de soslayo cuando no vislumbraba a ningún camarero y volvía al ataque. Los maitres, por supuesto, no la decían nada. Cuando pasaban a nuestro alrededor comentaban que en esta vida hay de todo. Lo decían con educación, con elegancia. La dejaban hacer.

La madame era la atracción del salón, el show que dejaba alucinados a todos los presentes. Algunos pensaban que era un espectáculo especial aportado por el Wellington en recuerdo de Ava Gardner, que tantas madrugadas de gloria brindó al hotel con Dominguín y Antonio Domínguez Olano como testigos directos.

Las conversaciones del gran salón inglés, aderezado con librerías dieciochescas, cambiaron de signo al ver el trajín de la señora en pos de disfrutar de tanta pasta. Por fin, la madame sentose en una mesa. Qué casualidad, al lado del sitio donde se exhibían todos los postres. Cazó dos pastitas más. Dos inteligentes mujeres asturianas, profesionales de la moda, comentaban que no creían que se atreviera a meter la mano a las tartas, porque terminaría pringada. Yo, que hablaba de su paisano Quini y de Santillana con ellas, les dije que no estaba tan seguro.

Por fin llegó la amiga que esperaba la señora, vestida con austeridad elegante. Y entonces surgió la hipocresía. Ya no robó ni una pasta. Ya no se levantó más. Delante de su amiga era una persona formal.

En los mentideros del Wellington se alimenta la leyenda de un marido que paga a fin de mes todas las fechorías pasteleras de su esposa. A Ava Gadner la dejaban subir cada noche con una botella abierta de güisqui y no pasaba nada.

Un camarero adujo que esta señora no es del Real Madrid, que es antimadridista y que en este martes 6 de marzo, en el cumpleaños 116 del Real Madrid, irá con el PSG del jeque Nasser Al-Khelaifi. Le pregunté al camarero el por qué. Y me dio una razón de realismo: “¡Porque tiene mucha pasta”! Espero que los dos, el jeque y la señora, se atraganten ante Cristiano, que está hecho de otra pasta.

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