«Shooting in Oregon»: la otra guerra de EE.UU.

«Shooting in Oregon»: la otra guerra de EE.UU.

Publicado por el Oct 3, 2015

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El último tiroteo acaecido este jueves en Roseburg, estado de Oregón, me pilló mientras me encontraba en Salem, capital de este estado de la costa oeste de EE.UU. Debatíamos en el Capitolio estatal con una ex congresista y un periodista local sobre una noticia que derivó en la renuncia del gobernador… hasta que conocimos, claro está, la noticia.

El primer titular ya daba diez muertos (uno de ellos el asesino) en el Community College de Umpqua, uno de esos centros a los que los alumnos acuden al acabar el «high school» para cursar solo dos años y poder reengancharse luego a la Universidad u otro College con estudios de cuatro años o emprender ya su vida laboral.

«Oregón es un western-gun estado» o «el presidente Obama no tiene ningún poder o mínimo en la cuestión de las armas», nos señaló la ex legisladora Vicki Berger, explicando la desafortunada relación de este Estado con los «shooting», algo que se extiende por todo el territorio hasta el punto que ayer los medios volvieron a preguntarse cómo se puede parar esta sangría que es «una verdadera guerra para EE.UU.», como citaba la CNN en sus informativos.

 

Varios lugareños participan en un homenaje en memoria de las víctimas en Roseburg, Oregón / EFE

Varios lugareños participan en un homenaje en memoria de las víctimas en Roseburg, Oregón / EFE

 

Efectivamente el derecho a portar armas en Estados Unidos, consagrado en la Segunda Enmienda a la Constitución, rebasa el poder Ejecutivo presidencial, sobrevalorado muchas veces en Europa. Hay poder legislativo (Cámara de Representantes y Senado) y judicial también,  y cada Estado (y hay 50) tiene a su vez poderes ejecutivos, legislativos (Cámara y Senado) y judicial también que pueden dar batalla a la Casa Blanca. Describimos, muy a la ligera, el conocido como «check and balances» que los padres fundadores de EE.UU. pergeñaron para ordenar lo ingobernable allá en 1776.

La Segunda Enmienda a la Constitución data de 1791 y otorga el derecho al pueblo de portar armas. Una medida inspirada en los continuos ataques que sufrían los pobladores del nuevo país independiente de las fuerzas británicas y que contaba con un Ejército débil. La imagen de ese derecho lo simbolizan los «minutemen», hombres armados que reaccionarían a los ataques.

Con la expansión de Estados Unidos hacia al Oeste, y las continuas guerras con los indios, México o la propia Guerra Civil en el siglo XIX ese derecho fue ya dogma de fe para la nación estadounidense que comenzaba a forjar su imperio industrial y urbano a finales de la centuria.

 

Portada del viernes de The New York Times

Portada del viernes de The New York Times

 

Pero… ¿qué condiciones deben darse para poder cambiar la Constitución de EE.UU., o modificar ese derecho a portar armas?:

1. Dos tercios de los votos de ambas cámaras del Capitolio: Cámara de los Representantes y Senado

2. La aquiescencia del 75% de los Estados.

Casi nada. Por ello se da la paradoja de que el sistema constitución más antiguo del mundo es infrecuentemente cambiado. A todo ello hay que sumar la influencia del cuasitodopoderoso lobby que la Asociación Nacional del Rifle (N. R. A., en sus siglas en inglés).

Eso sí, la legislación estatal lo que sí puede es impulsar medidas para restringir y hacer más duras las condiciones de la compra de armas, dotar de más medidas de seguridad a los centros educativos (ya de por sí blindados) o auspiciar, por enésima vez el debate.

Durante este viaje de tres semanas por EE.UU. he tenido la ocasión de visitar institutos, Community Colleges y Universidades y doy fe de las extraordinarias medidas de seguridad, hasta el punto de que la primera persona a la que sueles ver en un instituto, por ejemplo, es un sheriff o miembro de seguridad privada.

 

Un policía a la entrada de un instituto de Des Moines en el estado de Iowa / E. V.

Un policía a la entrada de un instituto de Des Moines en el estado de Iowa / E. V.

 

Hoy, la sociedad estadounidense se vuelve a preguntar qué se puede hacer. Newton, Charleston o Fort Hood son algunos de los últimos escenarios que se suman a Aurora, Columbine…

Expertos hablan de invertir más en la prevención y detección de enfermos mentales (el perfil general de los asesinos suele coincidir con esta característica), otros abogan por emprender un debate claro por la prohibición y el presidente Obama, atado de manos en este asunto, vuelve a lamentarse.

Los medios hablan de nuevo de esta otra y verdadera guerra de EE.UU.. Así lo expone el semanario Newsweek:

 

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