El tesoro del Museo del Prado (XII)

Publicado por el Aug 6, 2014

Compartir

A1-37374987.jpg

En el capítulo anterior Diego comienza a leer el diario de Vaamonde, seguro ya por completo de que la carta que halló es real y de que las pistas son el camino para encontrar el tesoro y no un juego o una broma. Pero sigue necesitando una clave más para resolver la primera de ellas.

Tener trece años es maravilloso, porque aún puedes silenciar a ese yo del futuro, amargado y cruel. Tener trece años es maravilloso, porque puedes olvidar en décimas de segundo que la chica de la que estás enamorado no te corresponde y llenarte de emoción pura. Tener trece años es maravilloso, porque crees de verdad que puedan existir los tesoros enterrados. Tener trece años y encontrarte con el auténtico mapa de un tesoro, es casi la mejor sensación del mundo.

Con las lágrimas por Gala aún frescas en las mejillas, y una gran sonrisa de triunfo, Diego abrió el diario de Vaamonde y comenzó a leer.

«Mi nombre es J. L. Vaamonde. Soy arquitecto, aparejador, y algunas cosas más. He acumulado muchos títulos y cargos a lo largo de los años, pero ahora mismo no me parece que valgan más que el papel en el que está escrito. Ahora soy, sobre todo, un hombre asustado».

Aquí Diego encontró un manchurrón de tinta. Se preguntó cómo habría escrito Vaamonde estas palabras. La caligrafía era perfecta, cuidada, pero en algunos momentos parecía apresurada, como si el autor no hubiese logrado reprimir sus emociones. Le recordó a la letra de su abuelo, tan pulcra como si estuviese hecha a máquina, pero al mismo tiempo personal, sentida. En la era de Twitter y Facebook, para alguien que había nacido después de la caída de las Torres Gemelas, aquel manuscrito era como un viaje en el tiempo.

«Tengo miedo porque vivo en una época donde la justicia y el sentido común han pasado a ser molestias. Donde el conocimiento y el arte son armas al servicio de ideologías, o algo a quemar y destruir. Y no, no es por mí por quien tengo miedo. Sería razonable y comprensible, no seré yo quien tenga reparos en reconocer tal cosa. Pero no, no es miedo por mi cuerpo lo que siento. Recuerdo que hace unos meses, largos como años se me hacen ya, escuché a don Miguel de Unamuno decir aquello de “Venceréis, pero no convenceréis”. Entonces lo creí, porque francamente creí que la razón y el derecho eran en sí mismos una victoria. Pero ahora se me ha encargado una tarea, y si fracaso no habrá triunfo posible. Admito con avergonzado pesar que mi miedo lo sufro más por los cuadros que por las personas. Que hombres somos muchos, y de mujer nacerán otros que nos reemplacen, y la vida seguirá, con otras caras, con otras voces. Pero nadie, nunca, podrá dar de nuevo a luz Las Meninas, ni un retablo de El Bosco. Por eso, cuando los aviones nos sobrevuelan, arrojando su carga mortífera sobre Madrid, sufro por el destino del contenido de estas salas, que es la Historia viva, y como tal, irremplazable».

Diego leyó en diagonal varias páginas más, en las que Vaamonde se explayaba sobre el curso de la guerra y sobre las consecuencias que podría tener para el Museo del Prado. Se citaban nombres y actos que él no comprendía ni le interesaban. De pronto su vista se detuvo en un punto concreto.

«He dividido mi trabajo de proteger los cuadros en distintas tareas, de las cuales sacar las obras de esta ciudad condenada y mandarlas a un hogar más seguro allende los Pirineos es tan solo la más visible de ellas. Pero había algunas piezas que por sus singulares características estarán más seguras escondidas en un lugar más cercano durante unos meses, quizás años, no lo sé. He escrito a nuestro presidente una carta para dejar constancia de su paradero, una carta que está aquí conmigo, escondida, y que enviaré en el momento adecuado. No creo que la comunidad internacional permita que los golpistas prevalezcan, pero si así fuera yo jamás revelaría a nadie el lugar donde se han escondido estas piezas».

¡Así que eso era! Vaamonde se fue al exilio al terminar la guerra, y las obras que él había enviado a Francia para protegerlas regresaron intactas. Pero él se había llevado el secreto a la tumba.

Diego se echó hacia atrás, rascándose la cabeza con agotamiento, intentando pensar. Seguía necesitando saber qué significaban aquellos números. Tres, uno, cinco. Si es que había interpretado correctamente la primera pista. Leyó unas páginas más, hasta que de nuevo encontró una referencia a la carta.

«No me preocupa que don Manuel Azaña no consiga descifrar la carta, pues es un hombre de gran cultura. Quizás yo haya creado unas pistas demasiado sencillas, puesto que sólo quería que fuesen comprensibles para personas educadas y cultivadas, a quienes presupongo poco propensos a encender fuegos o a gritar “Viva la muerte”. Pero dada la especial naturaleza de lo que he escondido, me arrepiento de ello, puesto que otros hombres cultos que las tuvieron a su cuidado sucumbieron a la tentación».

Y al leer la siguiente frase, Diego supo que había dado con la clave. ¡Por fin comprendía lo que era el 315…!

Compartir

ABC.es

EL TESORO DEL MUSEO DEL PRADO © DIARIO ABC, S.L. 2014

ABC recupera la tradición de la novela por entregas en la prensa española con este relato, inspirada en hechos reales, en el que un grupo de amigos lucha por descubrir un tesoro escondido en el Museo del Prado antes de que dos de ellos pierdan su casa.Más sobre «EL TESORO DEL MUSEO DEL PRADO»

Categorías
Etiquetas
agosto 2014
M T W T F S S
« Jul    
 123
45678910
11121314151617
18192021222324
25262728293031