Una llave misteriosa (XI)

Publicado por el Aug 5, 2014

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En el capítulo anterior: Diego se arrepiente de prender fuego a la carta y apaga las llamas antes de que la única manera que tienen de hallar las piezas perdidas del Tesoro del Delfín y ayudar así a que sus amigos no sean desahuciados se convierta en humo, a pesar del sacrificio personal que le supone. Ahora ha recordado que del doble fondo del arcón del museo también había extraído algo más.

Con dedos nerviosos, deshizo el segundo envoltorio. Algo pequeño y pesado se deslizó entre los papeles y cayó sobre la mesa, con un ruido metálico y amortiguado…

Era un segundo paquete, minúsculo y plano, del tamaño de su pulgar pero mucho más estrecho. Diego lo desenvolvió y encontró dentro una llave de hierro. Pequeña, oxidada, tubular en toda su superficie excepto una cabeza de dientes extraños. Nunca había visto algo así, pero parecía muy antigua.
¿Será la llave del lugar donde se encuentra el tesoro? Y si es así, ¿dónde estará?, se preguntó Diego.

Lo que le daba su forma rectangular al paquete más grande era un libro, de unos quince centímetros de alto y no más grueso que los cuadernos que usaba él en el colegio. Las paginas parecían arqueadas. Las tapas eran de un bermellón sucio.
Lo abrió, y en la primera página se encontró con una caligrafía apretada e inclinada, delgada como patas de araña. La misma que en la carta.
DIARIO DE JOSÉ LINO VAAMONDE

Encendió su ordenador. Era un viejo modelo portátil, que había sido de su madre, pero tenía conexión a Internet. Aunque parecía que más que por wifi, los datos llegaban por señales de humo, al final el buscador de Google acabó abriéndose. Tecleó el nombre, preguntándose cómo había sido tan idiota de no investigar antes al autor de la carta. Un angustioso minuto después, la página le arrojó varios resultados. Hizo clic en el primer enlace, que le dio una biografía del personaje. Sus ojos recorrieron a toda velocidad las líneas.

Gallego. Nacido en Orense en 1900. Arquitecto. Republicano. De izquierdas. Muchos cargos. Directivo del Real Madrid. Conservador del Prado. Denunció el bombardeo del Museo por parte de las tropas golpistas. Se encargó del traslado de las obras más valiosas para protegerlas. Amigo de Azaña. Exiliado al final de la guerra en Venezuela hasta su muerte. Cuando Bernabéu visitó Venezuela, le dijo que no fichase a Pedernera, que era el que él quería, sino a un tal Di Stefano. Murió en 1986.

Diego cerró la tapa del portátil de golpe, y fijó la vista vista en el pequeño diario. Con una admiración reverencial. Sus padres no guardaban una excesiva simpatía por la República ni por los republicanos, pero él había heredado de ambos dos características que le hicieron sentir una instantánea conexión con Vaamonde. De su padre, el madridismo acérrimo, irracional, mourinhista, casillista, tenemosdiezyvosotrosnosista. De su madre, el amor por el arte en cualquiera de sus formas. Saber que Vaamonde le había sugerido al Presidente -ese sí que era el Presidente, con mayúsculas, y no el millonetis constructor-que fichase al crack más grande de todos los tiempos era una cosa. Pero que además Vaamonde hubiese arriesgado su vida -y en última instancia, perdido su libertad he ido al exilio- porque algo hermoso no sufriese daño, eso le parecía a Diego lo más estúpido, descerebrado, valiente y absolutamente admirable que hubiese oído jamás.

Y por si eso era poco, Vaamonde había escondido algunas de las piezas más valiosas dentro del museo, en un argumento digno de una novela. Y allí estaba su diario, lleno de secretos que él, Diego, sería el primero en descubrir, casi ocho décadas después de haber sido olvidados.
Es real. Es real, pensó Diego.

Hasta aquel momento había tenido dudas. En parte inspiradas por Salva, en parte por esa parte suya más adulta, más responsable e infinitamente menos sabia, que le decía que los tesoros sólo existen en las películas y en los cuentos de hadas. Esa que va creciendo poco a poco cuando te desvelan la auténtica identidad de Papá Noel, los Reyes Magos y el Ratoncito Pérez. Alimentándose de la decepción amarga que supone que te falten unos céntimos para ese helado que quieres, y que no puedes tener. Medrando con cada mentira que destapas. Echando raíces fuertes, casi inamovibles, la primera vez que te rompen el corazón.

Tener trece años es maravilloso, porque aún puedes silenciar a ese yo del futuro, amargado y cruel. Tener trece años es maravilloso, porque puedes olvidar en décimas de segundo que la chica de la que estás enamorado no te corresponde y llenarte de emoción pura. Tener trece años es maravilloso, porque crees de verdad que puedan existir los tesoros enterrados. Tener trece años y encontrarte con el auténtico mapa de un tesoro es casi la mejor sensación del mundo.
Con las lágrimas por Gala aún frescas en las mejillas, y una gran sonrisa de triunfo, Diego abrió el diario de Vaamonde y comenzó a leer…

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EL TESORO DEL MUSEO DEL PRADO © DIARIO ABC, S.L. 2014

ABC recupera la tradición de la novela por entregas en la prensa española con este relato, inspirada en hechos reales, en el que un grupo de amigos lucha por descubrir un tesoro escondido en el Museo del Prado antes de que dos de ellos pierdan su casa.Más sobre «EL TESORO DEL MUSEO DEL PRADO»

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