El paquete olvidado (X)

Publicado por el ago 4, 2014

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En el capítulo anterior: Diego le ha prometido a Salva que hará todo lo que esté en su mano para hallar el Tesoro, pero, enamorado secretamente de Gala, la novia de su mejor amigo, tiene por la noche la tentación de quemar la carta para que la búsqueda termine.

dibujo-cuento-9Diego sacó la carta de Vaamonde de la mochila y la colocó con cuidado encima de la mesa. De un cajón cogió un mechero. Lo usaba para calentar el filo de las cuchillas con las que separaba las piezas de las maquetas de sus guías de plástico. Una cuchilla caliente tenía un filo más efectivo, y que no dejaba rastro.

Como la traición.

Sería tan sencillo. Nadie sabe cuáles son las demás pistas. Bastaría con un instante. Puedo decir que la he perdido.

Encendió el mechero.

Despacio, moviendo la mano como si le costase un tremendo esfuerzo, Diego acercó la llama al papel, que comenzó a arder por una esquina. Cuando vio que el fuego mordía la hoja, un ramalazo de miedo le recorrió la espalda.

¿Qué haces? ¡No puedes traicionar así a Salva!

Sopló fuerte para apagar el incendio. El borde inferior de la carta se había convertido en humo, y una curva de un marrón negruzco amenazaba el final de los renglones manuscritos.

Idiota, idiota, idiota.

Apagó la radio. En el silencio de la madrugada, la soledad y la culpa le anegaron el pecho hasta brotar convertidas en lágrimas.

Tener trece años y estar enamorado en secreto es una mierda. Todos los sentimientos se multiplican, cambian y se confunden, igual que las pinturas que Diego mezclaba en un pequeño recipiente de plástico. Un ligero toque de azul cobalto dentro de una gota más grande de amarillo huevo, y el pigmento final cambia en pocos instantes.

Tener trece años y estar enamorado en secreto de alguien que no te corresponde, es una mierda enorme. Porque los sentimientos se estrellan contra un muro de ignorancia e indiferencia. Porque los gestos de amistad y de cariño se vuelven puñaladas en un corazón que ansía algo muy distinto, y sientes como si caminases por el desierto y te diesen a beber clavos. Con la mejor intención.

Tener trece años y estar enamorado en secreto de alguien que no te corresponde, que además es la novia de tu mejor amigo, es una mierda descomunal. Porque además de sentirte solo, frustrado y triste, te sientes culpable. Porque no deberías sentir eso, pero lo sientes. Porque te miras al espejo y ves una rata. Y porque cuando tu cuerpo te traiciona, por la noche, en la soledad de tu cama, empapado en sudor, el vacío que queda al terminar es casi la peor sensación del mundo.

Tener trece años y estar enamorado en secreto de alguien que no te corresponde, que además es la novia de tu mejor amigo, y además tener la oportunidad de quitarte de en medio el mayor obstáculo y no hacerlo, es una mierda de unas proporciones tan épicas que no alcanzan las palabras para describirlas.

Cuando Diego levantó el papel, quemado por su propia mano, pero no lo suficiente, tuvo la certeza de que estaría siempre solo. Para el resto de su miserable existencia. De que nadie, nunca, jamás, podría quererle. De que ahí fuera nunca habría un ser humano que pudiese mirarle a los ojos y querer compartir, no ya una vida, sino un beso.

Y cuando tienes trece años, esa es una certeza tan inamovible como si estuviese grabada en planchas de mármol de una tonelada.

Y esa sí que es la peor sensación del mundo.

Cuando las lágrimas se retiraron, y dejaron el vacío, Diego intentó concentrarse en el misterio de los números. Pudiese ocurrir que él no tuviese lo que querría, pero al menos podría hacer lo que debía. Y ese consuelo, por pobre que fuese, no podría arrebatárselo la sonrisa repleta de hoyuelos y pecas de una pelirroja.

De pronto, Diego recordó. Algo que había estado al fondo de su mochila desde que encontró la carta hace dos días. Algo que había olvidado, por increíble que pareciese, porque por enormes que fuese su corazón y sus intenciones, Diego era, al fin y al cabo, un niño.

¡El paquete que había en el doble fondo!

Impaciente por encontrarlo cuanto antes, Diego puso la mochila boca abajo. Cayeron calcetines sudados, el trozo del cordón de una zapatilla, su estuche del colegio, un par de tebeos, migas sueltas de los bocadillos del recreo que un arqueólogo habría podido datar hasta un par de cursos anteriores. Y encima de todo, un pequeño paquete de forma rectangular.

Estaba cubierto de papel grueso, formando un envoltorio que parecía unido en los dobleces por alguna clase de pegamento. En cuanto Diego tiró de ellos, estos se rompieron con un crujido, pero el papel siguió conservando la forma que había mantenido durante décadas. Lo abrió con cuidado. Debajo había una segunda capa, casi idéntica, pero con unos dobleces menos precisos, apresurados, como si el que lo hubiese envuelto tuviese muchísima prisa cuando realizó el trabajo.

Con dedos nerviosos, deshizo el segundo envoltorio. Algo pequeño y pesado se deslizó entre los papeles y cayó sobre la mesa, con un ruido metálico y amortiguado…

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EL TESORO DEL MUSEO DEL PRADO © DIARIO ABC, S.L. 2014

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