Tentación nocturna (IX)

Publicado por el Aug 3, 2014

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En el capítulo anterior: Tras localizar unos números en tres cuadros distintos, los cinco amigos descubren que la clave para pasar a la siguiente pista es el número 315, pero ninguno de ellos sabe a qué se refiere. Salva quiere rendirse, pero Diego se niega. No va a permitir que su mejor amigo se marche sin pelear.

—Estás pensando como un niño.

—Es lo que soy, Salva. Es lo que somos. Y me niego a dejar de serlo sólo porque el banco os quiera dejar la casa.

Salva no pudo contenerse y le dio un abrazo.

—Gracias, tío. En serio.

—Ni gracias ni leches. Mañana, todos aquí a pensar juntos. Esos números no se nos van a resistir.

Diego apenas pudo dormir aquella noche. Después de cenar solía pasar tiempo dedicándose a estar solo. Sus padres salían a una terraza o veían una película en el salón. A él le gustaba sentarse a la mesa de su habitación, que en verano no tenía ni un libro de texto, ni cuadernos, ni nada que le recordase que tenía obligaciones. Cajas de pinturas acrílicas para figuras de plomo, folios y rotuladores y una radio. Le encantaba pasar la noche escuchando música muy bajito, y ponerse triste con las canciones románticas. Todas esas que hablaban de amor, de dos personas que querían estar juntos, que se amaban por encima de todo. Puede que Diego tuviese sólo trece años, pero ya sabía que toda aquella basura de radiofórmula solo contenía mentiras empaquetadas con lalalá y tirorítotiro, los dos ritmos repetidos hasta la nausea en cada éxito musical que alcanzase el número uno en las listas.

Y sin embargo, se torturaba con ellos. Cuando estaba triste, ansioso, o demasiado enamorado para su propio bien, Diego movía el dial hasta la posición de “sufrimiento autoinfligido”, cogía los pinceles, llenaba un vaso de agua para ir cambiando de colores, y se sumergía en cubrir de color guerreros élficos, sabias princesas, enanos malencarados y brujos maléficos. Primero preparaba la miniatura con una capa de imprimación blanca, sin dejar ni una parte del metal al descubierto. Después iba eligiendo los colores, creando las mezclas apropiadas, llenando de sombras e iluminando los pliegues de la cara y de la ropa para aumentar la sensación de profundidad. Un ABC del día anterior le servía para frotar contra él la punta del pincel y sacar la pintura sobrante, esencial para la técnica del pincel seco. También para quitar el agua tras el aclarado. Empapar las caras de los políticos en ese mejunje sucio era un ejercicio relajante, casi místico para él. Y mientras iba entrando poco a poco en su mundo de pensamiento, en un lugar pausado y secreto, la música, mala, pegadiza y pastosa, le iba desgarrando el alma.

Yo quiero estar contigo, vivir contigo

Bailar contigo, tener contigo

Una noche loca, Ay besar tu boca

Sudando a mares bajo el flexo encendido, la ventana abierta por la que se colaba el ruido intermitente de los escasos coches mezclado con el de las cigarras, Diego pensaba en Gala. Y en la oportunidad que suponía para él que Salva se fuese. Ella aún mantendría el contacto, claro, pero poco a poco la distancia se iría imponiendo, segando los tenues lazos que suponían las redes sociales.

Unos meses. Tres o cuatro, y en cuanto llegue el invierno y ella esté triste y sola, sólo tendría que invitarla a ir al cine. Un día que no estuviese Pablo por medio. O sobornarle con un par de menús del McDonalds para que dijese que no podía ir. Y después acompañarla a casa, para que no fuese sola. Bajo la luz de las farolas, le sonreiría y le hablaría de cosas reales. Del colegio. De la música que le gustaba, que no era la misma que a Diego, sino esta mierda que él estaba escuchando porque le recordaba a ella. De libros. De futuro. Y quizás, quizás de sentimientos. Quizás de lo solos que ambos se sentían, de lo difícil que era conciliar el sueño cuando tu cabeza parecía estar a un millón de kilómetros de la almohada, elevada por una nube de pensamientos, y tu corazón parecía hundirse bajo el peso de los anhelos.

No lo diría con esas palabras, claro, porque Diego sólo era capaz de hilvanar las palabras cuando estaba solo y triste, pero cuando abría la boca estas se convertían en un pobre remedo deshilachado, un graznido que le salía tanto más aflautado y chirriante cuanto más nervioso estaba. Y entonces estaría lo más nervioso posible porque lo que él pretendía de verdad, por encima de todo, era besarla. A pesar de todo, se estaba dejando el alma para que Salva no se fuese.

Si es que soy gilipollas.

Diego sacó la carta de Vaamonde de la mochila y la colocó con cuidado encima de la mesa. De un cajón cogió un mechero. Lo usaba para calentar el filo de las cuchillas con las que separaba las piezas de las maquetas de sus guías de plástico. Una cuchilla caliente tenía un filo más efectivo, y que no dejaba rastro.

Como la traición.

Sería tan sencillo. Nadie sabe cuáles son las demás pistas. Bastaría con un instante. Puedo decir que la he perdido.

Encendió el mechero.

Despacio, moviendo la mano como si le costase un tremendo esfuerzo, Diego acercó la llama al papel, que comenzó a arder…

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EL TESORO DEL MUSEO DEL PRADO © DIARIO ABC, S.L. 2014

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