Los números marcan el lugar (VIII)

Publicado por el ago 2, 2014

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En el capítulo anterior: Después de dar muchas vueltas por el museo, los cinco amigos han logrado desentrañar que la primera pista para localizar las piezas perdidas del legendario Tesoro del Delfín del está formada por tres cuadros, aunque aún no saben lo que significa. Pero Diego ha tenido una idea…

dibujo-cuento-8“Donde halles tantas como hijas del trueno, abuelos hambrientos y hacendosas tejedoras”. ¿Dónde hallas tantas? ¿Qué son tantas?

Todos guardaron silencio durante varios minutos, hasta que Diego les sacó de sus cavilaciones.

—Esperad… creo que lo tengo… Tantas… ¡son los números!

Todos comenzaron a hablar atropelladamente, quitándose la palabra unos a otros.

—¿Los números?

—Sí. Tantas como hijas del trueno. Tres.

—Como las Tres Gracias.

—Y como abuelos hambrientos. Uno.

—Que es Saturno.

—Y hacendosas tejedoras…

—Espera, ¿cuántas son las tejedoras en el cuadro?

—Yo diría que cinco. Las cinco están trabajando en el taller.

—Pero sólo dos están tejiendo.

—Pero todas son tejedoras.

—Entonces son tres, uno y cinco. ¿Y dónde hallas tres, uno y cinco?

De nuevo se hizo el silencio. Se habían quedado sin ideas, y la tarde caía, retirando poco a poco la manta de calor que cubría Madrid. Lo justo para poder respirar sin tener la sensación de que los pulmones se te derretían.

—Tengo que irme a casa, chicos —dijo Pablo—. Es tarde y mamá hoy hace lasaña.

—¿Es que no puedes dejar de pensar en comida? —se quejó Salva.

—El médico me ha dicho que tengo que comer cinco veces al día para adelgazar.

—Pues no parece que te esté funcionando —dijo Salva, hundiendo su dedo índice en las prominentes lorzas de su amigo.

—Eso es porque tengo mucho estrés.

—Si te vinieses a jugar al fútbol los domingos por la mañana con nosotros, en lugar de quedarte en casa jugando al League of Legends y tragando ganchitos, se te quitarían el estrés y los flotadores.

—Sí, claro, tú lo que quieres es que me vuelva más torpe con el juego para poder ganarme.

—¿Queréis callados todos? ¿Es que no entendéis que si no damos con la clave de qué demonios es el tres, el uno y el cinco, no habrá más partidos de fútbol, ni más partidas de videojuegos, ni más helados, ni nada de nada?

—Al League of Legends podemos jugar online —repuso Fran, siempre dispuesto a ayudar.

—La abuela no tiene internet en casa —masculló Salva.

—¿Qué? ¿Estás de broma? —aquello pareció dolerle a Fran mucho más que todos los problemas anteriores juntos—. ¿Y cómo se supone que voy a hacer los deberes? ¿Y a actualizar entradas en la Wikipedia?

—Igual se lo ponen cuando lleguéis —dijo Gala.

—No creo. Papá no tiene ni un duro. Se pasa el día diciendo que vamos a vivir de la pensión de la abuela, y está muy triste por eso. Mamá y él apenas se hablan.

—Mamá no quiere marcharse de Madrid —dijo Fran, en voz baja, agarrándose el lóbulo de la oreja entre el índice y el pulgar, en un gesto de indefensión que no repetía desde que era poco más que un bebé.

—Tampoco quiere limpiar casas, enano.

—Ella es administrativa. No tiene por qué rebajarse.

—Bueno, pues es lo que hay. Mientras hubo dinero, se lo gastaron, ¿no?

Volvió el silencio, más espeso y desagradable. Diego fue a arengar a las tropas, pero un repaso a la moral y al estado de los soldados le convenció de que era mejor tocar retreta y que cada uno se fuese a descansar. Estaban agotados, pegajosos de sudor y desmoralizados.

—Vamos a cenar. Mañana por la mañana podemos seguir pensando. Tendremos que intentar descubrir qué demonios significan esos tres números.

Gala y Pablo se marcharon, y Salva le dijo a Fran que fuese adelantándose, que quería hablar con Diego. Este seguía cavilando, estrujándose el cerebro.

—Da igual, tío. Es demasiado difícil y no es más que un sueño imposible —dijo Salva.

Diego suspiró.

—Quizás. Pero es mejor que quedarse de brazos cruzados y quejarse, como no has parado de hacer desde que me contaste que os marchábais.

Salva se puso colorado y apartó la cara un momento, pero enseguida se aclaró la garganta y le miró a los ojos.

—Yo… lo siento. Sé que me he portado como un auténtico imbécil. No lo estoy llevando demasiado bien.

—Ya lo sé. Yo tampoco. Eres mi mejor amigo, lo sabes, ¿no?

Salva asintió. Nunca habían pronunciado esas palabras en voz alta, por una pretendida cuestión de hombría malentendida. Pero ahora tanto daba.

—Y como eres mi mejor amigo —continuó Diego—, he pasado por alto que lleves un par de días insoportable. Sé que la carta, el tesoro, todo puede ser una enorme pérdida de tiempo. Pero tampoco es que tengamos nada mejor que hacer, ¿no?

—Podríamos ir a mi casa, colarnos en la portería y robarle al conserje alguna de las revistas guarras que guarda debajo del mostrador.

—O podríamos intentar esto, aunque sea una locura.

—Estás pensando como un niño.

—Es lo que soy, Salva. Es lo que somos. Y me niego a dejar de serlo sólo porque el banco os quiera dejar la casa.

Salva no pudo contenerse y le dio un abrazo.

—Gracias, tío. En serio.

—Ni gracias ni leches. Mañana, todos aquí a pensar juntos. Esos números no se nos van a resistir.

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EL TESORO DEL MUSEO DEL PRADO © DIARIO ABC, S.L. 2014

ABC recupera la tradición de la novela por entregas en la prensa española con este relato, inspirada en hechos reales, en el que un grupo de amigos lucha por descubrir un tesoro escondido en el Museo del Prado antes de que dos de ellos pierdan su casa.Más sobre «EL TESORO DEL MUSEO DEL PRADO»

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