Abuelos y tejedoras (VII)

Publicado por el ago 1, 2014

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En el capítulo anterior: Fran, el más pequeño e inteligente del grupo ha localizado parte de la primera pista: “Donde halles tantas como hijas del trueno, abuelos hambrientos y hacendosas tejedoras”. Siguiendo las pistas encontradas en una carta de 1936 esperan localizar las legendarias piezas perdidas del Tesoro del Delfín, que los cinco amigos quieren hallar para ayudar a Salva y Fran y que no sean desahuciados.

dibujo-cuento-7—Seguimos sin tener ni idea de quienes son los abuelos hambrientos ni las tejedoras esas de las narices.

Diego levantó la mano para llamar la atención de los demás.

—Creo… creo que lo sé. Si estas son las hijas del trueno, los abuelos hambrientos tienen que ser los abuelos de las tres gracias. O mejor dicho, abuelo. Venid, está justo aquí al lado.

Le siguieron hasta la siguiente sala, que era la de las pinturas negras de Goya. Un festival de horrores en tonos oscuros, rostros deformes y miradas demoníacas, que hicieron estremecerse de miedo a Fran.

—Jo, qué mal rollo.

Gala le cogió de la mano y le pasó los dedos por el pelo, para calmarle. Por muy inteligente que fuese, seguía siendo solo un niño.

—No te asustes. Sólo son manchas de pintura. No pueden hacerte daño.

—¿Sabéis que se quedó sordo? Todos estos cuadros los hizo después de caer enfermo, en una casa que se llamaba la Quinta del Sordo, o algo así —dijo Diego—. Los pintaba en la pared.

—¿Y cómo los trajeron hasta aquí? Eso son lienzos, no parecen trozos de pared —dijo Pablo, que atacaba mientras tanto un bollo que se había sacado de la mochila, hasta que una celadora se acercó a él y le dijo que allí dentro no se podía comer.

—No sé, creo que lo que hicieron fueron sacarlos de las paredes para que no se perdieran cuando se murió. No me acuerdo bien.

—¿Por qué hacer todos estos monstruos? Si estaba triste por quedarse enfermo, por qué poner todos estos… no sé ni cómo llamarlo. Son horribles —dijo Gala.

—No hay como unas cuantas brujas y demonios para hacerte compañía y alegrarte el día —dijo Salva, haciendo un gesto teatral.

—Mi madre me explicó una vez esta sala. Goya creía que el mal no era algo que las personas llevaban dentro, sino algo que estaba fuera de ellas.

—¿Como el diablo? —dijo Gala, señalando al macho cabrío al que rodeaban las brujas de El Aquelarre.

—Algo así… Pero no religioso, algo distinto. Una especie de enfermedad. Supongo que tendría que ver con el hecho de quedarse sordo.

—Mi tía está sorda y tiene una mala leche que no veas. Siempre que me acerco a su nevera me mete unas collejas que me hacen ver las estrellas —dijo Pablo.

—Me cae bien esa mujer —terció Salva.

—¿Vale, pero cuál es el cuadro que estamos buscando, Diego? Estoy deseando salir de esta sala —dijo Fran.

Diego les llevó junto a uno de los cuadros más oscuros y tenebrosos de todos, donde un anciano huesudo y gigantesco, de larga melena blanca y ojos saltones, engullía un cadáver diez veces más pequeño que él. La cabeza había sido arrancada, y la inmensa negrura de la boca del anciano se ensañaba con uno de los brazos.

—Saturno devorando a sus hijos —dijo Diego—. O a su hijo, mejor dicho, porque aquí no hay más.

—¿Este tío chungo es el abuelo hambriento? —preguntó Salva.

—No sé me ocurre quién podría ser si no. Saturno es el padre de Júpiter.

—Y Júpiter era el equivalente de Zeus en la mitología romana. Zeus era el padre de las tres gracias —intervino Fran.

—¿Y por qué se come al hijo?

—Saturno era el mayor y el más poderoso de los titanes, y creía que la mejor manera de evitar que uno de sus hijos le destronase era devorándolos según naciesen. Sin embargo falló… y Júpiter subió al trono. Este es el abuelo hambriento.

Todos se agitaron, excitados. Aquello era la solución de otra parte de la primera pista.

—De acuerdo, entonces ¿cuáles son las hacendosas tejedoras?

—Creo que yo lo sé. Es mi cuadro favorito del museo —dijo Gala—. ¡Es uno de Velazquez!

—Ya sé a cuál te refieres… ¡es verdad! —celebró Diego. Ambos se miraron y Diego le puso la mano en el brazo. Ella no la apartó.

—Eh, chaval, quita esas zarpas… —les riñó Salva, más de broma que otra cosa—. A ver, vamos a ver ese cuadro, Gala.

Gala les llevó a su vez a otra sala, jugando con el misterio tal y como habían hecho Fran y Diego. Cuando llegó junto al cuadro, lo señaló con pose dramática.

—Chicos, con todos vosotros… Las hilanderas.

—Pero… esto no es un cuadro mitológico, ¿no? Sólo son unas mujeres trabajando.

Fran sacó su móvil y leyó uno de los resultados que le aparecieron en Google.

—Creo que Gala tiene razón. Aunque el cuadro parezca representar a unas mujeres en un taller hilando, en realidad se trata de un motivo mitológico. El cuadro representa la fábula de Aracne, una mujer cuya destreza con la rueca era legendaria.

—¿Qué es una rueca? —dijo Pablo.

—La cosa esa con ruedas. Salía una igual en La Cenicienta, gordinflas —dijo Salva.

—Aracne era tan buena hilandera —continuó Fran— que presumía de ser mejor con ella que la mismísima Atenea. La baladronada llegó a oídos de la diosa…

—¿Qué es una baladronada? —volvió a interrumpir Pablo.

—¿Tienes que preguntarlo todo, gordinflas? Explícaselo, enano.

Fran sonrió con una mueca maliciosa.

—Sí, ya se lo explico yo, mejor. Es una fantasmada, Pablo. Que se estaba tirando el pisto.

—Ah, vale.

—El caso es que Aracne presumía mucho y eso llegó a oídos de Atenea, que antes de que interrumpas otra vez era la mujer de Zeus, y esta se enfadó tanto que bajó del Monte Olimpo para reñir a Aracne. Pero la mujer estaba muy crecida, y decidió que podía ganar a la diosa si las dos se enfrentaban a un concurso de tejer. Las dos hicieron tapices muy buenos, que es lo que cuenta el cuadro este. Pero el de Aracne iba sobre las infidelidades de Zeus, su marido. Eso enfureció más a la diosa, que acabó transformando en araña a Aracne… para siempre.

—Y así se explica que las arañas sean tan buenas tejedoras —dijo Diego.

—No lo entiendo —dijo Pablo—. ¿Entonces no había arañas antes de que pasase todo esto?

—Claro que había, gordinflas. Es una alevosía.

—Lo que mi musculoso pero menos desarrollado intelectualmente hermano —dijo Fran, que se ponía especialmente insoportable cuando podía taparle la boca a Salva— quiere decir es “alegoría”, o sea, una fábula.

Tres sonoras collejas después, Salva estaba más tranquilo y los tres salieron del museo, a sentarse en los bancos de piedra junto al Jardín Botánico.

—De acuerdo, ya sabemos que los cuadros a los que se refiere la adivinanza son “Las Tres Gracias”, “Saturno devorando a sus hijos” y “Las hilanderas”. ¿Y ahora qué hacemos? —dijo Gala.

“Donde halles tantas como hijas del trueno, abuelos hambrientos y hacendosas tejedoras”. ¿Dónde hallas tantas? ¿Qué son tantas?

Todos guardaron silencio durante varios minutos, hasta que Diego les sacó de sus cavilaciones.

—Esperad… creo que lo tengo… Tantas… ¡son los números!

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EL TESORO DEL MUSEO DEL PRADO © DIARIO ABC, S.L. 2014

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