La primera pista (VI)

Publicado por el Jul 31, 2014

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En el capítulo anterior: Los cinco amigos debaten sobre si deben buscar el Tesoro del Delfín, para ayudar a Salva a quedarse en Madrid y que no desahucien a su familia, o si es una pérdida de tiempo.

dibujo-cuento-6—No creo que sirva de ninguna ayuda… Incluso aunque fuese verdad todo eso que pone en la carta, no tenemos ni idea de por dónde empezar a buscar.

—Yo no estaría tan seguro de eso, hermano —interrumpió Fran, levantando por fin la cara de la pantalla del móvil.

—¿Por qué dices eso, enano?

—Porque creo que ya sé qué significa la primera pista —dijo el niño, con una sonrisa enigmática—. O al menos parte de ella. Repítela, Diego.

—“Donde halles tantas como hijas del trueno, abuelos hambrientos y hacendosas tejedoras”.

—No me digas que tú también crees en estas chorradas, enano —dijo Salva—. No es más que un galimatías.

Fran se encogió de hombros.

—No, no es un galimatías. Es una adivinanza. Y como en toda adivinanza, lo más importante es definir cuáles son los términos.

—En cristiano, cerebrito.

—Sí, Fran, me temo que vas a tener que esforzarte un poco más —terció Diego, sabiendo que su amigo estaba a punto de perder la paciencia con su hermano.

El pequeño superdotado se rascó la cabeza, haciendo ver que le costaba un gran trabajo no hablar como si se hubiese tragado un diccionario.

—Lo que quiero decir es que lo más importante es saber a qué estamos jugando. Cuál es la base del código. Si hablamos de animales, o de números o de lo que sea. La adivinanza tan famosa de la vaca, por ejemplo, ya te habla de un camino y un bicho. Llegar a la vaca es fácil.

—¿Y de qué habla esto?

—Seguidme y os lo mostraré.

Los amigos fueron detrás de Fran, formando una extraña procesión. El chico era el más pequeño de los cuatro, y cargado con la enorme mochila roja que lleva a la espalda parecía un minúsculo y anciano caracol, trastabillando por las esquinas y pasillos del museo. Fran parecía perdido, y por eso Diego se adelantó a ayudarle.

—¿Necesitas que te eche un cable?

—No, gracias, Diego. Puede que no sepa dónde estoy, pero sé a dónde voy.

Al cabo de dar un par de vueltas y a costa de que que Salva y Pablo refunfuñasen más de la cuenta, Fran se detuvo.

—“Donde halles tantas como hijas del trueno”. Cuando me puse a pensar sobre qué estaba hablando la adivinanza, tenía claro que Vaamonde tenía que hablar de cuadros. Y dentro de los miles de cuadros de la exposición, tenía que elegir temática para esta primera pista.

—¿Y cuál es? —dijo Diego.

—La mitología.

—¿Todo ese rollo de los dioses y demás? ¿Como en la peli esa de Percy Jackson y el Ladrón del Rayo?

—Sí, justo. Venga, ahora pensad. Ahora saber quiénes son las hijas del trueno está chupado.

—El Dios del Trueno es Thor, ¿no? ¿Son las hijas de Thor? —dijo Salva.

—Ese es un personaje de tebeos, tío —dijo Pablo, dándoselas de experto.

—Thor también es un dios, pero de otra mitología. Las que nos interesan son la romana y la griega, y esa es la nórdica.

—Yo creí que era un personaje de Los Vengadores —dijo Pablo.

—¿Queréis callados? —ordenó Diego—. Venga, Fran, dale. No nos tengas más en ascuas.

—¡El dios del rayo y del trueno en la mitología griega era Zeus! —dijo Gala.

—Eso —dijo Fran, chocando la mano con Gala, que estaba muy sonriente por haber adivinado—. Y tuvo muchos hijos, pero sus hijas más famosas son estas de aquí.

Señaló a espaldas de los chicos, que se dieron la vuelta y se quedaron mirando un cuadro donde tres mujeres de generosas carnes retozaban, abrazadas, bajo un árbol. A su lado, una fuente con forma de cornucopia, manaba un chorro de agua interminable desde hacía casi cuatro siglos.

—Las tres Gracias —dijo Diego.

—Pintado por Rubens hacia 1637, es una de las obras maestras del barroco —dijo Fran.

—Microbio, estás leyendo la Wikipedia en voz alta, no te tires el rollo. Vale, nos has traído hasta un cuadro, pero eso no quiere decir nada. Y si estás explicándolo tanto es porque no tienes ni idea de qué es lo que viene después

Fran asintió, de mala gana.

—Es verdad.

—Da igual, es un buen primer paso, Fran —le defendió Gala, pasándole una mano cariñosa por encima del hombro.

—Lo que no entiendo es qué es lo que quería decirnos Vaamonde con todo esto. Si lo piensas un poco, esta era una pista fácil.

—Creo que lo que quería hacer era sobre todo descartar a los que no supiesen de arte —dijo Fran—. Si la carta caía en malas manos, muy pocos sabrían de lo que hablaba. No me imagino a unos soldados que supiesen quiénes eran las hijas del trueno.

—Y en esa época no había Internet. Ahora al enano le ha sido muy fácil, pero entonces hubiese sido mucho más difícil sin saber dónde buscar —dijo Salva, que de pronto se había emocionado—. Bien hecho, microbio. Aunque seguimos sin tener ni idea de quienes son los abuelos hambrientos ni las tejedoras esas de las narices.

Diego levantó la mano para llamar la atención de los demás.

—Creo… creo que lo sé. Si estas son las hijas del trueno, los abuelos hambrientos tienen que ser…

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EL TESORO DEL MUSEO DEL PRADO © DIARIO ABC, S.L. 2014

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