Unas joyas con historia (V)

Publicado por el Jul 30, 2014

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En el capítulo anterior: Diego y sus amigos visitan una sala muy especial del Museo del Prado, la que contiene el legendario Tesoro del Delfín. Allí descubren que la carta de Vaamonde podría referirse a las piezas del tesoro perdidas desde hace décadas.

dibujo-cuento-5—Ni una palabra de la carta aquí dentro, ¿vale? —le riñó Diego. Miró de reojo a la celadora, que vigilaba muy atenta desde la puerta a aquellos niños tan raros.

Pablo asintió, con la boca tapada, y los otros le soltaron.

—Entonces, ¿dónde están esas piezas que faltan?

Diego sonrió.

—Espera, que aquí viene lo mejor de la historia. Cuando muere su hijo, Luis XIV le envió a su nieto, Felipe V, una selección de las piezas. No todas, y ni siquiera sabemos cuántas. Cuando los franceses nos invadieron en 1808, el Tesoro del Delfín fue robado y llevado a París. Hasta 1815 no fue devuelto a Madrid, y para entonces había desaparecido el catálogo de las piezas que lo componían. Muchas de ellas venían destrozadas o les habían arrancado las joyas incrustadas que tenían.

—Qué salvajes —dijo Gala.

—Sí, los soldados no veían obras de arte, sólo cosas que robar.

—¡Es lo mismo que decía…! —fue a decir Pablo. Todos le miraron y Salva le dio una colleja.

—Iba a decir que había leído en alguna parte que alguien decía que quería poner algo a salvo para que los soldados no se lo llevasen —dijo Pablo, frotándose la nuca.

—Pues eso mismo. Las piezas tienen enormes gemas incrustadas. Las que quedan son preciosas, pero dicen que su esplendor palidece al lado de las que se han perdido. Como nadie sabía cuántas, ni como era, eso alimentó el afán de lucro de muchos.

—¿Qué es eso de alimentar el afán de lucro? —dijo Pablo.

—Precisamente tú, gordinflas, tenías que preguntar por alimentar —se rió Salva.

Diego titubeó un poco.

—Eh, es como me cuenta la historia mi madre. Quiere decir… Bueno…

—Que mucha gente quería hacerse rico a costa del Tesoro, Diego —intervino Fran.

—Sí, eso. El caso es que en aquella época trajeron el Tesoro aquí, al Prado, y parece ser que muchas de las piezas desaparecieron, porque las vendió el director del museo.

—No j… —dijo Salva—. Un español aprovechándose de su puesto, qué raro.

—No seas burro, Salva. Hay mucha gente que hace las cosas bien —le riñó gala.

—Díselo a mi padre. Su negocio se arruinó porque un par de ayuntamientos no le pagaron las cuentas. Y los sitios donde empezó a trabajar estaba siempre pelados porque nadie pagaba a tiempo. Y si no pasasen estas cosas, nosotros no estaríamos aquí, ni yo tendría que irme de Madrid

—El tipo era un tal José Madrazo, que era pintor y lugópata.

—Ludópata. Que le gustaba mucho el juego apostando dinero —corrigió Fran, con aire ausente. No dejaba de teclear en su teléfono móvil, cuya pantalla le iluminaba la cara con una luz espectral.

—Sí, lo que sea, el caso es que se formó un gran escándalo porque un periódico publicó que había piezas que habían desaparecido, pero claro, al no haber un catálogo nadie pudo probar nada.

—¿Y consiguieron encontrar las piezas? —preguntó Gala.

—No, mi madre está muy indignada con eso. Al parecer se echó tierra sobre el asunto.

—Ja, eso tampoco pasa nunca en España —dijo Salva.

—El caso es que esas piezas que desaparecieron no fueron las únicas.

—¿Volvieron a robar el Tesoro?

—No, sólo unas cuantas joyas y utensilios más. Tampoco se sabe cuantos, porque en 1918, que es cuando fue el siguiente robo, seguía sin haber un catálogo.

—Ostras, de 1839 a 1918 ya les podía haber dado tiempo —dijo Pablo.

—¿Mejor me callo, no? —dijo Salva, haciendo una mueca.

—Sí, mejor te callas. Deja a Diego que cuente su historia.

—No le falta razón —defendió Diego a su mejor amigo—. El primer catálogo se hizo en el año 2001.

—Bueno, siglo y medio para hacer una lista tampoco está mal… —bromeó Salva—. Pero cuéntanos el siguiente robo.

—En 1918 alguien consiguió un trabajo como vigilante de noche en el museo. Comenzó a llevarse a casa varias piezas del tesoro. Tenía horas y horas para hacer lo que le diese la gana y las llaves de todo. Le pillaron semanas después, con varias copas de oro y piedras preciosas, las que no había conseguido vender. El resto se perdió para siempre, o eso se creía. Ni siquiera sabían qué es lo que faltaba.

—¿Crees que… lo que ya sabes… habla de esas piezas? —preguntó Gala.

—No lo sé. Es posible.

—Qué pasada. Yo creo que es genial —dijo Pablo.

—Yo lo que creo que estáis locos —dijo Salva. ¿Esta es tu gran idea, Diego? Una carta que podría ser una broma, y un montón de chorradas de hace un millón de años? Venga, tío, no me fastidies. Todo esto no es más que una chiquillada. Hubiese preferido que no me dieses esperanzas.

—Venga, Salva, no seas así. Diego sólo pretende ayudarte.

—No creo que sirva de ninguna ayuda… Incluso aunque fuese verdad todo eso que pone en la carta, no tenemos ni idea de por dónde empezar a buscar.

—Yo no estaría tan seguro de eso, hermano —interrumpió Fran, levantando por fin la cara de la pantalla del móvil.

—¿Por qué dices eso, enano?

—Porque creo que ya sé qué significa la primera pista —dijo el niño, con una sonrisa enigmática…

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EL TESORO DEL MUSEO DEL PRADO © DIARIO ABC, S.L. 2014

ABC recupera la tradición de la novela por entregas en la prensa española con este relato, inspirada en hechos reales, en el que un grupo de amigos lucha por descubrir un tesoro escondido en el Museo del Prado antes de que dos de ellos pierdan su casa.Más sobre «EL TESORO DEL MUSEO DEL PRADO»

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