Las alhajas de un rey (IV)

Publicado por el jul 29, 2014

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En el capítulo anterior: Una nota en el fondo secreto de un arcón es la clave para descubrir un tesoro en el Museo del Prado. Diego ha encontrado también un misterioso paquete que aún no ha abierto.

dibujo-cuento-4—¿Así que os piráis? ¿E ibais a iros sin decir nada?

Salva ni siquiera alzó el rostro para responder. Estaba sentado en un banco del Retiro, con la espalda encorvada y las manos en la nuca. Junto a él estaban su hermano Fran, y sus amigos Diego y Pablo.

—¿Y qué querías que dijese?

Pablo lanzó la monda del plátano a la papelera que había junto al banco. Falló por casi medio metro, y la monda cayó en el césped. Pablo se encogió de hombros y sacó otro plátano, que comenzó a morder a grandes bocados.

—Lo que fuese. Nos lo ha tenido que contar Diego, tío —dijo, con la boca llena.

—Haz el favor de recoger eso, gordinflas —dijo este, señalando lo que acaba de tirar—. Alguien se podría romper los dientes.

—Venga ya, Diego… Lo de resbalar con la piel de plátano sólo pasa en las pelis —se quejó Pablo, pero aun así levantó su enorme corpachón del banco y echó la monda en la papelera—. En serio, Salva, ¿es que te damos igual? ¿Pensabas marcharte sin despedirte de nosotros?

—Se ha tirado llorando toda la noche —dijo Fran.

—Cállate, cerebrito, o te rompo la cara.

—Es la verdad —dijo Fran, ajustándose las gafas sobre el puente de la nariz. Pequeñito, delgado, vestía siempre con ropa que se le había quedado pequeña a su hermano y que se arreglaba para romper, desgarrar o desgastar antes de terminar de llenarla del todo. Pese a tener una inteligencia superdotada, tenía problemas con la empatía y con la oportunidad—. No sé por qué te enfadas conmigo. Nuestros padres nos llevan a la fuerza a otra ciudad y vamos a perder a nuestros amigos. Es perfectamente normal que llores en una situación traumática como esta.

—¿Recuerdas cómo lloraste cuando te metí la cabeza en el water?

—Ahí lo tienes, hermano. Otro episodio en el que llorar estaba plenamente justificado.

—Quitádmelo de en medio, que lo mato —dijo Salva, levantándose para atizarle.

—Yo sí que te voy a matar.

Los cuatro amigos se quedaron quietos, en silencio. De pie, junto al banco, estaba una niña pelirroja, contemplándoles con los brazos cruzados y cara de pocos amigos. Gala era siempre la persona más dulce y amable de los cinco, y el auténtico corazón del grupo. Jamás tenía una palabra desagradable. Verla triste o enfadada les dejaba descolorados, sin saber cómo reaccionar.

—Eh, tendrías que darme las gracias —dijo Salva, sin levantar la cabeza. Para él la ironía era siempre la última línea de defensa—. Quería ahorrarte un mal trago.

Ella no respondió. Apretó los labios, e iba a decir algo cuando vio que los hombros de Salva se agitaban. Se sentó en el banco y los rodeó con el brazo.

—Tranquilo, no pasa nada —le consoló.

Salva siguió mirando al suelo hasta que consiguió dejar de llorar.

—No puedo creerlo. En serio. No puedo creer que me hagan esto.

—Siempre hemos sido los cinco —dijo Fran.

—Podemos seguir siendo los cinco —dijo Diego.

—¿Cómo? Estaremos en el culo del mundo —replicó Salva.

—No me has entendido. Creo… —Diego se aclaró la garganta, temeroso de continuar—. Creo que podría conseguir que no os marchaseis. Que habría una manera.

—No digas tonterías.

—No es ninguna tontería. Ayer encontré algo en el Museo, dijo Diego, abriendo su mochila y sacando la carta.

La leyó en voz alta, mientras los otros escuchaban con un silencio casi reverencial. Cuando terminó, Pablo dijo:

—Tío, ¡un tesoro! ¡Como en aquella película de los niños y el calvo ese de las orejas!

—¿Estás seguro de que es real, Diego? —preguntó Gala.

—Muy seguro.

—Técnicamente es una mala idea, muchachos —dijo Fran—. Incluso aunque pudiésemos acceder a las zonas prohibidas museo con la ayuda de Diego, el tesoro se encuentra dentro del propio edificio. No podríamos quedárnoslo.

—Podríamos sacarlo y decir que nos lo hemos encontrado por ahí.

—Sí, en el cajón de las bragas de tu madre. No te j…—dijo Salva.

—Podríamos enterrarlo en algún sitio y decir que lo hemos encontrado. O llevarlo a un Compro Oro —dijo Pablo.

—Pero quizás nos den una recompensa.

—Una bolsa de pipas y un Calippo de fresa, eso nos van a dar. Tío, cuando has dicho que había una esperanza me lo he creído por un momento, y ahora vas y me vienes con el rollo este del tesoro.

Fran sacó su teléfono móvil. Era el único de los cinco que tenía un smartphone, que había comprado ahorrando su propio dinero. El resto tenían móviles baratos, que casi siempre estaban sin saldo. A pesar de ser el más pequeño, el de Fran era el único con contrato y tarifa plana. Desde hacía un año había renunciado a la exigua paga que les daban sus padres y se pagaba todos sus gastos haciendo pequeños trabajos a los vecinos, dando clases particulares o vendiendo cosas en eBay. Tecleó unas búsquedas y al cabo de un rato interrumpió la discusión de los demás.

—Lo que ha dicho Diego es cierto.

—¿A qué te refieres, cerebrito?

—A lo que ha dicho sobre la recompensa. El Estado da una recompensa a los que encuentran obras de arte perdidas o robadas. Es un porcentaje de la pasta que vale el original, pero aún así podemos estar hablando de mucho dinero.

—Eso suponiendo que la nota sea auténtica —dijo Gala.

—O que nadie se halla llevado tu “tesoro” del lugar donde lo han escondido, si es que existe, intervino Salva.

—O que sea algo que merezca la pena —dijo Pablo.

—¿Que si merece la pena? ¿Es que no habéis oído hablar del Tesoro del Delfín?

Todos se encogieron de hombros y le dedicaron una expresión bovina.

—Madre mía, qué desastre. ¿Qué hacíais cuando nos llevaron al Prado de excursión con el cole hace un par de meses?

—Estos dos se escaparon a morrear al baño —dijo Pablo, señalando a Salva y a Gala.

Gala, ruborizada, le soltó una colleja tan sonora que espantó a las palomas.

—¿Y vosotros?

—Yo aproveché para terminar un trabajo de Conocimiento del Medio.

—Yo me senté a comerme el bocata y a jugar al Candy Crush. Me acaban de dar todas las vidas de nuevo.

Diego meneó la cabeza, sin poderse creer lo que estaba escuchando.

—Venga, seguidme. Quiero mostraros algo.

 

Media hora después estaban cruzando la puerta del Museo. Fueron detrás de Diego, que no necesitaba mirar planos ni indicaciones para orientarse. Conocía el lugar de memoria, y a casi todos los vigilantes por su nombre. Al cabo de unos minutos alcanzaron el Edificio Villanueva. Allí, detrás de una gruesa puerta acorazada que se cerraba por las noches, se exponía el Tesoro del Delfín.

La sala estaba vacía, a excepción de una celadora, que saludó a Diego con una inclinación de cabeza. Los demás bajaron la cabeza y entraron en la estancia en silencio, temerosos. Las paredes del lugar estaban forradas de un mármol de color oscuro. No había ventanas, y la única luz procedía de las vitrinas, iluminadas desde la base con luces potentes que resaltaban las piezas que se exponían en su interior. Destellos brillantes, dorados y plateados, surgían de los valiosos objetos.

—Ostras —dijo Gala, acercándose a una copa de oro y piedras preciosas que estaba junto a la entrada, en una vitrina individual—. ¡Es una auténtica pasada! Creía que en el museo sólo había cuadros.

—Si no estuvieses morreando… —dijo Pablo.

—Al menos hacía algo útil, gordinflas. Tú sólo puedes morrearte con la Ps Vita o con tus peluches de Mario —la defendió Salva.

—Callaos —cortó en seco Diego—. Mirad a vuestro alrededor. Fijaos bien en la maravilla del tesoro.

—Realmente hermosa —dijo Fran, pegando la nariz a uno de los cristales blindados—. Echad un vistazo a esto.

Los chicos le rodearon, observando una jarra de cristal particularmente bella. El asa, magníficamente labrada en plata, tenía la forma de un narciso y una sirena.

—¿Créeis que la gente usaba estas cosas en el pasado? —dijo Pablo.

—La gente no, Pablo. El rey. Todo esto era de un rey. ¿Quién crees que era el Delfín? —repuso Diego.

—Ni idea. ¿Un pez?

—Son mamíferos, y no, el Delfín era el hijo del rey de Francia, como aquí el príncipe de Asturias —dijo Gala.

—Hay una historia increíble detrás de todo este tesoro, ¿sabéis? Mi madre me la contó una vez. Todas estas joyas eran de Luis, el Gran Delfín, el hijo de Luis XIV.

—¿Por qué le llamaban grande?

—Porque estaba gordo como un ceporro, me contó mi madre. Eso da igual. El caso es que era el heredero al trono de Francia, pero nunca llegó a reinar.

—¿Se lo cargaron?

—En clase nos contaron que en Francia se cargaron a los Reyes, con la guilletina.

—Guillotina, so burro.

—No, nadie se carga a nadie en esta historia.

—Pues menuda mierda.

—Callaos y escuchad. El Gran Delfín murió de sarampión, o de viruela, o de una de esas movidas chungas que te daban antes de que hubiese vacunas. Y sus joyas fueron a parar a su hijo, el rey de España. Felipe V.

—¿No vamos por el sexto?

—Sí, el hijo del Gran Delfín fue el primer Borbón. Todo el tesoro de su padre fue pasando de mano en mano por los reyes de España, que lo fueron guardando en museos, hasta que acabó en el Prado, hace años.

—¿Cuántos?

—¿Cuántos qué?

—Cuántos años.

—No sé. Cien, doscientos, ¿qué mas da?

—175 años —dijo Fran, señalando un letrero explicativo en la pared—. Fue en 1839, por orden de Isabel II.

—¿Y una sola persona necesitaba tantas jarras y chorraditas de oro? En casa usamos una jarra de los chinos que costó tres pavos —dijo Salva.

—No sólo estas, sino muchas más —contestó Diego—. Lo que veis aquí sólo es una parte del tesoro. Muchas piezas se han perdido o las han robado, y nadie sabe dónde está.

—Pero… y si lo que dice la cart… —comenzó a decir Pablo. Al instante, ocho manos se abalanzaron sobre él para taparle la boca.

—Ni una palabra de eso aquí dentro, ¿vale? —le riñó Diego. Miró de reojo a la celadora, que vigilaba muy atenta desde la puerta a aquellos niños tan raros.

Pablo asintió, con la boca tapada, y los otros le soltaron.

—Entonces, ¿dónde están esas piezas que faltan?

Diego sonrió.

—Espera, que aquí viene lo mejor de la historia…

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EL TESORO DEL MUSEO DEL PRADO © DIARIO ABC, S.L. 2014

ABC recupera la tradición de la novela por entregas en la prensa española con este relato, inspirada en hechos reales, en el que un grupo de amigos lucha por descubrir un tesoro escondido en el Museo del Prado antes de que dos de ellos pierdan su casa.Más sobre «EL TESORO DEL MUSEO DEL PRADO»

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