La primera de las pistas (III)

Publicado por el Jul 28, 2014

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En el capítulo anterior: Diego ha encontrado una carta dirigida a un personaje importante, firmada por un tal Vaamonde, donde se afirma que dentro del Museo del Prado hay un tesoro oculto, que podría ser la solución para ayudar a un amigo en apuros.

dibujo-cuento-3Diego sintió que el corazón le botaba en el pecho de pura excitación. ¡Las pistas para encontrar el tesoro estaban allí mismo! Con avidez, comenzó a leerlas. La primera de todas decía:

Donde halles tantas como hijas del trueno, abuelos hambrientos y hacendosas tejedoras”.

¿Qué demonios significaría aquello? Sin duda era una pista que tenía que ver con un lugar, aunque ahora no podía concentrarse en ello. Quedaba poco para que su madre recogiese los bártulos y diese la orden de marcharse y quería volver a examinar el arcón antes de hacerlo. Quizás allí habría alguna pista más que hubiese pasado por alto. Miró a su madre de reojo, y no le sorprendió encontrarla con la espalda arqueada sobre el lienzo, el rostro brillante y perlado por el sudor a pesar del potente aire acondicionado que refrigeraba la sala de restauración. Cuando alcanzaba aquel punto de concentración, podía caerse el techo sobre su cabeza que ella no se enteraría.

Diego se quitó las deportivas empleando sólo las punteras, se escurrió con cuidado de la silla giratoria y volvió junto al arcón. Levantó de nuevo la tapa despacio, porque hacia la mitad del recorrido las bisagras hacían un ruido chirriante. A pesar de levantarlo muy, muy despacio, el chirrido se produjo igual. El niño levantó la vista, preocupado, pero su madre seguía sin moverse, con un tema de Bruce Springsteen atronando en los cascos.  El niño conocía aquella canción de memoria, y a pesar de estar a varios metros de distancia podía reconocer cada una de las frases en las que el Boss pedía a su novia que saliese a encontrarse con él en la calle.

Meneó la cabeza. No comprendía cómo su madre no se quedaba sorda.

En fin, a veces los mayores no tienen remedio, pensó.

Con un último empujón, hizo girar del todo la tapa del arcón, apoyándola en la pared y sacando de nuevo el doble fondo. Esta vez se deslizó más fácil, y pudo apartarlo un poco más. Allí donde había visto asomando el sobre había algo que había creído intuir antes. No estaba seguro, pero en efecto, había una forma oscura. Introdujo la mano con cuidado, pero el objeto parecía atascado. Estiró los dedos, haciendo un movimiento con las falanges hacia adentro, mientras notaba cómo las astillas del borde del doble fondo le iban punzando la piel.

Su madre se agitó un poco, torció la cabeza en su dirección, pensativa, pero sin llegar a verle del todo. Diego se encogió de miedo, temiendo que le descubriese. Un hilillo de sangre de su mano herida se escurrió por la tapa, tiñendo de marrón oscuro el veteado de la madera.

Su madre volvió la cabeza de nuevo hacia el cuadro y Diego logró estirar la mano del todo, sacando un pequeño paquete de forma rectangular. No se atrevió a abrirlo allí mismo.

 

Cuando su madre se giró para decirle que había llegado la hora, le encontró chupándose el dorso de la mano.

—¿Qué haces?

—Me he cortado con el borde de un marco —dijo el niño, señalando al azar uno de los que le rodeaban en la enorme mesa de acero.

La madre miró al humilde pedazo de madera, uno de tantos en los que casi nadie se fijaba nunca, pero que eran tan antiguos como los propios cuadros y que eran restaurados con el mismo mimo y dedicación, aplicando capa tras capa de pan de oro para devolverles el esplendor original. Había visto alguna vez a su madre trabajando en uno, pasándose lentamente la brocha larga y fina por la cara para capturar la grasilla del rostro y dejar las cerdas más sueltas, como habían hecho los de su gremio desde siglos atrás. Así el restaurador acababa formando parte, literalmente, de las obras que arreglaba, aunque no las firmase y nadie supiese nunca de su labor. Pues cuanto menos se notase esta, tanto mejor.

—¿Lo has manchado? —fue todo lo que preguntó ella.

Diego sonrió. Poco le importaba la herida, claro.

—No, no lo he manchado. Ha sido sólo un desgarrón de nada. Sobreviviré.

—No estés tan segura, cariño. Hoy me toca cocinar a mi.

—¿Y qué vas a hacer?

—Algo difícil y exótico, comida internacional perfectamente aderezada.

—¿Otra vez espaguetis con tomate, mamá? —dijo el niño, poniendo los ojos en blanco.

No quiso abrir el paquete aquella noche. Tenía tanto miedo de que su madre irrumpiese en su cuarto mientras lo abría, que prefirió esperar al día siguiente. Lo dejó en la mochila, donde lo había escondido, y prefirió esperar al día siguiente, cuando estuviese lo más lejos posible de su vista.

Diego se fue a la cama. Soñó, despierto y dormido, con cofres llenos de oro y joyas y con pasadizos ocultos, húmedos y fríos, al final de los cuales aguardaba un resplandor dorado. No imaginaba cuánto de lo que soñaba iba a hacerse realidad, ni desde luego, la decepcionante respuesta que iban a darle sus amigos a su petición de ayuda…

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EL TESORO DEL MUSEO DEL PRADO © DIARIO ABC, S.L. 2014

ABC recupera la tradición de la novela por entregas en la prensa española con este relato, inspirada en hechos reales, en el que un grupo de amigos lucha por descubrir un tesoro escondido en el Museo del Prado antes de que dos de ellos pierdan su casa.Más sobre «EL TESORO DEL MUSEO DEL PRADO»

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