Una carta misteriosa (II)

Publicado por el jul 27, 2014

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En el capítulo anterior: Cuando el mejor amigo de Diego, Salva, le cuenta que su familia y él van a tener que irse de Madrid porque su padre ha perdido la casa, Diego se pregunta cómo ayudarle. No ve la manera de hacerlo, hasta que hace un increíble descubrimiento en  el doble fondo de un arcón, en el lugar donde trabaja su madre como restauradora: El Museo del Prado.

dibujo-cuento-2Rasgó la solapa y puso el sobre boca abajo. De él cayó una única hoja de papel amarillento. Comenzó a leerla.

Y ya desde la primera línea, el niño supo que aquello era lo más asombroso y extraordinario que le había sucedido jamás. Hacia la mitad del texto, Diego se preguntó si sería auténtica. Si lo era, y si lo que se contaba en ella era cierto, aquello podría ser la salvación para Salva. Levantó la vista y miró a su madre, que seguía enfrascada en su trabajo. Sobre todo, ocurriese lo que ocurriese, ella no debía conocer el contenido de aquella carta, porque entonces la posibilidad de ayudar a su mejor amigo se esfumaría.

—¿Qué tienes ahí, Diego?

El niño se encogió ante la pregunta y colocó al instante las manos detrás de la espalda, ocultando la hoja de papel. Una madre es una madre, e incluso una tan despistada como la suya era incapaz de ignorar una declaración de culpabilidad tan grande.

—Nada, mamá.

—¿Cómo que nada? Déjame ver.

—Te digo que no es nada.

Ella bajó del andamio, trabajosamente. Siempre se le quedaban las piernas dormidas cuando pasaba tanto rato sentada con las piernas colgando al borde de aquella estructura de acero. Ni siquiera debería estar allí, porque su turno terminaba a las cinco de la tarde. Pero cuando se encargaba de la restauración de un cuadro importante, para ella el tiempo desaparecía. Se ponía viejos éxitos de Springsteen en el reproductor de música y se olvidaba de que existía toda una vida en el exterior del museo. La luz de la sala era artificial, aunque varios potentes focos estratégicamente colocados intentaban reproducir la misma luz a la que luego los visitantes verían el cuadro en las salas de exposición de los niveles superiores.

—Diego, no me mientas. Si hay algo odioso en este mundo es la mentira.

—Que no es nada, mamá.

La restauradora se acercó, le puso una mano en el hombro, con cariño pero con firmeza, y le miró a los ojos hasta que Diego acabó poniéndose colorado.

—Es una carta —admitió, por fin.

Ella retiró la mano del hombro y sonrió.

—Ya veo. ¿Y por qué no me lo has dicho?

—Tenía… tenía miedo de que me la quitaras.

—¿Y por qué iba a quitártela?

—No sé… tenía miedo de que no te pareciese bien.

—Claro que no me parece mal, tonto. En realidad, lo estaba esperando. Y me alegro mucho, cariño.

Diego levantó la cabeza y abrió los ojos, muy extrañado.

—¿En serio?

—Muy en serio. Ya tienes trece años, y es normal. ¿Es de Gala?

—¿El qué?

—Pues la carta, qué va a ser.

—No, no es de Gala.

—¿Y no quieres decirme de quién es?

Diego intentó no sonreír. Comenzaba a ver por dónde iban los tiros.

—Pues no, preferiría no hacerlo.

Ella asintió.

—No te preocupes, no la voy a leer. Tienes derecho a tu intimidad. Me parece de lo más romántico. ¿Me pasas los pinceles?

El niño se agachó, recogió los pinceles de la tapa del arcón se los pasó a la madre usando sólo la mano izquierda. La carta seguía a buen recaudo tras la espalda, en la derecha. Ella se caló los cascos y volvió a subir al andamio, tarareando -mal- la melodía que estaba escuchando. En cuanto volvió a darle la espalda, Diego colocó la hoja dentro del cuaderno de ejercicios y volvió a leerla por segunda vez, en esta ocasión mucho más despacio:

Estimado señor presidente de la República:

Espero que la presente le encuentre bien de salud y animado ante el infortunio y la responsabilidad. He completado ya la primera fase de la preservación de las obras más importantes del Prado, tal y como usted me encomendó. Los lienzos iniciarán hoy su periplo, y los salvaremos de cualquier peligro que pueda acecharles aquí en Madrid. No tengo miedo, tal y como le dije cuando nos encontramos por última vez, de que nadie quiera hacerse con los cuadros. Ningún comprador del mundo pagaría por Las Meninas. Sin embargo hay algunas piezas que me preocupan sobremanera, y que sin duda serían pasto de depredadores, ladrones y oportunistas, tanto por su pequeño tamaño como por su valor intrínseco. Son piezas que hemos logrado recuperar tras muchos años de búsqueda, y ni siquiera están catalogadas. Me refiero, por supuesto, al legendario Tesoro del Delfín. Ahora que por fin hemos recobrado lo que faltaba, mi corazón teme que los rebeldes las rapiñen si logran conquistar la capital, o peor aún, que en el traslado las cajas que lo contienen se “extravíen”. No confío en nadie a la hora de custodiar el oro y las piedras preciosas. Por ello he decidido guardarlas aquí, en el interior del propio museo, en un lugar secreto que nadie, salvo usted y yo, conoceremos. Le envío una serie de pistas para localizar su ubicación, únicamente en caso de que a mi me sucediese algo. Las claves para descrifrarlas se las transmitiré en persona, o bien a través de una misiva distinta.

Suyo afectísimo

L. Vaamonde.”

Diego sintió que el corazón le botaba en el pecho de pura excitación. ¡Las pistas para encontrar el tesoro estaban allí mismo! Con avidez, comenzó a leerlas…

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EL TESORO DEL MUSEO DEL PRADO © DIARIO ABC, S.L. 2014

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