El tesoro del Museo del Prado (I)

Publicado por el jul 26, 2014

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dibujo-cuento-1Diego respiró hondo, intentando digerir la bomba que Salva acababa de soltarle.

—Estás de coña. Dime que estás de coña.

Salva meneó la cabeza con desesperación.

—Ojalá lo estuviera. Debemos muchísima pasta al banco y a no sé cuántos más. Un par de semanas más, como mucho. Después nos echarán a la calle.

—Pero… ¿tu padre no había encontrado trabajo?

Ambos estaban sentados en un poyete, enfrente de un chino, comiendo pipas. Salva metiéndoselas en la boca de dos en dos y escupiéndolas al suelo. Diego abriéndolas despacio con los dientes y echando las cáscaras en la mano izquierda, para luego tirarlas a la papelera. Los dos sintiendo los labios agrietados por la sal y envidiando, casi con deseo, a todo el  que salía del chino con una cocacola. Escaneando de reojo a las tías mayores al pasar, poniéndoles nota con una voz que empezaba a gallear y creyéndose muy hombres. Como cada día, como cualquier otro día de verano desde hacía un millón de años.

Solo que este no era un día cualquiera. Era el día en que todo iba a cambiar.

—Eso nos había dicho, para que nos tranquilizásemos. Pero no era verdad —dijo Salva.

Siguieron mirando al frente. Sus ojos no se encontraban, pero no hacía falta. Sabían de sobra lo que pensaba el otro.

Tener trece años es una mierda. Tienes deseos de adulto y cuerpo de niño. Tienes necesidades auténticas y bolsillos vacíos. Entiendes los problemas de los mayores, pero ellos te siguen tratando como si fueras un bebé. Y tú procuras hacerte el tonto para no herir sus sentimientos y que no lo pases mal.

Tener trece años es el peor, el más confuso momento de tu vida. Tus padres creen que es por las hormonas, pero es mentira. Es porque te das cuenta por primera vez de que los cuentos de hadas son una patraña, que los malos siempre ganan y que en la vida tienes que dejarte la piel para lograr cualquier cosas, y que seguramente, ni por esas. Intuyes ya que tienes todas las papeletas para ser un fracasado como tus padres, acumulando grasa en las caderas y pelos en la pila del lavabo durante el rato que no estás deslomándote para que otro se haga rico a tu costa.

Tener trece años sólo es soportable porque tienes un mejor amigo. Alguien que se parte la cara por ti en el patio, que te sostiene la cabeza mientras vomitas cuando se te ocurre la estupidez de fumarte tu primer cigarrillo, que escucha tus miedos porque son los mismos que los suyos. Alguien, con los pies tan tiernos como tú, que da contigo el primer paso en el camino embarrado hacia la adultez. Alguien sin quien no puedes imaginarte la vida, bajo ningún concepto.

—Nos vamos de Madrid —continuó Salva.

—¡¿Qué?¡

—A un pueblo de Gerona. A casa de mi abuela.

—Pero… eso está a tomar por saco. ¡Y está lleno de catalanes!

—Lo sé, idiota. ¿Yo nací allí, recuerdas?

Llevaban tanto tiempo juntos, que a veces olvidaba que Salva no había nacido en la capital. Diego tampoco. Era de Sevilla y sus padres, como los de Salva, se habían trasladado a Madrid por trabajo cuando ellos dos estaban en párvulos. Les habían puesto en la misma clase, y como los novatos que eran, acabaron gravitando el uno hacia el otro. Antes de que sonara la campana que anunciaba el primer recreo del primer día, ya  eran los mejores amigos del mundo.

—Allí las clases son en catalán.

—Yo lo llevaré mejor —dijo Salva, encogiéndose de hombros—. Me duele más por el enano. No va a soportarlo.

Diego asintió, comprensivo. Aunque tenía un año menos que ellos, Fran era superdotado, y le habían adelantado un curso, por lo que los tres iban a la misma clase. Ya era duro tener que estar con niños mayores que él, llevando gafas y siendo un cerebrito, pero hacerlo lejos de su ciudad lo haría todo más difícil. Al final sería Salva quien tendría que estar todo el rato peleándose con quien se metiese con él. Como aquí, pero sin Diego para cubrirle la espalda.

Y sin alguien más.

—¿Se lo has dicho a Gala?

Salva no contestó. Se limitó tirar al suelo las tres o cuatro pipas que le quedaban y limpiarse la sal y el sudor en el fondillo de los pantalones.

—Se va a enterar, tío —insistió Diego.

—Ya.

—Y será mucho peor si no se entera por ti.

—¿Peor para quién?

—Tienes que decírselo.

El otro se puso de pie.

—Muchas gracias, Diego. Como si no tuviera bastante encima.

Es tu novia, imbécil. Y no se lo merece. Ni tú te la mereces a ella, gritó Diego a la espalda de su mejor amigo, que se alejaba con pasos enfadados. Lo hizo sin abrir la boca, ni emitir sonido alguno, ni recibir el menor desahogo.

Cobarde. Eres un cobarde, pensó. Lo que no dejaba de ser irónico, considerando que jamás se había atrevido a decirle a Gala lo mucho que le gustaba. Ella también iba a su curso, aunque a una clase distinta. Diego se había fijado en aquella pelirroja vivaracha desde siempre, al otro lado del patio, en corrillos distintos, perteneciente a otro mundo. Hasta que Salva había tenido las agallas que a él le habían faltado.

 

Tardo media hora en llegar hasta el trabajo de su madre. En julio los autobuses de la EMT se convertían en un pequeño milagro que tardaba largos minutos en acaecer. Cuando atravesó la puerta de Jerónimos, se abrió paso por entre la enmarañada fila de turistas. Cámara colgada al hombro, expresiones de admiración, jerga extranjera. Pasaba por allí casi a diario, y cada vez veía menos españoles. Aquello le ponía bastante triste. Si tan sólo supieran las maravillas que escondía aquel lugar…

Se deslizó por debajo de la catenaria, pero una mano le atenazó la camiseta.

—¿Dónde crees que vas, chaval?

Diego se dio la vuelta. Un vigilante le sujetaba, uno al que él no conocía. Un tipo grande con la cabeza completamente rapada y dos brazos como dos jamones. En el derecho lucía el enorme tatuaje de un tigre apostado a la puerta de un templo en ruinas con las fauces abiertas.

—Verá, usted no entiende…

—¿Qué no entiendo? —espetó el vigilante—. Tienes que sacar una entrada y esperar tu turno, como todo el mundo.

—Eh, tranquilo. Conozco al chico. Su madre es restauradora.

Allí estaba Rosa, una de sus celadoras favoritas. Ella iba con un traje de chaqueta azul marino porque era de la plantilla del museo, no un simple temporero contratado por una empresa de seguridad, como el que le estaba agarrando.

—¿Tiene pase?

—No le hace falta. Diego es más del Prado que Las Meninas. ¿Verdad, Diego?

El niño sonrió, mientras Rosa le revolvía el pelo.

—No puedo dejar entrar a nadie sin pase.

—No le dejas entrar tú, le dejo entrar yo —replicó Rosa, poniéndose seria de repente. No iba a permitir que aquel novato se le impusiera, aunque fuese una cabeza más alta y treinta kilos más pesado que ella—. Ve a la puerta de Murillo y dale el relevo a la compañera.

El del tatuaje gruñó ante la perspectiva de abandonar el bien refrigerado aire del interior del museo por el calor agobiante del exterior. Intentó sostenerle la mirada a Rosa, pero la celadora no la apartó, y el vigilante acabó cediendo.

—Está bien. Tú sabrás lo que haces.

Ella se lo quedó mirando mientras se alejaba, y luego se volvió hacia el joven visitante, que venía, como siempre, cargado con su mochila.

—¿Pero tú no deberías estar ya de vacaciones?

Diego se revolvió, incómodo.

—Me han cateado mates para septiembre. Mamá quiere que haga un montonazo de ejercicios de recuperación.

Rosa soltó un respingo de incredulidad.

—Lo que me faltaba por ver. ¿Desde cuándo sacas tú malas notas? Venga, anda, que te acompaño al ascensor.

Hacía falta una llave especial para descender a la sala de restauración del sótano. La vigilante le la introdujo, apretó el botón correspondiente, y después le acarició la mejilla.

—Tienes mala cara. Con lo majo y lo atento que eres tú siempre, y voy yo y meto el dedo en la llaga. Anímate, que sólo son unas semanas. En septiembre apruebas seguro.

Diego, a quien no podían importarle menos las matemáticas en ese momento, no quiso contarle lo que le preocupaba. Y tampoco le dijo nada a esta cuando le abrió la puerta de acero y le dejó pasar a la enorme sala con olor a trementina, pintura y productos químicos que los enormes tubos de ventilación no conseguían erradicar.

—Pon tus cosas por ahí. Llegas un poco tarde —dijo su madre, que enseguida se afanó en subir de nuevo a su plataforma, esgrimir el pincel, calarse las gafas de aumento con luz incorporada y volver al trabajo. Le prestaba la atención justa. Era una mujer moderna y agradable, pero vivía más interesada en la composición de los pigmentos que en lo que tenia su hijo en la cabeza.

Era tarde y estaban solos en la sala. Diego sacó su cuaderno de matemáticas y fingió despejar unas cuantas equis, cuando la única incógnita en la que era capaz de pensar era en su amigo Salva.

—¿Cadaqués está a muchas horas, mamá?

Su madre no levantó la nariz del lienzo que estaba restaurando, un enorme paisaje de un discípulo de Velázquez.

—En bici, a bastantes, Diego.

Dudó si contárselo, pero ya imaginaba lo que ocurriría. Ella le restaría importancia, y cambiaría de tema. Prefirió ahorrárselo y pensar en una solución para que su mejor amigo no desapareciese. No sabía cuánto dinero debían sus padres, pero seguro que era más que los 63,57€ que Diego guardaba en la hucha, confiando en que algún día las monedas se reprodujesen y le alcanzasen para esa consola nueva que veía cada día en un escaparate.

—Haz el favor y acércame un par de pinceles del 2, cariño.

El niño se levantó, obediente, y fue al arcón donde se guardaba el material nuevo. Era un mueble muy antiguo, con la madera barnizada y gastada salpicada de restos mal raspados de etiquetas antiguas. Una placa de bronce sobre la tapa se leía: “MINISTERIO DE INSTRUCCIÓN PÚBLICA Y BELLAS ARTES”.

Lo abrió con cuidado y sacó un par de pinceles. Cuando iba a cerrar de nuevo el arcón, uno de ellos le resbaló de la mano y rodó por la cara interior de la tapa. Al ir a cogerlo, vio que se había quedado encajado en el borde, junto a la cerradura. Tuvo que ayudarse del extremo del otro pincel para intentar destrabarlo. Al introducir la punta en la juntura, escuchó un crujido.

¿Qué es esto?, pensó Diego, sintiendo como el corazón se le aceleraba.

¡La tapa tenía un doble fondo! La madera que la formaba se abrió, desvelando un pequeño compartimento que contenía un sobre, marcado con las letras “Sr. P.”

Rasgó la solapa y puso el sobre boca abajo. De él cayó una única hoja de papel amarillento. Comenzó a leerla.

Y ya desde la primera línea, el niño supo que aquello era lo más asombroso y extraordinario que le había sucedido jamás.

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EL TESORO DEL MUSEO DEL PRADO © DIARIO ABC, S.L. 2014

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