Mourinho, el odio y el amor

Mourinho, el odio y el amor

Publicado por el Mar 12, 2015

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Pasaban apenas 24 horas de que el madridismo convulsionase con la actuación ante el Schalke cuando algunos quisieron ver en el mal ajeno el bálsamo a sus problemas. No por esperado deja de resultar poco edificante. La derrota del Chelsea ante el PSG, merecida tanto por la pasividad del equipo de Mourinho como por el extraordinario partido que jugó el equipo francés, se ha convertido en el clavo ardiendo al que agarrarse. El paraguas que nos protege del chaparrón. Porque en este país, criticar a Ancelotti es sinónimo de pedir la vuelta de Mourinho. Pero no. Eso es lo que algunos pretender hacer creer. Con Mourinho eliminado, se rebaja la presión porque no hay comparación posible.

Si hoy hablamos de Mourinho es porque la dimensión del personaje ha conseguido lo que solo los líderes pueden generar. Apartar la irrelevancia y provocar en los otros sentimientos extremos: amor y odio. Si uno no logra despertar es esos sentimientos, no es un líder. Será otra cosa, tal vez más conveniente en según que momentos, pero no un líder. Parece exagerado, pero solo hay que atender a los principales generadores de opinión deportiva en este país. Mostrar algún afecto por Mourinho ha sido desde hace mucho un deporte de riesgo. En demasiadas ocasiones se ha relacionado la defensa de unos planteamientos tácticos y de modelo de club con postulados ultras. Lo han oído. Lo han leído. Una discusión sobre Mourinho exacerba más el ambiente que una entre un votante del PP y un defensor de Podemos.

Si hoy hablamos de Mourinho es porque en él la derrota, que en el fútbol es lo habitual porque ganar solo gana uno, es menos común que en la mayoría. La mofa que produce llegar ocho veces hasta la ronda de semifinales, ganando en dos ocasiones, solo puede ser fruto de la miopía estadística y del nulo ejercicio de comparación. Pero el debate deportivo, centrado en los estrictamente futbolístico, parece cosa del pasado. Para muchos el portugués no es más que un proscrito cuyos innegables éxitos deportivos sencillamente no existen. Ayudados claro está por ese nuevo discurso imperante que pregona una única forma válida de jugar al fútbol.

Si hoy hablamos de Mourinho es porque él es el artífice de que, más allá de los que siempre vemos fútbol, estemos pendientes de un partido de octavos de final entre un francés y un inglés. En España, algunos se acercaron al partido de ayer desde el odio. Ser anti algo siempre me ha parecido pobre. Otros se acercaron desde el amor. Ser pro algo siempre me ha parecido más romántico. Y por muchos traspiés que nos de la vida siempre es bonito seguir creyendo en el amor.

Ayer Mourinho cayó con justicia. La misma que en muchas ocasiones le ha llevado a ganar. Y la misma que siempre le ha llevado a competir y a pelear por los títulos. Y aunque a algunos les cueste entenderlo, que el Chelsea pierda no soluciona los problemas del Real Madrid: Ni Bale va a tapar la banda de su lateral, ni Kroos se va a convertir por arte de magia en un pivote, ni Casillas va a salir de ese agujero negro en el que no se ve la luz. Mourinho perdió, y todo eso seguía allí.

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