El laberinto de los nacionalizados

El laberinto de los nacionalizados

Publicado por el Jan 28, 2015

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Si del Mundial de fútbol Sudáfrica 2010 se recuerda la vuvuzela, el waka-waka o la cobra con final feliz que Iker Casillas le hizo a Sara Carbonero; y del pasado verano aún escuece ver a Pitbull en Sao Paulo tratando de imitar a Julián «Cachuli» Muñoz, el presente Mundial de balonmano en Qatar puede resultar una revolución en lo que uno siempre ha entendido por la palabra mercenario. El emir, que debe ser un tipo con memoria, se acordó hace unos meses que tenía una serie de jugadores y aficionados desperdigados por el mundo. Y claro, los reclutó. Los deportistas son ocho, la mitad de la selección: tres montenegrinos (Goran Stojanovic, Zarko Markovic y Jovo Damjanovic), dos cubanos (Rafael Capote y Jorge Paván), un bosnio (Daniel Saric), un francés (Bertrand Roine) y un español (Borja Fernández).

Se sabe, porque lo contó el periódico sueco Aftonbladet, que Fernández recibe por la nacionalización una primera paga de 40.000 euros, 13.000 de sueldo neto al mes, 90.000 por victoria y una prima a repartir de 4,2 millones si ganan el Mundial. En el caso de la afición, son más de 50 los parientes españoles del emir que están a gastos pagados y 20 euros diarios de dieta. Vamos, la calderilla que a cualquiera le salta del bolsillo cuando pasa por delante de un bar y tiene sed, si se compara con los 220 millones que le ha costado a Qatar la organización del torneo.

Si hablamos de fútbol, nacionalizados ha habido siempre. Algunos con morro de verdad. Esté donde esté viejo, perdóneme pero usted, Alfredo Di Stéfano, jugó con tres selecciones distintas: Argentina, Colombia y España. Igual que Ladislao Kubala, el otro gran jugador «español» de los años cincuenta, que lo hizo con Hungría, Checoslovaquia y España. Hasta la fecha, 40 futbolistas han vestido la camiseta nacional sin haber nacido en el país. El último es conocido, Diego Costa. El primero fue Paulino «Rompeparedes» Alcántara. Nacido en Filipinas, antigua colonia española, en 1917 participó con este país en los Juegos del Oriente Lejano y en los años veinte disputaría cinco partidos con España. Precisamente en uno de ellos, el 30 de abril de 1922 ante Francia, golpeó tan fuerte al balón que rompió la red, de ahí su apodo. Por su origen, no hizo falta su nacionalización.

Paulino Alcántara El ejemplo de Alcántara vale para la mayoría de esa lista de 40; eran/son hijos de emigrantes españoles que nacieron en otro país. Ahí se encuentra a Ramón de Zabalo (Inglaterra), José Emilio Santamaría (Uruguay), José Eulogio Gárate (Argentina), Roberto López Ufarte (Marruecos), Curro Torres (Alemania) o Luis Cembranos (Suiza). Al revés también ocurrió: nacidos en España que jugaron en otro país. Está Pedro José Cea, que nació en Redondela (Galicia) y ganó el primer Mundial con Uruguay en 1930; están Fernández, Bergés y Chorens, que representaron a Cuba en el Mundial 1938 (se conoce gracias al fenomenal trabajo de investigación de Fernando Arrechea en Cihefe); o los más recientes Valdo y Benjamín Zarandona con Guinea Ecuatorial.

En general, en España las nacionalizaciones han estado bastante controladas. Los conversos han sido futbolistas que tenían relación con el país o bien por sus orígenes o bien porque jugaban en él. En este último grupo se meten los Puskas, Heredia, Pizzi, Donato, Catanha, Pernía o Senna. Ha habido excepciones, claro, como el paraguayo Jara, el argentino Valdez y el brasileño Becerra, a los que se nacionalizó con documentación falsa. O directamente sin ella como Juan Errazquin, que llegó a los Juegos Olímpicos de Ámsterdam, en 1928, siendo ciudadano argentino. Aunque nada comparado con el «modus operandi» de Antonio Dumas, un entrenador brasileño cuya historia la cuenta futbolypasionespoliticas.com, el blog referencia en el tema. Dumas llegó por primera vez a África en 1998 para entrenar a Gabón. Después se iría a Santo Tomé y Príncipe, pero donde se lució fue en Togo y Guinea Ecuatorial.

A Dumas le dieron la mano y él dijo: «Mejor un abrazo». Que los africanos tienen un bajo nivel, pues me traigo brasileños de Segunda División a punta pala: seis en Togo (Mikimba, Bill, Fabio Oliveira, Cris, Fabinho y Hamilton), siete en Guinea Ecuatorial (Danilo, Ronan, André Neles, Daniel Martins, Fernando, Anderson y Alex). Por supuesto, sin ninguna relación con el país. Sin embargo, lo que colmó la paciencia de la FIFA no fue aquello. Ocurrió ¿adivinan? Sí, en Qatar. En 2004 el francés Philippe Troussier, entonces seleccionador del país del Golfo, quiso «fabricar un equipo con jugadores naturalizados para encarar con opciones las eliminatorias para el Mundial de Alemania 2006 y, en ese sentido, propuso una jugosa nacionalización, regada de dólares, a Ailton, Dede y Leandro (los dos últimos, hermanos)», dixit El País. Por un millón de dólares, Qatar pretendía fichar a futbolistas de primera línea en equipos de élite como el Werder Bremen o el Borussia Dortmund.

¿Cuáles son las condiciones? 

Y hasta ahí se llegó. Joseph Blatter, presidente de la FIFA, habló de «nacionalizaciones de conveniencia» y dijo que era «imprescindible detener esta práctica». Se cambió la norma, pues. Desde marzo de 2004, para representar a un país en el que no has nacido, tienes que haber residido dos años en él (luego se amplió hasta los cinco actuales) o que tus padres o abuelos sí que hubieran nacido en dicho territorio, además de no haber debutado en partido oficial con la selección absoluta. Un galimatías que no tiene nada que ver con las condiciones que fijan otros deportes.

En balonmano puede sorprender que haya ocho nacionalizados, pero el «Player Eligibility Code» de la IHF dice que para jugar en una selección basta con que hayan pasado tres años desde que jugaste con otra. Hace unas semanas, en una entrevista en Mundo Deportivo a Daniel Saric le preguntaron si tuvo algún «conflicto interno» al fichar por Qatar. «Yo solamente soy qatarí hasta que dure mi contrato, no tengo nada de allí, solamente tengo permiso para jugar con su país. Y ya está», respondió el portero que también ha evitado goles a Serbia y Montenegro y Bosnia Herzegovina. En España, esta norma la hemos aprovechado bien. Quizás nuestro mejor jugador de siempre, Talant Dujshebaev, nació en Kirguistán y logró el oro en los Juegos de Barcelona 92 con el equipo unificado de la URSS. En los dos Mundiales que han ganado los «hispanos» (2005 y 2013)  fueron claves Rolando Uríos (Cuba) y Arpad Sterbik (Yugoslavia). Hasta hubo un caso de sí, pero no: Siarhei Rutenka empezó representando a Eslovenia, en 2008 obtuvo la nacionalidad española y, cuando iba a debutar, se arrepintió y ahora defiende la camiseta de Bielorrusia, el país en el que nació.

En el baloncesto la norma es más restrictiva: solo puede haber un foráneo por país. La idea es evitar que los estadounidenses colonicen equipos como los chandaleros hacen con los centros comerciales cualquier fin de semana. En España, cada verano se plantea el debate entre Serge Ibaka, nacido en la República Democrática del Congo, y Nicola Mirotic, en Montenegro. Hasta ahora, la FIBA se mantiene firme. «Si tú abres las puertas y lo permites, se harán equipos con dinero. Vas al Congo, Senegal, China, EEUU o a otro lugar y compras al jugador. Creas un gran equipo, pero no estás haciendo el trabajo normal, desde la base, para hacer una selección más competitiva, con mejores jugadores», decía en 2013 el entonces presidente Yvan Mainini. De ahí que desde la Federación española siempre se ha argumentado que Mirotic se ha formado aquí. Llegó al Real Madrid con 14 años y, de hecho, ha sido internacional sub-20. De momento, no cuela.

GUINEA ECUATORIAL - ESPAÑAVolviendo al fútbol, la normativa de la FIFA es a priori lógica y, sobre todo, evita lo que ocurre con el balonmano. El «yo solamente soy qatarí hasta que dure mi contrato», que dice el bueno de Saric. Aunque si lo miramos desde otro ángulo David Silva podría haber jugado con Japón, Karim Benzema con Argelia, Mesut Özil con Turquía, Sami Khedira con Túnez y Mario Gómez, Mathieu Valbuena, Philippe Senderos o Kevin Mirallas con España por ser el país en el que se criaron sus antepasados. ¿Es justo si ellos nunca han pisado estos territorios? Pues sinceramente el listón de pureza que cada uno lo ponga donde quiera. Si miramos a la actual Copa de África, 17 de los 23 convocados por Guinea Ecuatorial no nacieron en un país que tiene 757.000 habitantes y que ahora, gracias a ellos, mira a los ojos a las mejores selecciones del continente. 16 de esos 17 vieron la luz en lugares tan guineanos como Figueres, Málaga, Torrevieja o Santander; el 17º es Viera Ellong Douala, de origen camerunés.

Bosnios de Croacia y croatas de Bosnia

Si nos vamos al último Mundial, el asunto se enreda más que las telenovelas (preferiblemente latinas). 85 de los 736 futbolistas que viajaron a Brasil lo hicieron con una selección en la que no habían nacido. 18 de los 23 futbolistas que representaron a Argelia nacieron en Francia. Hubo bosnios nacidos en Croacia (Spahic y Mujdza) y croatas nacidos en Bosnia (Corluka, Lovren y Jelavic). Todas las selecciones, salvo seis (Brasil, Colombia, Corea del Sur, Ecuador, Honduras y Rusia), tenían su «extranjero». Y se puede pensar que la mayoría de estos eran brasileños o argentinos. Pues no. Fueron franceses y alemanes. 26 en el primer caso, 13 en el segundo. Aparte de los 18 «franceses» en Argelia, hubo tres en Costa de Marfil (Akpa-Akpro, Sio y Bamba), dos en Camerún (Assou-Ekotto e Itandje), dos en Ghana (André y Jordan Ayew) y uno en Argentina (Higuaín). En el caso alemán se dividieron entre EEUU (Brooks, Jones, Chandler y Johnson), Bosnia (Kolasinac, Besic y Misimovic), Camerún (Choupo-Moting, Matip y Nyom), Ghana (Kevin-Prince Boateng), Grecia (Holebas) e Irán (Davari).

Como vemos, en el fondo la normativa FIFA es muy flexible. Hace unos años, Futbolypasionespoliticas.com publicó un curioso serial: «Hermanos enfrentados en selecciones diferentes». Ahí están los Boateng, Kevin-Prince y Jerome; o los Alcántara, Thiago y Rafinha, que conoce todo el mundo. Pero también los Pogba, Paul (Francia) y los gemelos Florentin y Mathias (Guinea Conakry); los Drenthe, Royston (sí, aquel fichaje «estrella» del Madrid, mejor futbolista de una Eurocopa sub-21 con Holanda que ahora juega en el Kayseri Erciyesspor turco) y Giovani (Surinam); los Mandanda, Parfait (R. D. Congo) y Steve (Francia), que nacieron justo en el país al que ahora representa su hermano; o los De Guzmán, Julian (Canadá) y Jonathan (Holanda), de padre filipino y madre jamaicana pero nacidos en Canadá.

christiansen-futboldiarioPara aclarar más el tema (o terminar de liarlo), hay que insistir en un pequeño matiz: «no haber debutado en partido OFICIAL con la selección ABSOLUTA». Así se explica que Diego Costa jugase dos amistosos (Italia y Rusia) con Brasil y después disputase el Mundial de Brasil con España. O como Jeffren, Julio Álvarez o Amorebieta, que incluso fue convocado por Del Bosque aunque no debutó, hayan defendido a España en las categorías inferiores y luego fueran internacionales con Venezuela. O como Alex Zahavi (no les suena porque desde el verano de 2013 no tiene equipo, según Transfermarkt), nacido en EEUU, de padre israelí y madre portuguesa, que aprovechó al máximo sus posibilidades: jugó con Portugal sub-17, sub-18 y sub-19, con EEUU sub-20 y con Israel sub-21. Y está el caso contrario. En 1993 Javier Clemente le dio un par de partidos con la absoluta a Thomas Christiansen, del Barça B, y el chico aún ni había debutado en Primera División. Jugó con España y ya nunca lo pudo hacer con Dinamarca, el país en el que nació. Lo mismo ha pasado recientemente con Bojan Krkic o Munir El Haddadi, que aunque nacieron en España podían haber elegido Serbia y Marruecos, respectivamente.

Pero después de analizar mil y un casos, resulta que aún quedan algunos que no hay quien los defienda. Porque la FIFA ha interpretado la norma de una manera arbitraria o política. Solo así se puede entender que Thiago Motta recibiera un permiso especial para ser internacional con Italia después de haber jugado con Brasil la Copa de Oro de la Concacaf de 2003, mientras que a Rubens Sambueza se le impidiera representar a México al disputar con Argentina el Mundial sub-20 de 2001.

Los seleccionadores no tienen debate

En el caso de las seleccionadores, la polémica (piensen en Diego Costa y la que se montó con su nacionalización) no es tal. 15 de los 32 entrenadores mundialistas eran foráneos. De los 32 había cinco alemanes (Joachim Low, Niko Kovas, Volker Finke, Jurgen Klinsmann y Ottmar Hitzfeld), tres colombianos (Reynaldo Rueda, Luis Fernando Suárez y Jorge Luis Pinto), tres italianos (Cesare Prandelli, Fabio Capello y Alberto Zaccheroni), tres argentinos (Alejandro Sabella, Jorge Sampaoli y José Néstor Pekerman) y tres portugueses (Paulo Bento, Carlos Queiroz y Fernando Santos). Si se mira a la Copa de África, solo tres entrenadores dirigen a su país: Florent Ibengé a la República Democrática del Congo, Ephraim Mashaba a Sudáfrica y Honour Janza a Zambia. En cambio, hay cinco franceses: Christian Gourcuff en Argelia, Claude Le Roy en Congo, Hervé Renard en Costa de Marfil, Michel Dussuyer en Guinea Conakry y Alain Giresse en Senegal.

¿Qué pasaría si en España el seleccionador fuese extranjero? ¿Se montaría el mismo jaleo que con Diego Costa? Bueno pues ya pasó: lo fueron Ladislao Kubala y José Emilio Santamaría, que también vistieron la nacional.

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