Diario de los Mundiales, 4 de julio: El milagro de Berna es el milagro alemán

Diario de los Mundiales, 4 de julio: El milagro de Berna es el milagro alemán

Publicado por el Jul 4, 2014

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Cuenta el chiste que había un señor que siempre que se subía a un avión lo hacía con dos bombas. Cuando le preguntaron el porqué adujo que era por probabilidad: si ya resultaba muy difícil que hubiera una bomba en un avión, sería imposible juntar dos. En la historia de los mundiales, la primera bomba había estallado en 1950, en Maracaná, cuando Uruguay había roto el corazón de millones de brasileños que daban como segura la victoria de su país en el Mundial.

Cuatro años después, cayó la segunda. Fue durante la lluviosa tarde del 4 de julio de 1954 en el Wankdorfstadion de Berna, Suiza. Entonces, el triunfo de Hungría sobre la República Federal de Alemania en la final del Mundial parecía un trámite. No sé si más o menos que el de Brasil en el anterior torneo, lo que sí es seguro es que aquellos «mágicos magyares» eran mejor equipo. Probablemente, el mejor hasta ese momento. Llevaban sin perder más de cuatro años y treinta partidos, habían ganado con suficiencia la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Helsinki 1952 y, un año después, avergonzado a Inglaterra en el mítico Wembley. 3-6 fue el resultado del llamado con toda la propiedad del mundo «partido del siglo».

La final del Mundial de Suiza la alcanzaron con la misma superioridad o más. Vencieron 9-0 a Corea del Sur y 8-3 a su ahora rival Alemania occidental en la fase de grupos. Luego sendos 4-2 a Brasil y Uruguay, en cuartos y semis. De hecho, los «mágicos magyares» conservan todavía el récord de goles en un Mundial con 27 en solo cinco partidos. Mientras los alemanes habían llegado al campeonato de puntillas, intentando hacer el menor ruido posible. Al de 1950 le habían prohibido ir por el reciente recuerdo de Hitler, los nazis y la II Guerra Mundial. En el Mundial de Suiza ni siquiera era uno de los ocho cabezas de serie en el sorteo y eso hizo que tuviera que ganar dos veces a Turquía (4-1 y 7-2) para pasar a cuartos. Luego 2-0 a Yugoslavia y 6-1 a Austria y a la final. La primera que jugaba Alemania en su historia.

En ella, Sepp Herberger puso a jugar a Toni Turek en portería; Kohlmeyer, Posipal y Liebrich en defensa; Mai y Fritz Walter en la media; Eckel, Rahn, Morlock, Ottmar Walter y Schaefer arriba. Mientras Gusztav Sebes salía con Grosics bajo palos; Buzanszky, Lantos y Lorant atrás; Bozsik y Zakarias en la media; Kocsis, Hidegkuti, Puskas, Czibor y Mihaly Toth arriba. A los ocho minutos, la temible Hungría ya ganaba 2-0, gracias a los tantos de Puskas, a placer tras un rebote, y de Czibor, tras un malentendido clamoroso entre Kohlmeyer y Turek. Pero Alemania hizo un gol muy rápido en un disparo de Rahn desde la izquierda que desvió Zakarias y aprovechó Morlock. Poco después, en el 18’, Fritz Walter sacó un córner, Grosics falló en el despeje y Rahn empató en el segundo palo.

Antes del descanso, Hidegkuti, el primer falso nueve de la historia, por mucho que los méritos se los haya llevado Guardiola, estrelló dos balones en los postes. Tras el intermedio, el asedio no paró. Kohlmeyer sacó bajo palos un remate de Toth y Kocsis topó otra vez con el larguero. Realmente era milagroso que Hungría no hubiera sentenciado el partido. Pero lo que es el fútbol. Alemania aguantó hasta la extenuación y en el 84’ Helmut Rahn pasó a la historia. En un rechace, la pelota le cayó al 12 teutón en el perfil derecho de la frontal y este, en vez de tirar, recortó hacia dentro para ya en el área ponerla con la zurda en el palo largo de Grosics. Pese al mazazo que aquel 2-3 le supuso, Hungría se levantó y en la jugada siguiente marcó Puskas, aunque William Ling lo anuló por fuera de juego. Después, un último paradón de Toni Turek a bocajarro y el Mundial era de Alemania.

«El milagro de Berna» se llamó. El partido fue tan épico que casi 50 años más tarde se estrenó una película de igual título. Su director, Sönke Wortmann, explicó que «hay en la posguerra alemana dos acontecimientos que los contemporáneos recuerdan con precisión dónde estaban cuando ocurrieron: la caída del muro de Berlín y el sorprendente triunfo  del campeonato mundial el 4 de julio de 1954». Porque aquello iba más allá del fútbol. Era «una especie de euforia colectiva, una contraimagen renovadora frente al pasado del nazismo». Un pasado que había sido muy oscuro para algunos como, por ejemplo, el capitán Fritz Walter. Durante la guerra estuvo en un campo de concentración y si de allí salió con vida fue gracias a la ayuda de ciudadanos húngaros, precisamente, que convencieron a los soviéticos de que Walter era austríaco y no alemán. Obviamente era mentira, pero sirvió. Durante su estancia en el infierno, Fritz contrajo la malaria, de ahí que no soportara el calor. Por eso, cuando llovía, y aquel 4 de julio en Berna llovió, se decía que hacía «un tiempo Fritz Walter». A Rahn, en cambio, ser el héroe de la final no le evitó que después se convirtiera en un alcohólico irreconducible.

En aquella final, los alemanes utilizaron una botas hechas a medida por Adi Dassler, el fundador de Adidas. Por primera vez contaban con tacos ajustables y se dice que gracias a ellas ganaron el partido. Una visión que se desmonta tan solo viendo un resumen de él. Si Hungría no ganó fue porque no le acompañó la suerte (tres balones a los postes). Si Alemania sí ganó fue porque la historia le debía una y la pagó mediante el fútbol.

 

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