Diario de los Mundiales, 30 de junio: Ronaldo resucita para hacer a Brasil pentacampeona del mundo

Diario de los Mundiales, 30 de junio: Ronaldo resucita para hacer a Brasil pentacampeona del mundo

Publicado por el jun 30, 2014

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Si la resurrección existe, lo más parecido a ella que ha ocurrido en el fútbol lo hizo Ronaldo Luís Nazário de Lima en el Mundial de 2002 celebrado en Japón y Corea del Sur. Es probable que en la historia de la Copa del Mundo haya habido actuaciones individuales más brillantes. Es seguro que nadie ha pasado de la nada al todo en siete partidos. Solo Ronaldo, «el Gordito», «el Fenómeno» lo ha hecho. En el verano de aquel año llegó a Asia rodeado de agnósticos. Muchos eran los que creían que no volvería a ser el de antes. La duda era razonable: se había roto dos veces el tendón rotuliano en un año y apenas había jugado en los últimos tres. Eso incluía, claro, a la «canarinha», a donde no acudió entre 1999 y 2002.

Pero Luiz Felipe Scolari, el mismo que ahora intenta que Brasil dé una buena imagen en su Mundial, creyó en él. Ronaldo ya había ido a dos Mundiales y había ganado uno, el de Estados Unidos 1994, aunque no jugó un minuto. Tenía 17 años. Cuatro años más tarde, en 1998, hizo un buen torneo en Francia y llevó a Brasil a la final, donde cayó con estrépito, 3-0, con el anfitrión. Todavía no está muy claro lo que le pasó al «Fenómeno» la noche antes de aquel partido. El caso fue que no rindió como venía haciendo, aunque esa es otra historia.

Pero en Corea y Japón se salió. De principio a fin. Marcó en todos los partidos, salvo en los cuartos de final ante Inglaterra (venció Brasil 1-2). En total, ochos goles en siete partidos. No era el Ronaldo de aquella noche de San Lázaro; me la dan en el medio campo y me voy de medio equipo por pura potencia. Sí un jugador tremendamente efectivo. El «9» tipo de toda la vida. De hecho, la mayoría de sus goles en el Mundial 2002 (seis de ocho) fueron a un toque.

Brasil ganó todos los partidos y tuvo un camino más o menos plácido hasta la final. Era la tercera seguida que jugaba, algo que nadie ha vuelto a repetir en los mundiales. El 30 de junio de 2002, en el Estadio Internacional de Yokohama, Scolari puso a Marcos; Lucio, Edmilson, Roque Junior; Cafú, Gilberto Silva, Kléberson, Roberto Carlos; Ronaldinho; Rivaldo y Ronaldo.

El rival era Alemania, que aquel día tenía la posibilidad de empatar a Brasil como el país con más mundiales. La «Mannschaft» había hecho un torneo no brillante, pero sumamente eficaz. Fiabilidad alemana que dice el anuncio. Desde octavos se había plantado en la final ganando los cruces 1-0. Su estrella era Michael Ballack, su muro Oliver Kahn. El primero había metido dos goles claves en cuartos y semis, pero en este último partido, ante Corea del Sur, vio una amarilla que le imposibilitaba jugar la final. Mientras, Kahn solo había recibido un gol en el torneo. Ese 30 de junio, Rudi Völler sacó a Kahn; Linke, Ramelow, Metzelder; Frings, Hamann, Jeremies, Bode; Schneider; Oliver Neuville y Klose.

Al contrario de lo que pudiera parecer, al no tener Alemania a su mejor futbolista, la final fue igualada. Aunque en la primera parte, las mejores ocasiones las firmaron los brasileños: un genial pase de Ronaldinho dejó a Ronaldo solo; Kléberson estrelló una pelota en el larguero, y en el descuento otra vez «el Fenómeno» remató en el área sin oposición. En el inicio del segundo tiempo, Alemania salió como un tiro: Marcos hizo un paradón a Jeremies que remató de cabeza a bocajarro, y poco después Oliver Neuville sorprendió con un tiro de falta lejanísimo que se estrelló en el palo.

Brasil aguantó el chaparrón a la espera de que el talento decidiera. Y así fue, pero de una manera sorprendente. Mediada la segunda parte, Hamann se entretuvo en las inmediaciones de su área y Ronaldo le robó el balón. «El Fenómeno» se la entregó a Rivaldo y este disparó desde la frontal. El chut salió centrado, sin mucha velocidad para Khan, quien inexplicablemente no atajó la pelota y la dejó muerta para que Ronaldo hiciera el 1-0 a placer. El muro había caído. Diez minutos más tarde, llegaría el 2-0 en una jugada rápida. Puro «jogo bonito». La inició Cafú, la corrió Kléberson por la derecha, Rivaldo hizo un estratosférico amago dejándola pasar entre sus piernas y Ronaldo, de nuevo el mejor delantero (y futbolista) del mundo, la colocó junto a la cepa del poste. Brasil era pentacampeona del mundo.

Dos meses después de aquello, el 31 de agosto, último día de fichajes, el Inter cedía y vendía a Ronaldo al Real Madrid. Florentino Pérez tenía a su tercer galáctico.

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