Diario de los Mundiales, 19 de junio: En el partido del vencer o morir, los italianos salvaron la vida

Publicado por el Jun 19, 2014

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La víspera del 19 de junio de 1938, la selección italiana de fútbol recibió un telegrama: «Vencer o morir». Procedía del dictador que mandaba en su país, Benito Mussolini. El mensaje era claro: Italia debía ganar la final del Mundial a Hungría o habría consecuencias. Represalias, más bien. Era el tercer campeonato de la historia, Italia había ganado el segundo en casa y ahora, en Francia, vecino y enemigo, solo valía el doblete. Era eso o muerte.

Muchas veces el fútbol explica el contexto de la época. En 1938, el mundo se preparaba para la segunda gran guerra. Una más cruenta que la anterior, con decenas y decenas de millones de muertos. El fascismo de Mussolini, entre otros regímenes totalitarios, había llevado a tal desastre. Y el fútbol, como espectáculo de masas que empezaba a ser, era utilizado de propaganda. Para el dictador, el fútbol debía trasladar al resto de países el poderío de Italia. Por eso, todo lo que no fuera ganar era un signo de debilidad que no se podía permitir.

Italia había ganado el Mundial de 1934 y los Juegos Olímpicos de 1936. En ambas competiciones, como en 1938, el entrenador era Vittorio Pozzo, quien se había estrenado en el banquillo en los Juegos de 1912. Conocido como «Don Vitto» o «El Viejo Maestro», Pozzo se había formado en Inglaterra y de esa influencia utilizaba una técnica llamada «El Método». Era algo así como un 2-3-2-3, en la que el medio defensivo se metía entre los centrales cuando el rival atacaba y se sumaba al medio al recuperar su equipo la pelota. La fuente es el libro de Jonathan Wilson sobre tácticas en la historia del fútbol.

Respecto al anterior Mundial, solo se mantenían dos piezas: los interiores Giovanni Ferrari y Guiseppe Meazza, capitán y gran ídolo. El resto del equipo era Olivieri en portería; Foni y Rava atrás, Locatelli, Serantoni y Andreolo de medios, con este último haciendo de comodín según donde estuviera el juego; los mencionados Ferrari y Meazza por delante; y arriba Biavati, Colaussi y Piola. Italia había llegado a la final tras derrotar a Noruega en octavos (2-1, gol de Piola en la prórroga), a Francia en cuartos (3-1, doblete de Piola y otro de Colaussi) y a Brasil en semis (1-2, Colaussi y Meazza, este de penalti). En ese partido hubo dos anécdotas. La primera es que el seleccionador brasileño, Ademar Pimenta, se tomó la licencia de «reservar para la final» a Leónidas, la gran estrella y a la postre pichichi del torneo con siete goles en cuatro partidos, y está claro que lo pagó. La segunda es que a Meazza se le cayeron los pantalones en el penalti que hacía el 0-2. La hemeroteca no aclara si antes o después de golpear el balón.

Mientras Hungría había ganado 6-0 a las Indias Orientales en octavos, 2-0 a Suiza en cuartos y 5-1 a Suecia en semis. Ante Italia sale a jugar con Szabo, Biro, Polgar, Lazar, Szalay, Szucs, Sarosi, Sas, Titkos, Vincze y Zsengeller. Sus dos mejores futbolistas, el capitán Sarosi y Zsengeller, se hincharon a meter goles. Once entre los dos. El caso es que a las cinco en punto de la tarde, en el estadio Colombes de París y tras el saludo del presidente de la República francesa, Albert Lebrun, a todos los jugadores, comenzó el partido.

La crónica de Enzo Arnaldi en el diario «La Stampa», que recoge ESPN Deportes, cuenta que la primera parte fue un baño italiano. «Sería largo y difícil enumerar y describir todas las ofensivas italianas que solo por muy poco no llevan al gol». El marcador al descanso era 3-1 a favor de Italia. Había marcado Colaussi en el 6’, empataría al instante Titkos, y luego Piola y Colaussi parecían sentenciar. De hecho, se puede leer: «no hay nadie, entre el público y los periodistas, que pueda dudar del resultado. Los ‘azzurri’ ya son campeones del mundo…».

Pero quedaba una parte y les iba a tocar sufrir. Sarosi hizo el 3-2 en el 70’ y «toda la seguridad de la victoria que existía en el entretiempo ha mutado ahora en ansiedad». Por fortuna para Italia, no llegó el agua al río: en el 82’, Piola hizo el 4-2 definitivo. Italia refrendaba ser el mejor equipo del mundo. Ya podía presumir el «Duce», mientras los futbolistas italianos se quitaban un peso de encima. Hasta los húngaros parecieron convenir que aquel Mundial le tenía que ganar Italia. Tiempo después, Antal Szabo, el portero magiar declararía: «Nunca en mi vida me sentí tan feliz por haber perdido. Con los cuatro goles que me hicieron, salvé la vida a once seres humanos». Entonces el fútbol sí era una cuestión de vida o muerte.

 

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