Selfies en el Prado

Selfies en el Prado

Publicado por el 21/10/2018

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Para cualquiera que haya viajado por Europa y tenga interés en su tesoro cultural, hay una escena que tiende a repetirse. Llegado al museo de referencia, las colas se extienden a lo largo de manzanas, y uno –aunque optimista por la apreciación del patrimonio– tiende a diluirse. El público expectante no tiene barreras de edad, sexo o nacionalidad: es una gran masa ansiosa de zambullirse en la genialidad de unos artistas que, hasta hace no tanto, estaban reservados a la observación de unas pequeñas élites.

 

Tras el tedio, se entra en el museo. Los turistas vagan distraídos, más rápido que lento, por las salas intermedias. Auténticas proezas pictóricas pasan desapercibidas. No interesan: no figuran en el subconsciente colectivo. De repente se llega al cuadro icónico. El Beso de Klimt, en el Belvedere de Viena. La Mona Lisa en el Louvre. Seiscientos móviles en alza, apuntando al arte. Da igual la palidez del calcetín, el turista ha venido a por su selfie y no piensa perdonarlo. Conseguido el objetivo, se evapora y transita por el resto de salas intermedias como un fantasma incómodo.

 

En el Museo del Prado está prohibido el selfie. Si sacas el móvil a paseo, uno de los empleados te regañará con un internacional no pictures please. No se trata de nadar a contracorriente ni hacer de viejo manriqueño. Tiene un componente educativo: enseñar al visitante que, para merecer algo tan grande, necesita poner un poco de su parte. Como los músicos de orquesta que graban con chaqué, a pesar de estar en un estudio sin público ninguno. Creen en la dignidad y en el valor del arte. Otro motivo más para idolatrar al mejor museo del mundo, un auténtico pedazo de cielo al que, por el motivo que sea, se accede desde una calle de Madrid.

 

Yo voy en días raros, cuando puedo. En la sala de Las Meninas me quedo mirando a Olivares, o al niño cazador. Me paro solito ante Tiziano. De repente tengo el Romanticismo entero para mí, cosas así de locas. Los coreanos pasan rápido con la mano nerviosa, y los adolescentes se fijan más en los lienzos de los copistas que en el propio original. Es un museo especial. De verdad lo pienso.

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Escribo por necesidad, sobre cultura y sobre la vida. Lo demás es secundario y no me importa mucho.Más sobre «Sonajero»

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