Niño frívolo en Madrid

Niño frívolo en Madrid

Publicado por el 05/10/2018

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Sentado. Pensando que, a diferencia de lo que propone el marxismo, el trabajo no es la máxima realización de la persona, ni siquiera una lucha contra los elementos –a la naturaleza la tenemos de rodillas y tiritando desde hace bastante tiempo–. Es simplemente una mierda. Yo todavía no cobro, así que finjo intensidad: me reflejo en mis dilemas morales como un niño gordo en su iPad. Con un pie en lo correcto y otro en lo frívolo, hago con las piernas una V vulnerable. Salgo a despejarme. Llego a la glorieta de Bilbao y me cruzo con una chica guapa.

 

Santi Isla. Obsesionado con la belleza, terriblemente obsesionado con la belleza femenina, cambio continuamente el rumbo de mis paseos si me cruzo una chica guapa, hago recorridos absurdos simplemente por oír cómo hablan, me turba su belleza, me cuesta enormemente disociar la belleza y la personalidad, y hablar con una mujer muy guapa me hace parecer un niño de seis años. Glorioso en el mano a mano, tremendamente tímido en las grandes reuniones.

 

Si una mujer es guapa y, pongamos, trabaja en una galería de arte y conoce Italia o París, bueno, esa mujer es Afrodita. No cobra mucho pero le da igual: viendo el perfil, está claro que es de buena familia. El nudo del pañuelo no se aprende en la escuela. Los apellidos compuestos y la caza son cosas de las que hago chanza, pero qué hay de malo en ello; de todas formas, siempre he sido más de gauche divine, aunque en Madrid se tienda al pijerío rancio. ¡Ay, el vino, el tabaco, el pelo siempre limpio, ese pelo exacto y biempensante! Poco se habla de lo bien que les huele el pelo a esas chicas.

 

Las uñas, las droguitas si son muy liberales, las vacaciones familiares arraigadas (con qué aplomo pronuncian estas chicas Sotogrande, o Costa de los Pinos, o Comillas). El rostro inmaculado, la vida social intensa, el repentino placer cuando se visten atrevidas o descubren su pecho, hasta en eso hay un candor y una elegancia que traspasa la piel, que hace de vestido.

 

¡Qué nostalgia hoy, de las cosas no vividas! Por ahora el muñeco se ha puesto verde, y la chica cruza la calle. Ya se fue.

 

El amor, la verdad, los cepillos de dientes.

 

Vuelvo a casa pateando piedrecillas.

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Escribo por necesidad, sobre cultura y sobre la vida. Lo demás es secundario y no me importa mucho.Más sobre «Sonajero»

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