Redimiendo al artista adolescente

Redimiendo al artista adolescente

Publicado por el 02/11/2017

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Después de varias columnas grises, o sea de actualidad, vuelvo al terreno de lo inútil, donde me siento mucho más cómodo. Dejo de momento la España quijotesca –España es don Quijote, llena de caballeros andantes que confunden la realidad con la ficción, ya sea en la Mancha o en Soto del Real– por puro agotamiento. Pienso en mí y en Joyce, dos de las personas a las que más quiero.

 

Durante mucho tiempo me fijé en su Stephen Dedalus para justificar mis decepciones. En cada artista adolescente, en cada joven airoso y creativo existe la secreta aspiración de que, de alguna forma, será su obra la que le redima de su propia vida; que su inmadurez y su aparente incoherencia se irán desvaneciendo bajo el peso de un artefacto genial e incorruptible. Nada más lejos de la realidad: la vida, por muy desviada que se tenga la mirilla, no transcurre en el arte. Al final, el contacto directo –el único verdaderamente palpable– entre el resto del mundo y nosotros no transcurre bajo el manto transparente de la ficción.

 

El consuelo para todo es proyectar el fracaso hacia el futuro: cada cambio de circunstancias es una excusa para un porvenir mejor, aunque sea el hijo tonto del optimismo y la inconsciencia. Qué triste, ¿verdad? Pensar que, por arte de magia, un chispazo de genialidad borrará tantísimo tiempo de mediocre. Después vuelta a empezar, diría Salinas, lo quieres hoy, lo deseas; mañana lo olvidarás por una querencia nueva.

 

Qué bello sería enterrar todo el desastre de la vida en un minuto de gloria; un estribillo genial, un verso de saeta, certero en la diana y todavía tembloroso. Llegar, como Stephen Dedalus, a la conclusión de que la vida se resume en la belleza, y abrazar por fin nuestra condición de artistas últimos y totales, sin más pliegues en la personalidad que el destello creador.

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Escribo por necesidad, sobre cultura y sobre la vida. Lo demás es secundario y no me importa mucho.Más sobre «Sonajero»

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