En defensa de la intimidad

En defensa de la intimidad

Publicado por el 08/08/2017

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Hasta el hombre más anodino es, en su intimidad, un nido de serpientes. Si se van erosionando poco a poco las capas de civilización –las que permiten que convivamos con mayor o menor fortuna, dentro de las fronteras del respeto– se descubre un hueso duro, oculto al resto de la población, que es donde pasean nuestras sombras. Hurgarse la nariz, desear a la vecina, odiar a los gatitos o al Banco de España: son actos y sentimientos enconados que uno guarda para sí, y que no quiere compartir con nadie.

 

Desde que decidimos, de forma tácita y con total algarabía, desnudar nuestra vida privada en las redes sociales, los márgenes de la realidad se han estrechado un rato. En 2017, la intimidad vive su particular destape. Las cámaras de los móviles, cada vez más megatrónicas, son un arma letal en manos de pesados. Es imposible emborracharse y hacer el capullo con total impunidad. Siempre existe el miedo de que algún inoportuno inmortalice nuestra feliz indiscreción, para escándalo de la censura luterana millennial.

 

Preservar la intimidad también es necesario para preservar las apariencias. Está claro que no somos lobitos hobbesianos, pero cada cual tiene su cuota de ponzoña y mala baba. Descargarla en casa o con los amigos es un acto de civismo que yo aplaudo con emoción: en otras épocas se habría ahorcado al gatito o asaltado el puto banco.

 

Lo más grotesco sucede cuando se roba la intimidad. Entre el involuntario topless de Pataky en Interviú y los contratos de clubes y futbolistas solo media un tecnicismo: ahora el hurto se apellida leaks. En medio del revuelo aparece una masa virtual enfurecida –que nadie sabe quién es ni lo que representa, pero que siempre tiene la razón– que descarga toda su bilis por el conducto del smartphone. Por supuesto olvidan que su intimidad es igual de repulsiva que la del resto.

 

Por eso yo pido que se relaje todo un poco. Que se pueda hablar y pensar libremente. Que se respete al españolito medio que, en el fin de semana, se desinhibe un rato. Que, cuando veamos a alguien con el culo al aire, le tendamos la mano y no una trampa. Que resucite Nokia y nos devuelva la inocencia.

 

 

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Escribo por necesidad, sobre cultura y sobre la vida. Lo demás es secundario y no me importa mucho.Más sobre «Sonajero»

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