Messi, Cristiano y Fidel

Messi, Cristiano y Fidel

Publicado por el 15/05/2017

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Hace un año por estas fechas estaba en Cuba con mis compañeros de la universidad poniéndome hasta arriba de mojitos, habanos y bares en los que todo el mundo aseguraba que “venía a beber y a escribir el maestro Hemingway”. Nosotros, estudiantes pálidos y airados, llegamos a la isla a celebrar que por fin terminábamos la carrera. Por delante solo había futuro, periodo de tiempo en el que, según Ambrose Bierce, nos van bien las cosas, nuestros amigos son sinceros y la felicidad está asegurada. De pura euforia hubo quien compró gorrillas de comandante en un puesto de souvenirs.

 

Para quien no haya estado en La Habana, es una ciudad tan fascinante que parece mentira. Invade una mezcla de euforia y tristeza muy particular, quizás por lo bella que puede resultar la decadencia –especialmente cuando uno no la sufre, solo la visita–. Recuerdo detalles surrealistas: pocos meses antes de nuestro aterrizaje había llegado el wifi a la isla, y había que decirlo así, en singular, porque solo existía una red y estaba controlada por el gobierno. El cruce de estéticas era igual de sorprendente, y en un mismo plano se juntaban descapotables de Grease, edificios soviéticos con aires de Estrella de la Muerte, doscientas palmeras y dos cubanos discutiendo si Messi merecía el Balón de Oro.

 

Fue este hecho, con el tiempo, el que más me impresionó. Absolutamente todos los habitantes de La Habana tenían muy claro si eran del Madrid o del Barça, y consecuentemente odiaban al club rival. Lo que es el fútbol. La final de Champions la vimos en Varadero con un grupo de cubanos que pedían guillotina cada vez que alguien despeinaba a Cris. Yo, madridista no practicante, me sentía tibio y pipero al lado de semejantes hooligans caribeños. Como cualquier recién llegado, querían ser más papistas que el Papa. Un país en el que un sueño romántico resulta ser una pesadilla y todos pendientes de una tanda de penaltis.

 

A Lázaro, nuestro guía improvisado, le sugerí como anécdota de entendidillo que Cristiano era gay, y fue como si le hubiera matado un hijo. No caí yo en que ciertos elementos de la globalización son más difíciles de exportar que otros. A pesar de todo, confío en que en un año pueden cambiar mucho las cosas. Por aquel entonces todavía vivía Fidel y taburete era una silla de tres patas. Si le cuento a Lázaro la que se monta en el Orgullo ya se habría hecho del Spartak de Moscú.

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Escribo por necesidad, sobre cultura y sobre la vida. Lo demás es secundario y no me importa mucho.Más sobre «Sonajero»

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