El llanto de la excavadora

El llanto de la excavadora

Publicado por el 08/09/2018

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Un museo se quema en Río de Janeiro y se esfuman entre llamas dos siglos arte, estudios y hallazgos arqueológicos. Veinte millones de objetos y publicaciones, una cifra difícil de comprender. “Importa el amar, el conocer. No el haber amado, no el haber conocido”, decía Pier Paolo Pasolini en su poema «El llanto de la excavadora» (1956) y duele saber que los gobiernos brasileños abandonaron a su suerte su Museo Nacional durante décadas, como si el amor del presente por la cultura hubiera sido ya sobradamente justificado como pieza de museo.

De los restos del incendio apenas asoman hoy muros quebrados de un palacio y un escombro de carbón y teja que no pudo retener entre cenizas el alma de los tesoros irrecuperables. Los frescos de Pompeya y el pan de oro de las estancias, las calaveras fosilizadas o las momias egipcias se hicieron humo junto con las pavesas de millones de páginas que volaron de sus libros nada más alcanzar el farenheit 451, que el incendio superó con creces, y desde entonces andarán en el viento y en las nubes, sobre una selva oscura, esperando que la lluvia los derrame, amazónica.

No resulta fácil explicar el valor de lo intangible. ¿Infinito? ¿Incalculable?

Más cerca de nosotros, en la Real Academia de Bellas artes, una excavadora con martillo neumático de gran potencia agrietó una estatua hace una semana y las vibraciones hicieron peligrar la integridad de tablas de Goya, Arcimboldo o Rubens. No es comparable el daño con el de Brasil, pero descubrir que una gran obra urbana pasa por delante de un museo tan valioso sin atender a los intangibles deprime y preocupa. El caso se ha cerrado con bien, todas las administraciones han definido un área especial para actuar con más cuidado, con todo el cuidado, en el entorno de los intangibles, del museo. ¡Pues menos mal!

Cuando Pasolini hurgaba más allá de la ciega exaltación del futurismo en la luz con que el futuro nos hiere y nos espabila -una palabra también emparentada con el fuego-, ese poema de «El llanto de la excavadora», confrontó las máquinas del desarrollo urbano y la memoria en términos humanos, donde «llora cuanto tiene fin y recomienza».

Del Amazonas al Tíber. Al año siguiente, en 1957, Pasolini visitó el “cementerio no católico” en sus orillas, el lugar donde Roma enterró a Antonio Gramsci, el líder izquierdista. Pasolini escribe «Las cenizas de Gramsci». Allí vuelve a pensar poéticamente sobre la memoria: la cultural, la ideológica, la histórica, la nacional: «Como yo poseo la historia esta me posee: me ha iluminado/ ¿Pero para qué sirve la luz?»

Y no responde, es intangible.

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