Refree: «¿Miedo al flamenco? Los guitarristas de Pepe Marchena eran punkis»

Refree: «¿Miedo al flamenco? Los guitarristas de Pepe Marchena eran punkis»

Publicado por el abr 18, 2017

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Si a Raül Fernandez «Refree» (Barcelona, 1976) no se le hubiera ocurrido llamar al cantante y guitarrista de Corn Flakes para uno de los números de «Revés», el fanzine de hardcore que realizaba con apenas 17 años, es probable que jamás hubiera publicado algunos de los discos más celebrados últimamente en España, como el de Silvia Pérez Cruz o el de Rocío Márquez. Puede que tampoco Lee Ranaldo hubiera jugado con su hijo en casa mientras grababan «Acoustic Dust» ni volado después a Nueva York para trabajar en el mismísimo estudio de Sonic Youth. Lo mismo Pepe Habichuela tampoco le hubiera enseñado «algunas cosas de cómo tocar la guitarra flamenca» ni Kiko Veneno le hubiera transmitido su amor hacia cantaores como Pepe Marchena, Antonio Mairena, Paco Toronjo o El Mochuelo. «¡Me flipan!». Quizá tampoco hubiera realizado el espectáculo de «Guerra» junto a Albert Pla y Fermín Muguruza, por no hablar de los más de quince discos firmados en solitario o con otras bandas, hasta convertirse en uno de los músicos y productores más respetados de este país. Quién sabe…

Aquella entrevista a Abel González sobre su grupo, el mismo que grabó la primera referencia del sello BCore en 1990, fue el inicio de todo. «A veces lo pienso… si no la hubiera hecho ni entrado en Corn Flakes, lo mismo no me hubiera dedicado a la música. Me habría desanimado», comenta desde HanSo, en la calle Pez, cuyo café descubrió en su anterior visita a Madrid para tocar en el Teatro Lara con Rosalía, la jovencísima cantaora con la que acaba de publicar «Los Ángeles». Un trabajo del que todo el mundo habla y que va camino de convertirse en uno de los discos (flamencos o de lo que usted quiera) del año.

[A excepción de la de Rocío Márquez, todas las canciones de esta entrevista han sido seleccionadas por el propio Raül Fernandez de entre su discografía]

—¿Entonces entraste en Corn Flakes por aquella entrevista?

—Sí, justo después de que grabaran «Double Bed», en 1995. Y me hubiera encantado grabarlo, es un disco muy bueno. Ni siquiera lo habían presentado en directo todavía. La historia es bastante curiosa, porque durante la entrevista me dio por preguntarle a Abel si nunca habían pensado en meter a alguien más en el grupo. Me contestó que estaba cansado de ser un trío y yo le dije que tocaba la guitarra, pero pasó de mí bastante con un «vale, vale». Pensé que aquello había caído en saco roto, hasta que un mes después, Moncho, el batería, me llamó. Quería que me pasara por el local a probar con él solo. No habían pasado ni 15 minutos, cuando me preguntó: «¿Quieres entrar en el grupo?». Yo le contesté: «Bueno, pero tendrás preguntar al resto». «No, no, ya te digo yo que entras», aseguró [risas].

—Igual que tu carrera en solitario, Corn Flakes también tuvo una evolución sorprendente en solo cuatro o cinco años, pasando del hardcore de «No Problem» (1990) o «Childish» (1992) al pop de «Menage» (1996).

—Exacto. Abel, Moncho y Vads (bajo) fueron culpables de que yo me abriera mucho a otras músicas. Estaban en un momento en el que escuchaban cosas muy variadas, desde The Smiths a The Cure, pasando por The Fall. Y en la furgo siempre llevaban mil cintas que iban desde Almodóvar y McNamara a Bauhaus. Yo venía de escuchar hardcore y bandas como June of 44, Samiam, Slint, Codeine, Superchunk, Mega City Four, Jawbreaker o Don Caballero. Esas bandas me flipaban, pero cuando entré, me dijeron: «Vale, está muy bien, pero escucha esto también».

—En este blog compartes espacio con el guitarrista de Don Caballero, Ian Williams, que vino a Madrid con Battles en septiembre.

—¿El de Don Caballero es el de Battles? No tenía ni idea. El tema de «Ice Cream» me encanta. Me flipa el principio del vídeo, cuando empieza a subir la música [tararea entusiasmado] y, tras producirse un corte repentino, comienza un ritmo que es acojonante. ¡Brutal!

—¿Todo ese abanico de influencias explica la evolución de Corn Flakes?

—Claro. Con ellos aprendí un montón de música y, sobre todo, me convertí en un melómano para toda mi vida. Me pegaron eso de pasarme tardes enteras buscando vinilos como un loco en las cubetas de las tiendas discos.

 

—Mirado con perspectiva, ¿cuál crees que fue el disco que marcó el punto de inflexión en tu carrera?

—«Nones» (Acuarela, 2003), como Refree, fue uno de ellos, porque me di cuenta de que podía hacer un disco en solitario. Pero, sobre todo, cuando me llamaron para dirigir el concierto de The Rockdelux Experience en 2004, al verme escribiendo arreglos para cuerda y viento. Lo había aprendido de pequeño en el conservatorio, pero no lo había vuelto hacer. Soy consciente de que vivir de un proyecto en este país es muy jodido, sobre todo si es underground, pero ahí supe que podía ser un trabajador de la música, como el tío que construye muebles, pero yo canciones. Trabajar cada día en el estudio olvidándome de esa visión del artista como alguien iluminado propia del Romanticismo.

—Hablas como si no tuvieras talento.

—Sí lo tengo, creo, pero no es mi habilidad con los dedos o la armonía, sino una especie de sensibilidad para entender la música de una manera concreta y propia. Eso no quiere decir que le guste a todo el mundo.

—¿Cómo fue tu paso por el conservatorio?

—Empecé a estudiar música y piano con cinco años, pero los profesores nunca les dijeron a mis padres que fuera bueno, sino todo lo contrario: «No estudia, se aburre». Mi padre le decía a mi madre: «¿No ves que sufre? Que lo deje ya». Cuando con 14 años me apunté también a guitarra moderna en «L´Aula» de Barcelona, ya tenía claro que no quería seguir. En las escuelas solían decirte que pusieras el máximo número de acordes posibles en una canción, pero yo era muy lento aprendiendo y para mí el tercero ya era algo increíble. Me di cuenta de que necesitaba a alguien que siguiera mi ritmo, así que empecé a acudir a profesores cuando necesitaba aprender algo puntual, como armonía moderna, clásica, orquestación, clases de big band o arreglos para cuerda.

—En esos años siempre tendemos a rechazar la música de nuestros padres por el simple hecho de venir de ellos. A mí me pasaba con artistas que ahora incluso puedo admirar, como Camarón, Sabicas y hasta Carlos Cano. ¿Te ocurría a ti eso?

—Mi padre no era una persona especialmente aficionada a la música. Escuchaba cosas como Mocedades, Ana Belén, Víctor Manuel, la Orquestra Plateria y ya. Y en casa de mi madre, pues vivían separados, sonaba música clásica o cantautores como Raimon o Joan Baez. Pero si me preguntas cuáles fueron mis influencias de pequeño, creo que las canciones de iglesia. Fui monaguillo y toqué el piano en misa para que los feligreses cantaran. Eso me flipaba. El punto coral me parece muy emocionante.

—El sonido de los órganos de Iglesia es algo espectacular, a mí me pone los pelos de punta.

—Y tanto. El otro día me invitaron a tocar el de La Sagrada Familia por la noche.

—¿En serio?

—Sí. Fui con Paco (Niño de Elche), porque queremos hacer una canción con órgano en su nuevo disco. El codirector del Sónar, Ricard Robles, nos presentó al organista de La Sagrada Familia, que nos enseñó la iglesia a eso de las 12 de la noche. Una vez allí, sin saber si se podía, le pregunte: «¿Te importa que toque el órgano?». Y me dijo: «Claro que no». No había nadie. ¡Fue increíble! Un sentimiento de poder total.

—El Niño de Elche es precisamente uno de esos cantaores con los que has trabajado que ha recibido críticas de los puristas. Corn Flakes también recibió críticas de un sector de la escena hardcore que pensaba que os habíais vuelto comerciales. Os tildaban de vendidos. En Llodio (Álava), poco antes de que tú entraras a formar parte de la banda, Abel, Moncho y Vads fueron boicoteados por los propios organizadores de su concierto, tachándoles de «pijo-cores»…

—¡Sí, sí!

—Resulta que no todos los puristas están en el flamenco, también los hay hasta en el hardcore.

—Por supuesto. Somos un país bastante cerrado en general. Yo viví esas críticas en primera persona. Gente en la primera fila de los conciertos de Corn Flakes llamándonos «vendidos» o «pijos». Eran los primeros conciertos que yo hacía. Recuerdo pensar: «¿Pero esto qué es? Tendrías que estar disfrutando y, si no te gusta, te piras». Aquello era muy agobiante. No pasaba siempre, pero cuando aparecía algún gilipollas chillando, era como: «¡Tío, me estás dando el concierto!».

—Un músico tiene que hacer lo que le dé la gana, sin dar explicaciones a nadie…

—Sí, claro. Con el flamenco pasa igual. Y es increíble el peso que tienen. No me di cuenta de eso hasta que estaba grabando «El Niño» con Rocío Márquez. Ella me decía: «Uy, no sé si con esto me van a meter mucha caña». Tenía un momento de pensárselo mucho, aunque luego decidiera que todo se quedaba tal y como estaba.

 

—¿Rosalía lo tuvo todo claro con «Los Ángeles»?

—A nivel musical le dio un poco de miedo al principio, porque quería hacer un disco de flamenco puro. Después tocamos y confió en que lo construyéramos entre los dos. La imagen estética sí que la tuvo clara siempre, porque es la suya desde hace años. Yo no tuve nada que ver. Una imagen muy fuerte, cercana a lo urbano y al trap en el mundo del flamenco, que es algo que no se ha visto antes.

—¿Cómo la conociste?

—La escuché cantar en un concierto hace unos cinco años y me impactó, aunque no hice nada. Cuando en 2015 Albert Pla me propuso hacer el espectáculo de «Guerra», yo le hablé de La Mala Rodríguez para el otro personaje, pero no cuajó. Entonces pensé de golpe en Rosalía y le dije a un amigo común que me la presentara, pero en ese momento Albert ya había llamado a Fermín Muguruza. Así la conocí y empezamos a quedar, sin la más mínima intención de hacer un dúo ni nada, porque yo estaba con Silvia Pérez Cruz presentando «Granada». Nos caímos muy bien desde el principio y nos dimos cuenta de que en nuestras listas de Spotify había música muy parecida, desde Pepe Marchena a Kanye West o Kendrick Lamar. «¿En serio escuchas esto? Yo, también», nos sorprendíamos. Empezamos a quedar simplemente para escuchar música, nadie propuso nada. Tengo muy buen recuerdo de esos encuentros.

—¿Cuándo cogisteis los instrumentos?

—Lo primero que hicimos fue un proyecto de música electrónica. Un día me tocó un tema con el Rodhes [piano electrico] y le comenté: «Hostias, molaría que probáramos algo». Un tiempo después, un festival de Barcelona le propuso juntarse con otro músico para actuar y me lo dijo a mí. Montamos un espectáculo de música electrónica muy guay. Después decidió que quería grabar y yo, aunque no acostumbro a ofrecerme porque no le veo mucho sentido, también tenía la idea de hacer un disco de flamenco reinterpretado a mí manera, sobre todo después de que Pepe Habichuela me escuchara tocar y me animara: «Tendrías que hacer algo con esta manera de tocar flamenco que tienes», decía.

—¿Tan metido estás que conoces a Pepe Habichuela?

—He ido a su casa varias veces. De hecho, no sé si tiene el disco de Rosalía que, en parte, es culpa suya, porque él me enseñó varias cosas de cómo tocar flamenco. Después de que Silvia Pérez Cruz y yo incluyéramos en «Granada» temas como homenaje a Enrique Morente y a él, lo vi como un camino para explorar. Incluso lo hablé con Silvia, pero al final no hicimos nada. Cuando me puse a tocar con Rosalía en el estudio la cosa sí funcionó.

—¿Lo primero que tocasteis fue un tema flamenco?

—No, fue «I See A Darkness», de Bonnie «Prince» Billy, cuyo disco yo le había dejado cuando nos intercambiábamos música. Ella no había escuchado prácticamente nada de folk en su vida y me dijo que le había encantado. Aún tardamos un año en tocar flamenco.

 

—Pero tú ya habías reinterpretado el flamenco de alguna manera produciendo «El niño», en 2014, el disco con el que Rocío Márquez dio una vuelta de tuerca a su carrera…

—Es cierto y, de hecho, siempre digo que Pepe Habichuela, Kiko Veneno y ella han sido los grandes culpables de que yo haya entrado en el flamenco. Antes me daba un poco igual, la verdad. Ellos me enseñaron a figuras como Pepe Marchena, Antonio Mairena, Paco Toronjo, El Mochuelo, José Lelo, Diego Torres Amaya o Diego de Morón y no el flamenco que se escucha ahora por la radio, que no me llama la atención. Me decían: «Escucha esta malagueña de Enrique el Mellizo». Y yo, inmediatamente, pensé: «¡Cómo puede ser, si esta gente entiende la música como yo!». Es como si el virtuosismo hubiera llegado después. Escuchas a Diego del Gastor o los Habichuela y es rock and roll, otra cosa.

—Muchos discos de flamenco antiguos son más radicales que álbumes de rock o punk actuales…

—Claro y, de hecho, el disco de «Los Ángeles» con Rosalía parte de esa premisa. De pensar: «¿Por qué le tengo yo tanto miedo a esto? ¿Porque no soy tan virtuoso?». Pero si los guitarristas que acompañaban a Pepe Marchena eran unos punkis. O Diego el Gastor, que también tiene un punto sucio y de rock and roll. Eso fue lo que me impulsó a pensar en un disco como el de Rosalía. De hecho, el disco que estoy haciendo ahora con el Niño de Elche es una antología flamenca basada en estos «outsiders», no la típica antología ortodoxa.

—Tu primer disco fue «Menage», de Corn Flakes, para BCore, uno de los sellos independientes clásicos de España. ¿En aquellos momentos te interesaba algo el tema de la industria?

—No. Y me sigue dando igual. Tampoco me interesa nada la autoedición. Toda mi energía se va en la música, no quiero gastarla en otra cosa. El único sentido en el que me interesa la industria es para tener un manager que se ocupe del resto de cosas.

—Después de la experiencia con BCore o Astro, has trabajado con gigantes como Universal. ¿Qué es lo que menos te gusta de ambos modelos?

—Hoy en día muchos sellos independientes se comportan como las multinacionales, apretando mucho a los artistas al venderse tan pocos discos. Yo creo que las multis, incluso, no aprietan tanto. Mi trato con Universal, Sony o Warner no ha sido tan diferente como lo fue con las independientes. Bueno, con Acuarela sí, porque era un sello muy anárquico. A su fundador, Jesús Llorente, nunca le importó el negocio ni dejar a deber un pastón a quien fuera si alguien necesitaba 3.000 o 4.000 euros para grabar. Puede que ese fuera precisamente su problema, pero si querías sacar un vinilo, lo hacías. Era un tipo realmente independiente al que siempre respetaré. Nunca hubo un contrato entre nosotros. Cuando me fui, me dijo: «Llévate los másters». Impresionante, uno de los personajes más importantes de la escena independiente real de este país. El tiempo lo pondrá en su lugar.

—¿En qué momento te diste cuenta de que podías dedicarte a la música profesionalmente?

—En 2005 me dieron un premio al mejor disco del año de 10.000 euros por «La matrona» (Acuarela) y, poco después, el Mercat de Música Viva de Vic me propuso dirigir un proyecto sobre el exilio con músicos catalanes y argentinos. Fue ahí donde conocí a Silvia Pérez Cruz y donde dejé de currar como periodista. Había estado en «El Periódico de Catalunya» y, de los 20 a los 29 años, en COM Ràdio. Primero como guionista, después como responsable de la fonoteca, donde tenía que escuchar un montón de discos para clasificarlos, y, por último, haciendo un programa de cultura.

—¿Te costó mucho montar tu estudio?

Lo monté poco a poco, cuando me di cuenta de que cada vez había más gente que me pedía que le produjera, pero cada vez con menos dinero. Luego me mudé a una casa cerca del Park Güell con dos habitaciones y vi que en una podía montar un pequeño estudio. Al principio no era nada: un micrófono, un ordenador y un previo. Pero fui teniendo más trabajos y me gustaba, así que fui comprando más cosas, hasta que se convirtió en un estudio de verdad que no alquilo a nadie, es solo para mí. Tengo una mesa de los 70 acojonante, microfonía de los 60 muy molona, muchos compresores… a veces pienso: «Hostias, hay muchos estudios que no tienen esto».

[Se pone a enumerar micros antiguos con mucha pasión hasta que se da cuenta, por mi gesto, de que no entiendo ni papa de eso: «¡Uy, perdón!»]

 

—¿El disco de Rosalía los has grabado entero en tu casa?

—Sí, igual que los discos de Kiko Veneno, Christina Rosenvinge, Nacho Umbert, Silvia Pérez Cruz, Rocío Márquez o el primero con Lee Ranaldo. Y aunque lo parezca, la producción no es algo unidireccional. Yo, de gente de esta magnitud, siempre estoy aprendiendo cosas.

—¿Qué has aprendido de Kiko Veneno?

—Su actitud, el amor que destila hacia las cosas y su manera de entender la vida, que es acojonante. Eso es algo fundamental para entenderle.

—¿De Fernando Alfaro?

—Esa poética maldita en su manera de escribir las letras. Fue un disco muy chulo que me gustó mucho hacer.

—¿De Loquillo?

—Nada, porque apenas tuve contacto con él cuando trabajamos.

—¿De Bunbury?

—Tampoco tuve tiempo de conocerle bien. Solo le hice los arreglos de cuerda para el disco que grabó con Nacho Vegas. El peso lo llevó Paco Loco.

—¿Con Els Pets?

—El compañerismo. Els Pets es un grupo basado en la amistad de tres personas que se conocieron con 15 años y siguen juntos. Lluís Gavaldà [cantante, guitarrista y compositor principal] podría haber hecho una carrera en solitario, pero mantiene el grupo por amistad después de más de treinta años. Eso me encanta, yo no he sido capaz de hacer algo así en mi vida.

—¿Y de Christina Rosenvinge?

—Christina tiene una actitud y una fortaleza física, no solo como mujer, sino como artista, que me ha enseñado a seguir hacia adelante cuando tienes una idea.

—Supongo que fue ella quien te presentó a Lee Ranaldo…

—No tuvo nada que ver, aunque a veces me dice que le hubiera gustado. Lee estaba de gira por Europa y perdió varios conciertos en Marruecos, por lo que se quedó diez días tirado en Barcelona. Entonces le preguntó al Primavera Sound por un productor, pues quería aprovechar para grabar un disco acústico con toda la banda. Se quedó tan contento con ese «Acoustic Dust» (2014), que me llamó después para hacer su nuevo álbum en Nueva York, «Electric Trim» (2017), donde incluso ya he podido elegir a los músicos que yo creía para cada canción.

—¿Los escogiste tú a todos?

—Bueno, Lee me preguntaba: «¿A quién ves para este tema?». Y yo le decía, por ejemplo, que molaría probar a Nels Cline…

—No está mal, menudo guitarrista [Nels Cline ha colaborado en más de 150 álbumes de rock, pop, jazz o música experimental y, desde 2004, es miembro de Wilco]

—Con Nels fue de puta madre. La verdad es que soy bastante inconsciente y enseguida me pongo a pedirles a los músicos que prueben cosas. Pero, hostias, es el mismísimo Nels Cline y le estás pidiendo que se quite un pedal y ponga otro. Y supongo que algunos músicos, a veces, pensarán: «Pero este tío de qué va». Nels me dijo: «Es la primera vez que un productor se mete a decirme qué deeley tengo que utilizar o que pruebe ciertas cosas». Y al final le encantó, está muy contento con el resultado.

—Eso debe ser un subidón.

—Claro.

—¿Alguna vez hablaste de flamenco con Ranaldo?

—A Lee le interesa el flamenco, siempre se apuntaba los nombres de los que le hablo o la música que le pongo.  Le hablé de Rocío Marquez y, más tarde, la vio en concierto en Nueva York y le encantó. A él le hubiera gustado hacer más cosas con Morente, grabar con él, pero a causa de la agenda de Sonic Youth no le fue posible en ese momento.

—¿Fue él tu primer trabajo con alguien que iba más allá de la propia admiración y llegaba a la categoría de ídolo de juventud?

—Hay mucho ruido, ¿no? Es que me estoy como medio mareando… ¿te parece bien si vamos a otro sitio?

El HanSo se ha llenado de gente y ha dejado de ser el lugar tranquilo que era al principio. Raül Fernandez recoge la guitarra acústica que se ha traído desde Barcelona para una pequeña actuación promocional con Rosalía, y que durante un rato ha aprisionado contra la pared a la pareja de al lado, y caminamos por la calle de El Pez. Apenas unos metros más arriba, entramos en el Passenger. Ya no hay ruido.

—Hablábamos de trabajar con un ídolo de juventud tan importante para el rock de las últimas décadas como Lee Ranaldo…

—Es un ídolo, claro. Hace poco le contaba a un medio de Estados Unidos que siempre me acordaré de un concierto de Sonic Youth en la sala Zeleste, cuando publicaron «Washing Machine». Fue acojonante, de esos conciertos que te cambian la vida. Se lo comenté a Lee y me contestó: «Sí, me acuerdo. Fue buenísimo». Lo mismo me lo dijo para que me quedara contento, no sé… Lo cierto es que muchas veces piensas en lo increíble que sería que pasaran ciertas y, cuando ocurren, lo vives de forma más natural. Ahora Lee viene a casa y mi hijo Teo, de 7 años, habla con él como si fuera su amigo. Recuerdo que uno de los días de mezclas me tuve que ir con Albert Pla y Fermín Muguruza al País Vasco y Lee se quedó en casa jugando con él y haciendo un trabajo de Stop Motion para el cole. Pero, sí, claro que hay vértigo, me ha pasado mil veces, no solo con Lee Ranaldo. En Cataluña he trabajado, por ejemplo, con Jaume Sisa o Maria del Mar Bonet, que tienen un peso importante en mi propia historia. Pero te pones a trabajar y nada de eso vale. Recuerdo ir en el avión a Sevilla a conocer a Kiko Veneno y, de golpe, pensar: «Hostias, qué fuerte, Kiko Veneno». Y ahora es como un abuelo para mi hijo. Para Teo todo esto es increíble. Se lo pasa bomba. Me acuerdo del Niño de Elche grabando voces en casa, haciendo esos ruidos con la boca, y mi hijo acercándose a él haciendo otros ruidos: «¿Sabes hacer esto?». Y Paco contestarle, mientras intenta imitarlo de broma: «Pues la verdad es que no». Y Teo se va todo contento.

—¿Te causó impresión trabajar con Lee Ranaldo?

—Me acordaré toda la vida de estar en el estudio de Sonic Youth en Nueva York grabando. De golpe, ahí, con todas las guitarras de Thurston Moore y Lee colgadas en la pared. El primer disco que hicimos en mi casa es de los pocos que he hecho donde el artista no ha venido buscándome, sino que se ha encontrado conmigo grabando sin conocerme previamente, por la recomendación del Primavera. Aquella primera vez sentía que él tomaba mucha distancia al principio y que yo opinaba muy sutilmente. Progresivamente se fue acercando a mí, porque Alan Licht y Tim Luntzel le decían que molaba. Y al final se quedó tan contento que me llamó para este último disco, que saca con Mute en septiembre. Y ahora quiere hacer el siguiente también conmigo, que lo empezamos en junio.

—A mí la verdad es que sorprendieron gratamente «Between The Times and The Tides» (2012) y «Last Night On Earth» (2013), porque en ellos Ranaldo no intentó copiar lo que hacía con Sonic Youth, sino hacer discos de rock, de canciones.

—Pues el que sale en septiembre es muy distinto. No es tan sota, caballo y rey. Esos eran más tu-tu-pa-tu-tu-pa, más de los 90, pero este es más experimental, más de texturas. Y tampoco es parecido a Sonic Youth… ¡para nada!

 

—Y te quedaste alucinado con las guitarras…

—Con todo el material, después de haberlos visto mil veces en concierto. Era muy impactante estar dentro de todo ese mundo de Sonic Youth, con Lee Ranaldo diciéndome que quería meter una guitarra y verle coger la Jazzmaster de Thurston. Nunca olvidaré un día que le comenté: «Lee, ¿sabes que me molaría? Que en esta parte metieras unos acoples». Y él decirme: «Ah, vale». Entonces cogió una guitarra y se puso a hacerlos, «superenchufado». De repente, pensé inconscientemente: «Joder, como me suena esto, que acoples más brutales». Hasta que un instante después tomo conciencia del momento y… ¡claro, tío, si es que esto lo ha inventado él! Había perdido la perspectiva de que era Lee Ranaldo. ¡Cómo no iba a sonar bien!

—¿Son momentos como ese los que han hecho que te olvides de sacar tus propios discos?

—Claro, es que me llama tanta gente que me gusta que no tengo tiempo. ¿Cómo le puedo decir que no a Lee Ranaldo? Y ya no por trabajo, es que es Lee Ranaldo, que me ha enseñado muchas cosas y se lo debo. Igual que Kiko, que ahora quiere hacer otro. Estoy muy contento de que confíen en mí y tengo que ceder en otras cosas, como grabar mis discos. Y eso que tengo uno solo de guitarra, tanto eléctrica como acústica, bastante avanzado, sin arreglos, como antiguamente. Y un proyecto de música electrónica que me encanta y me apetece tanto como el flamenco. Sería hacer un disco de electrónica experimental, no de baile, sino todo muy guarro.

—¿Nunca has pensado en marcharte fuera de España para hacer carrera?

—Sí. De hecho, Lee me anima mucho a que me vaya a Nueva York. Me dice que allí tendré curro con él y con las giras. Insiste que con él seguro que me saldrán otras producciones chulas. Y no te creas que no me lo pienso, porque, además, me gustaría que mi hijo aprendiera bien inglés y esa es la mejor manera. Pasar un par de años allí. Lo tengo muy presente.

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Sólo de pensar en las etiquetas me canso: post rock, post punk, power pop, emocore, slowcore, nü jazz, neofolk, indie, britpop, trip hop, new wave, lo-fi, math rock, kraut-rock, speed metal… ¿Pero a alguien le importan? A este blog, por lo menos, no. Más sobre «Un poco de silencio, por favor...»

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