Forastero: «Es triste que Spotify te dé toda la música del mundo por el precio de una copa»

Forastero: «Es triste que Spotify te dé toda la música del mundo por el precio de una copa»

Publicado por el Mar 14, 2017

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Ir por los márgenes, traspasar las fronteras musicales o transgredir los géneros son, a menudo, expresiones tan manidas por (nosotros) los medios de comunicación que han dejado de tener sentido. Con ellas se describe a las miles de bandas que mezclan el rock o el pop con un poco de electrónica o flamenco, aunque creen un sonido más que reconocible y trillado, para luego acabar en ese cajón desastre que llaman «fusión». «La fusión es como las recetas que vienen con los gramos exactos de cada cosa para que la prepares. Se ha convertido en un canon en sí mismo. Nosotros no hacemos fusión», aclara rápidamente el contrabajista Javier Díez-Ena al comienzo de la charla. Javier Gallego había llegado un poco antes que su compañero al Café de Ruíz, en el madrileño barrio de Malasaña. Unos minutos que aprovechamos —lo que dura una caña— para «arreglar» el mundo del periodismo un par de veces. Él lo conoce bien. El batería y poeta es también director y presentador de «Carne cruda», aquel programa crítico que ganó el premio Ondas en 2012, pero que fue cancelado de Radio 3 tras la victoria electoral del PP, y que ahora, tras desvincularse también La Ser, se emite independientemente con las aportaciones de sus oyentes. «Siempre nos ha gustado ir por los márgenes, estar fuera de sitio», asegura.

Ambos acuden en representación de los restantes miembros de Forastero (Javier Colis, Daniel Niño, Juan Carlos «Chavi» Ontoria y Sergio Salvi), la nueva banda de estos ilustres músicos del «underground» más asilvestrado y original de España, de la que hace poco formaba parte Abraham Boba, que tuvo que salir para centrarse en León Benavente. Con su primer disco, «El submarinista en el tejado» (Lovemonk), que presentan este jueves 16 de marzo en la sala Moby Dick de Madrid, dan forma a un universo en el que las etiquetas de rock, pop, soul, free jazz o afrobeat se quedan cortas. Nada de fusión, recuerden. Esto es como un fiestón a plena luz del día («una música muy directa que apela al estómago y te da un bofetón», describe Gallego) en el que bailan Mulatu Astatke, Sonic Youth, The Cinematic Orchestra, Getatchew Mekuria, The Ex, Tortoise, Morphine, Red Snapper, The Orbital o cualquiera de los mil proyectos en los que ellos mismos han estado metidos desde mediados de los 90: Ginferno, Los Saxos del Averno, Las Malas Lenguas o Dead Capo. «Por quienes formamos Forastero, aunque hubiéramos pretendido hacer una música más ‘mainstream’ o reconocible dentro de cualquier escena española, creo que nos habríamos acabado saliendo del camino para buscar un sonido único», insiste Díez-Ena.

—Entonces, ¿el nombre de Forastero solo tiene que ver con lo musical?

Javier Gallego (JG): Yo nunca he tenido una vocación de minorías en lo que hago, pero no por eso voy a renunciar a mis gustos, que evidentemente no son los mayoritarios. Nosotros estaríamos encantados de que nuestro disco se escuchara masivamente y, de hecho, hay países de Europa en los que este tipo de música es bastante popular.

Javier Díez-Ena (JDE): Además, tenemos la voluntad de que suene directo. Con los años nos hemos ido alejando de la experimentación, del paisajismo sonoro, de los solos y del virtuosismo instrumental. Queremos construir algo que pueda ser degustado en la primera escucha.

—En este sentido, ¿os trastocó mucho la salida de Abraham Boba?

JG: Sí, claro. Fue una pérdida irremplazable. Es un músico con mucho talento, como demuestran sus discos en solitario y al frente de León Benavente. Encontrar a alguien que fuera igual que él era imposible, así que nos esforzamos en elegir a alguien con el que, por lo menos, no sintiéramos tanto su pérdida.

—¿Nunca os ha generado frustración estar siempre en los márgenes y no poder vivir de esta música que hacéis, con todo el trabajo que hay detrás?

JDE: Claro, por supuesto. Es un tema muy personal, pero lo cierto es que nosotros estuvimos durante años en Dead Capo trabajando en esa dirección y la cosa funcionó. Pero era un grupo instrumental y en España esa música no es que haya arrasado en las últimas décadas. Durante una época toqué con gente como Ainara Legardon y, sobre todo, Aaron Thomas, que parecía que iba a petarlo. Me hubiera encantado que ese fuera mi curro. Me gustaba esa música y no me veía como un mercenario. Pero llega un momento en el que te das cuenta de todos los sacrificios que haces sin que la cosa termine de funcionar y de las penurias que pasan los músicos en este país, sin cobertura social, legislación, sindicatos, etc. Entonces te ofuscas pensando que la única salida para vivir de ello es meterte en una orquesta de pueblo, tocar con triunfitos o formar parte de una banda que pongan en Cadena Dial. Antes en España era posible hacer música interesante y vivir de ella. Y no hablo de la simple pregunta de «¿por qué mi música no triunfa?».

JG: Es difícil en tiempos como este vivir solo de una banda, y menos de una que se sale de los patrones establecidos. No hay apoyo de ningún tipo. En España hay muchos festivales y una cultura de la música como entretenimiento relacionada con las drogas y la noche. Además, en la televisión y en la radio solo se venden canciones de consumo fácil. Los que hacen una música no comercial tienen que tocar en muchos grupos y vivir en unas condiciones bastante precarias. Ni siquiera cotizan a la seguridad social y, en el futuro, no tendrán una pensión. España es un país de mierda con sus músicos, los maltrata. La música debería ser un patrimonio cuidado por el Gobierno.

 

—Hace poco se ha creado la Unión Estatal de Sindicatos de Músicos, Intérpretes y Compositoras en España.

[Unión Estatal de Sindicatos de Músicos, Intérpretes y Compositoras]

JG: Es la primera luz en toda esta oscuridad en la que nos hemos movido los músicos, en parte, por responsabilidad nuestra. Nunca se nos ha ocurrido que pudiéramos tener derechos sociales o laborales.

JDE: Es cierto. Yo me quité la ofuscación tomando una decisión: voy a hacer la música que quiero hacer y que salga el sol por Antequera. En ese momento me llegó cierta oferta que realmente no me gustaba y pensé: «¿Dónde me estoy metiendo? ¿A qué precio me voy a dedicar a la música?». Todas las noches tocando algo que no me gusta, viajando por toda España y el mundo, durmiendo mal, destrozándote la espalda…

—¿De quién fue esa oferta?

JDE: Fue una oferta importante de la que me podían haber llegado más ofertas [nombra a una estrella «indie» de España cuyo nombre no quiere hacer público], y pensé: «¡Qué voy a hacer yo tocando ahí!». A mí me encantaba tocar con Aaron Thomas, pero estaba en el límite de la música que yo quería hacer. También estuve en una compañía flamenca con una obra de teatro, tocando el theremin y el contrabajo vestido de chulapo. Ahí gane dinero durante dos o tres años y me trataron muy bien, pero al final lo resumí todo a una cosa: la expresión artística. Yo lo que quiero es expresarme y disfrutar con lo que hago. Si funciona, bien, sino, pues nada.

JG: Hay muchos países donde músicos creativos con un discurso propio al margen de las grandes corrientes pueden vivir de ello. En España es más difícil, porque hasta «popes» de ciertos estilos, como Pedro Iturralde en el jazz, tienen que ser profesores para no comerse los mocos.

—Aquí no viven de la música ni los grupos que son portadas de algunas revistas o suplementos de periódicos importantes.

JG: En España, cuando un grupo sale en la portada de una revista pensamos que ya vive de la música. Sin embargo, el 90% no lo hace. Algunos lo consiguen, como Julián Maeso, pero a costa de ser el tipo que más conciertos da de España. Más de 125 al año.

JDE: Es un coste personal que… ¡uf!

—Y si no haces «indie» o un estilo reconocible, peor.

JG: El «indie» se ha convertido en la música que sirve para decorar el anuncio de una bebida. Muchos medios la han convertido en el único estilo que parece que existe. Puede sonar político, pero es la música de la burguesía más acomodada y tranquila. Un parche inofensivo que tapa una falta de creatividad, inquietud y agitación importante, y que ayuda a consolidar el sistema en que vivimos. Antes se refería a los grupos que publicaban en sellos pequeños, pero que hoy se han convertido en multinacionales.

JDE: ¿Sub Pop es «indie»? ¿Suterfuge sigue siendo «indie»? Ya no se sabe. Lo que está claro es que hace veinte años el «indie» incomodaba. En los 90 era Sonic Youth, por ejemplo. Una chicharra sónica que ahora no aguantaría ninguno de los que se consideran «indies».

—Si atendemos a los medios, es verdad que ahora parece que hay menos variedad musical.

JDE: Yo creo que hay mucha más variedad, pero esa música se pone menos que antes en la radio. Yo puedo descubrir 10 o 15 bandas nuevas al día, de todas las épocas y de todos los estilos, y me pregunto por qué no suena ninguna en la radio. Todo lo domina el «indie», que se ha convertido en un patrón que se vende en los festivales.

JG: En la tele tampoco hay programas de música que no sean triunfitos o concursos. Antes los había, y no te hablo de la edad de oro…

—En 1998 hasta estaba «Séptimo de caballería» en «La 1», donde podías escuchar en directo a Sonic Youth o R.E.M., por ejemplo…

JG: Antes incluso había programas de éxito en «prime time», como «Aplauso» (1978-1983), «Tocata» (1983-1987) o «Rockopop» (1988-1992).

JDE: Traían morralla comercial, sí, pero también a The Cure. Ahora eso no existe.

 

—Con respecto a esos 10 o 15 grupos que dices que descubres al día, a mí con internet me ocurre algo que no me pasaba antes: he perdido cierta capacidad para darles segundas y terceras oportunidades a los discos que no me entran a la primera. Eso me da pena, porque la mayoría de mis álbumes favoritos descubiertos antes de la era internet eran aquellos que la primera vez que los escuché me parecieron ruidosos, enrevesados o extraños, pero me forcé a seguir escuchándolos y acabé alucinado con ellos.

JDE: Yo creo que la figura del oyente ya no existe como tal. Hay gente que escucha solo los 20 primeros segundos de las canciones como ruido de fondo. Se ha perdido la dimensión artística de los discos… ahora todo es consumo.

JG: Yo sé que eso de coger el disco, abrirlo y escucharlo tranquilamente, como el que va a una homilía, es algo que pertenece al pasado. Nuestros hábitos han empeorado. Antes le dedicábamos más tiempo a profundizar y analizar la música, por lo menos, el mismo que los músicos habían dedicado a crearla. Algo que tarda un año en hacerse no puedes ventilártelo en cinco minutos.

JDE: A mí me preocupa que las nuevas generaciones jamás se hayan parado a escuchar un disco. ¿Cómo pretendes que esa gente se siente a hacerlo ahora? Es impensable, desgraciadamente.

—¿Notáis por eso que ahora es más complicado publicar un álbum?

JDE: Puede que no, que sea más fácil, pero autoeditándote. Lo que ahora es mucho más complicado es que los sellos publiquen cosas nuevas, como ocurría hace diez años, o porque reciben muchas maquetas y es difícil filtrar o porque publicar algo hoy en día es jugártela… a ver quién lo compra después.

JG: En ese sentido nosotros tenemos que alabar a Lovemonk por el riesgo asumido con nosotros. Se han volcado tanto, que hasta nos ofrecieron volver a grabar algunos temas si queríamos.

—¿La autoedición nunca estuvo en vuestros planes?

JG: En los míos no.

JDE: Pues en los míos, como último extremo, sí. Pero es que nosotros también tuvimos un sello en los años de Dead Capo, llamado Pueblo. Sacamos seis referencias y sabíamos la dedicación y vocación que necesitas para realizar todas las tareas asociadas a un negocio como la música. A nosotros nos acabó minando, porque lo que queríamos hacer era la música y punto. No era nuestra vocación.

—¿Y presentarla en directo resulta fácil? Parece que las condiciones de las salas son cada vez más leoninas y las marcas se están adueñando de todo.

JDE: Con Dead Capo vivimos una época en la que las salas pagaban, incluso caches decentes, pero eso es impensable hoy en día. Ahora han dejado de arriesgar, lo que quieren es sobrevivir. Algunas apuestan por grupos de fuera, pero no de aquí. ¿Para qué si al final van a acabar tocando igualmente?

JG: No hay que olvidar que las salas también viven precariamente, sin ningún tipo de ayuda y con las dificultades añadidas de conseguir permisos. Es una consecuencia del sistema en el que vivimos, donde los de abajo están pisoteados y, a causa de ello, acaban pisoteándose entre sí para sobrevivir. La precariedad es asfixiante, y con el 21% ya ni te cuento. Se va la mitad de la taquilla en pagar el IVA. El problema es que no se piense en los conciertos como algo más allá de la pura diversión de los jóvenes.

 

—¿Cómo le explicaríais la música que hace Forastero a un aficionado de 19 años que escucha ese «indie» actual?

JG: La virtud del disco es que no necesitas una serie de referencias musicales minoritarias o pasadas para disfrutarlo, aunque las hay para quienes quieran descubrirlas. No es una música hecha solo para el adulto formado, es cercana e inmediata, hecha para que también cualquier joven pueda dejarse llevar. No queríamos pajas mentales, sino llegar a la cabeza a través del baile.

JDE: Es complicado, pero yo le diría que es música de baile orgánica y no electrónica, pero no sé si eso les ayudaría a aclararse… Quiero decir que no es un disco ni producido ni compuesto con instrumentos digitales. No hay los típicos efectos que utilizan hoy en día en el EDM [Electronic Dance Music] americano de gente como Skrillex, que lo peta. No tiene nada que ver con eso, pero puede conquistarte aunque no lo entiendas.

—Y siendo una banda inmediata y directa, ¿seríais capaces de decirle a ese mismo joven alguna referencia actual que, si la escuchara, podría llegar a disfrutar también de Forastero? Obviamente, no hablo de artistas de culto, desconocidos o de otra época, sino de músicos que puedan llenar actualmente el escenario principal del SOS o el festival de Benicàssim.

JDE: Hostias… no sé. Es que vivimos malos tiempos masivos hoy en día. Lo masivo es bastante jodido actualmente. Antes ponías la MTV y podías descubrir cosas. Ahora es para echarse las manos a la cabeza. Por otro lado, ¿qué escuchan hoy los chavales?

JG: Yo tengo 41 años y confieso que no sé lo que escucha alguien de 19. Me siento viejo en ese sentido. No he escuchado nada por la radio o la televisión que pudiera incitar a un joven a escuchar a Forastero.

—Está bien, lo damos por imposible. ¿Y referencias no tan conocidas?

JG: Red Snapper, por ejemplo. Y si te gusta Massive Attack o Chemical Brothers también te podría gustar Forastero.

JDE: Yo te puedo decir dos grupos de Londres muy minoritarios, pero que son referencias evidentes para nosotros: Acoustic Ladyland y Melt Yourself Down. También Jaga Jazzist antes de echarse a perder. Recuerdo comprarme su primer disco porque en la carátula ponía: «Una mezcla de Charles Mingus con Aphex Twin». Alguna crítica habló, además, de Tortoise, Fela Kuti, Lounge Lizard o Sonic Youth y también podría estar por ahí. O puede que Mulatu Astatke en canciones como «Baile watusi». Y volviendo a lo de las referencias conocidas, yo me arriesgaría con The Cinematic Orchestra. Si te gustan ellos, te puede gustar Forastero.

 

—Si es que la tiene, ¿cómo explicáis la connotación política o social de la canción «Dormíamos, Despertamos»?

JG: Yo soy una persona muy politizada y, por mi trabajo, estoy públicamente posicionado, así que quise dedicarle un tema al 15-M y me salió así. Comienza con un letargo que va «in crescendo», hasta que estalla. Después vuelve a caer y, luego, tiene otro momento de exaltación. Así ha sido un poco este último movimiento social en España.

—¿Y ahora ese movimiento social está dormido o despierto?

JG: El despertar fue tan esperanzador que generó unas expectativas muy grandes, pero también hay que ser realistas: los cambios sociales se producen lentamente. Hay que tener paciencia. Que el 15-M derivase en un partido político como Podemos fue positivo en algunas cosas, pero negativo en la desactivación de la calle. Y no quiero ser demasiado pesimista, porque creo que en España hemos visto una toma de conciencia colectiva que no se veía desde la Transición.

JDE: Yo no creo que estemos dormidos, sino replegados a ver qué pasa, incluso sabiendo que hay mucha gente defraudada.

—¿No se debe eso a que Podemos va camino de convertirse en un partido tradicional?

JG: ¿Va camino o ha llegado ya? [risas] Para mí la disputa interna de Podemos está siendo decepcionante y agotadora. No me interesa nada de eso, me interesan los problemas de la gente, que es para lo que les han apoyado. Creo que ahora son conscientes del error que han cometido y de que han envejecido muy rápido. A Podemos se le ha exigido mucho en muy poco tiempo y es muy complicado dar respuesta a todas las expectativas e ilusiones de una masa social hambrienta de cambio. Y puedo entender las caídas a la lona, pero ya ha llegado el momento de centrarse y mostrar una forma diferente de hacer política, porque la verdad es que están copiando algunos de los errores de su padres.

JDE: Necesitan aprender de la disciplina interna de otros partidos. ¿Cómo puede ser que tengan esa guerra de bandos en la que parece que haya hasta barones? Pero es que los hay.

—¿Barones como los del PP y PSOE?

JG: Exacto. En ese sentido creo que les pierde su afán mediático, esa necesidad de estar siempre creando titulares. Y creo que la transparencia excesiva es mala. Están copiando lo peor de la vieja política: los navajazos, las divisiones, las figuras de los barones, las camarillas… ha sido vergonzoso.

JDE: No entiendo como teniendo tan reciente lo que le pasó al PSOE, van y repiten lo mismo justo después.

—¿Vive la música negra de la herencia del pasado?

JDE: En absoluto. Los que están explotando el pasado de la música negra son músicos blancos como Nick Waterhouse, Eli «Paperboy» Reed y otros que se conforman con imitar los bailes de James Brown. Los actuales artistas negros no quieren imitar a James Brown, aunque sea su maestro. Da igual que hagan hip hop, electrónica o dub-step, son músicos que miran al futuro. Incluso estrellas como Janelle Monáe, que beben de ese pasado, lo intentan llevar más allá.

JG: En el rap, por ejemplo, se está haciendo la música más vanguardista del panorama actual. Mira a Kendrick Lammar, es el Marvin Gaye de hoy. Uno de los tipos más visionarios del mundo, a años luz de cualquier otro.

—¿Algún otro músico que esté ahora llevando la música negra a otro nivel?

JDE: Todos los músicos del colectivo de Brainfeeder de Los Ángeles me parecen magos. Gente como Flying Lotus, Thundercat o Schoolboy Q están llevando la música negra más allá. Y a mí siempre me ha interesado mucho el beatboxing de Rahzel con The Roots, pero es que ahora la técnica ha alcanzado un nivel increíble, se ha convertido en un género nuevo en sí mismo. O DJ Spooky, aunque ahora esté un poco desaparecido.

—¿La industria discográfica repuntará algún día?

JG: La industria ha sido muy denostada y con razón, pero sin ella es muy difícil que la música subsista, porque, bien entendida, es aquella que consigue encontrar un talento, sacarle brillo, cuidarle, darle proyección y distribuir sus discos. Todas esas labores son importantes también, porque un músico no puede hacerlo todo solo. No podemos pretender que la gente siga escribiendo libros, grabando discos o rodando películas si no la cuidamos.

JDE: Es muy triste que ahora entre los músicos esté muy asumido que el disco se lo tengan que pagar ellos. Es totalmente clasista, porque habrá quien no se lo pueda pagar. Y casi nadie es rico en realidad, por lo que hay que grabarlo a toda velocidad, en dos días. Eso es precario. Nosotros hemos tenido la suerte de tener un poco de esa industria de antes con Lovemonk, porque ha invertido un presupuesto y hemos podido grabar en varios días, arreglar algunas canciones y mezclarlas bien. Todo eso se nota en el producto. En otras disciplinas artísticas como el cine y el teatro son impensables las condiciones de la música. ¿Por qué tenemos tan asumido nosotros que todo tiene que ser «do it yourself»? Es muy triste.

—¿Habéis soñado alguna vez con una posible solución?

JDE: Aunque pueda sonar absurdo, la solución sería que todos los grupos sacaran a la vez toda su música de las plataformas de «streaming» para obligar a renegociar las condiciones. No puede ser que sea todo gratis, lo siento. Yo también me he bajado gigas y gigas de música sin pagar, pero al final la consecuencia es que no vale nada. Eso es un poco triste. Los dueños de Spotify no están compartiendo música con el ánimo de difundirla, sino para forrarse.

JG: El problema es el de siempre: todos los beneficios de esta industria del «streaming» se queda en manos de unos pocos, mientras que los que producimos esa música nos estamos quedando en los huesos. Es decir, la plusvalía de mi trabajo se la llevan siempre los mismos. Estas plataformas no tendrían contenidos que vender si no hubiera discos, así que tendrán que pagar algo.

JDE: Los músicos hemos sido muy tontos. Spotify te ofrece prácticamente todo el catálogo mundial de discos por 9,99 euros al mes, es decir, lo que vale una copa. No creo que haya nada parecido ni en la industria editorial ni cinematográfica. ¿Por qué pasa esto con la música?

—¿Cuánto recibís vosotros de Spotify?

JG: Es una cantidad tan ridícula que ni lo sé, pero otros grupos que tienen una gran audiencia, como Vetusta Morla, con cientos de miles de reproducciones, también reciben una miseria.

JDE: No tendría que haber pasado jamás. Es el fin de las esperanzas de los músicos no comerciales para vivir de ello. La solución podría haber sido poner el disco a un precio más reducido, pero no toda la música del mundo a 9,99 euros al mes. Así es imposible, las cuentas no salen. Hay músicos de mucho prestigio que se negaron a que otros se enriquecieran con su obra y la sacaron de Spotify, como John Zorn, Tool o King Crimson. Radiohead y The Beatles, también, pero han acabado volviendo. Si lo hiciera un montón de gente, se replantearía el pacto.

JG: Lo malo es que, si te quedas fuera de estas plataformas, es como si desaparecieras para un montón de gente que podría escuchar tu música. Es la ley del mercado.

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