Isasa: «A Room With A View fue un grupo muy intenso para mí»

Isasa: «A Room With A View fue un grupo muy intenso para mí»

Publicado por el feb 16, 2017

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Cuando contacto con Conrado Isasa (Madrid, 1977) para concertar esta entrevista, falta un día para que se embarque en la que es su primera gira por Gran Bretaña: «Estoy como un flan ahora mismo. Quién me mandará a mí meterme en esto», confesó. Llevaba meses organizándola él solo y ha acabado muy contento, la verdad. Solo ha perdido 100 euros, una cantidad ridícula si tenemos en cuenta que todo ese esfuerzo le ha permitido presentar su segundo disco, «Los días» (La Castanya, 2016), en ciudades como Glasgow, Liverpool, Clun, Bristol o Londres, doblando cita en algunos sitios.

Para el exguitarrista de A Room With A View –el grupo madrileño que marcó a buena parte de la generación hardcore y post-hardcore estatal de finales de los 90 y principios del 2000, y que inspiró a la otra a coger instrumentos y montar bandas– lo importante ya no es «sacar diez discos, salir en las listas de las revistas o tocar en el Primavera Sound, sino disfrutar del momento». «Yo en mi casa tocando la guitarra y componiendo es lo esencial. Si eso te gusta, nada puede salir mal», asegura. Una lección que aprendió de aquella anécdota del primer ensayo de Fugazi, en el que Ian MacKaye, Guy Picciotto y compañía se dijeron: «Esto es lo más lejos que vamos a llegar y todo lo que vamos a conseguir».

Y no le va mal. Tras desprenderse de la carga emocional que supuso para él formar parte de aquella banda que mezclaba sin complejos influencias tan dispares como Minor Threat, The Cure, Slint, The Police, Dinosaur Jr., The Ex, Codeine, el free jazz o el drum and bass, y después de quitarse de la cabeza el sueño (y la frustración) de ser trompetista profesional en Holanda, Isasa regresó a España para hacer las paces consigo mismo y emprender una nueva aventura musical. Esta vez, en solitario, con su guitarra, su weissenborn y su banjo. No necesita nada más. Y en apenas dos años ha sacado dos discos, aparecido en medios como la BBC, KEXP o «The Wire» y dado más de ochenta conciertos. Algunos de ellos, junto a sus propios ídolos, tales como Geoff Farina, Sir Richard Bishop, Steve Gunn, Micah Blue Smaldone, Marisa Anderson, Norberto Lobo, Thee Silver Mt. Zion Memorial Orchestra o el mismo Glenn Jones, que ha definido su música como «irresistible», «cautivadora» y «fascinante». Este viernes 24 de febrero presenta su álbum en el Teatro del Arte de Madrid. En casa.

—¿Vives la música con inseguridad?

—Sí, mucha. La conclusión de la gira por Inglaterra es que todo se reduce a luchar contra tus propios fantasmas. Cuando tocaba en A Room With A View (ARWAV) estaba más acompañado porque tenía al lado a «El pelos» [David Fernández, batería] o José [Atomizador, guitarra], que eran referentes para mí. Si yo hacía algo que ellos aprobaban, me daba seguridad, aunque la inseguridad siguiera estando ahí. En esta gira estaba contento de como estaba tocando, pero siempre surgen pensamientos como: «Igual la gente piensa que soy aburrido o no tengo calidad». ¿Y por qué lo pienso? Pues porque necesito la aprobación de los demás, no soy capaz de conformarme con la mía.

—¿Siempre ha sido así?

—Siempre. Eso forma parte de mí… es mi vida.

—¿Esa inseguridad te impide disfrutar de lo que haces?

—Antes sí. Viéndolo con perspectiva, creo que uno de los problemas de A Room es que éramos un grupo que no sabía disfrutar de lo que le pasaba, al contrario que Aina. Siempre me maravilló de ellos que podían estar tocando en un «gaztetxe» [centro social ocupado del País Vasco] para cinco personas, después de haber hecho 300 kilómetros, y disfrutaban del momento. Una vez le pregunté a Pau Santesmasses: «¿No te cansas de tocar en gaztetxes?». Y me contestó: «Qué va, para mí es lo mejor». Aina eran capaces de decir: «Estamos aquí y vamos a disfrutarlo». Y eso que ellos habían teloneado a Metallica.

—¿Por qué en ARWAV no era capaz?

—Hombre, no olvides que teníamos 20 años…

—No te resulta fácil explicarlo.

—A ver, A Room era un grupo que a los que les molaba, les molaba mucho. La gente aún lo vive como algo fuerte. En el concierto de Londres incluso apareció un tío hablándome de la banda. Supongo que el hecho de que algo que hacíamos pudiera gustar tanto a algunas personas nos resultó difícil de aceptar. Para eso, primero teníamos que aceptar nosotros que era bueno y tenía un valor. Una frase que para mí lo resume bien es la de Groucho Marx: «Nunca pertenecería a un club que admitiera como socio a alguien como yo».

—¿Quieres decir que pensabais que lo que hacíais no era lo suficientemente bueno?

—Exacto. Siempre nos estábamos quejando, siempre había algo que a uno le parecía mal. Creo que era la falta de madurez para aceptar que las cosas son como son y disfrutarlo igualmente. Para nosotros el más mínimo fallo anulaba todo lo bueno que hubiéramos hecho. Si haces un concierto y no oyes bien la guitarra por el monitor, vale, pero intenta pasártelo bien. Y tampoco sabíamos encajar las buenas críticas. Todo esto es algo que yo no he podido verbalizar hasta muchísimos años después. A Room With a View fue un grupo muy intenso a nivel personal y yo he tenido que colocar las cosas en mi cabeza para poder dar un paso adelante.

—Lo extraño es que no encajarais bien las buenas críticas.

—Sí, claro. Cuando una persona te dice que algo que haces le mola mucho, tienes dos opciones: pensar que no tiene ni idea y quedarte igual, o darle crédito. Si le das crédito, tienes que aceptar que lo que haces tiene un significado para los demás y eso marca un cambio, el proyecto coge relevancia. Es la diferencia entre estar en un local sin preocuparte de nada o hacerte responsable de lo que haces cuando ves que a la gente le mola.

—Pues mucha gente que os veía en directo solía quedarse impresionado.

—Ya, pero es que era un grupo de dinámicas muy complejas. Cada uno teníamos nuestra movida.

 

—Y ahora, cuando llegas de las giras, ¿te sientes más desahogado o más satisfecho?

—Siento un subidón al pensar que he hecho algo que mola, con toda esa energía. Eso es algo que no era capaz de ver con A Room y ahora sí. Recuerdo que una vez nos fuimos un mes entero de gira por España y, al volver, no era capaz de sacar algo positivo por mí mismo. No puedes esperar a que llegue la palmadita en la espalda para sacar algo bueno. Y no se trata de decirte: «Soy la hostia cuando toco» o «soy mejor que el otro». Se trata de pensar: «He recorrido un país donde no me conoce nadie y les ha gustado. Eso ya está bien». Convencerte y disfrutar de que haces algo que tiene un valor.

—¿En algún momento estuvo en vuestras cabezas vivir de la música?

—Hombre, sí, eso estaba ahí y creaba muchas tensiones entre nosotros. Había una parte del grupo que quería tirar para adelante, entrar en el circuito de festivales y dar un paso como hicieron, por ejemplo, Standstill, y otro que quería lo contrario. Esas diferencias hicieron que cada uno empezara a tirar para su lado. Si salía un concierto que era más punki, un sector decía que no. Y si salía lo contrario, el otro se negaba. Recuerdo que en la última época del grupo deseaba que no nos ofrecieran ningún concierto, porque sabía que eso iba a significar una discusión en el local. Que si nos pagaban lo suficiente o no, que si pondrían los medios técnicos que debíamos tener o no…

—No querer que te llamen para tocar, cuando estás en un grupo, sí que es contradictorio.

—Éramos muy jóvenes. Empezamos con 19 años y, cuando nos separamos en 2003, teníamos 25 o 26 años. En esa época yo estaba muy perdido, ni iba a la universidad ni nada. Lo único que funcionaba en mi vida era el grupo. Pensaba: «Joder, ¿y por qué no voy a poder ganarme la vida con él?» o «si por lo que yo hago hay gente que cobra, ¿por qué nosotros no podemos?». También pensaba que tendría que buscarme un trabajo con el que no podría salir a tocar, que era lo que yo quería, básicamente. A esa edad no eres capaz ver los otros factores que intervienen, que no es una cuestión de querer o no querer.

—Es decir, que en ese momento vivías por y para la música…

—Exacto, en mi cabeza no había otra cosa.

—Y encima vosotros os breasteis en todos los campos, con el gasto de energía que eso supone. Montasteis un sello para sacar a otras bandas como Standstill, os autoeditasteis y buscasteis discográfica para publicar «Jupiter & Beyond». ¿Eso genera mucha frustración?

—Sí, pero la genera por cómo te lo planteas. Si aceptas que todo lo haces porque te apetece y disfrutas, no debería generarte frustración. Pero si estás esperando a que llegue algo de fuera que lo justifique, ¿cuál es la medida? ¿El dinero? ¿Salir más en las revistas? En realidad, todo eso no tiene mucho sentido y yo lo he aprendido con los años. Antes estaba preocupado por lo que decía tal crítica o por si salíamos en alguna lista. He podido cerrar la etapa de A Room al darle el valor real que tenía, que no era otro que si me gustaba o no. Hace poco un chaval me comentó que, tras vernos en directo, empezó a escuchar otra música y decidió montar un grupo. El batería de Unicornibot, por ejemplo, también me dijo que empezó a tocar porque vio al Pelos con A Room en Pontevedra. Eso es la hostia, pero resulta que nosotros dimos conciertos como ese que no nos molaron, porque fueron cuatro gatos o por lo que sea. Y años después se te acerca gente diciendo: «Joder, pues yo estuve allí y para mí fue la hostia. A partir de ahí empecé a escuchar a June of 44. Antes solo escuchaba hardcore». Esa es la gracia.

—¿La batalla por encontrar sello para publicar «Jupiter & Beyond» fue fácil?

—No. El primer disco («Addiction of Duplicities») lo pagamos, publicamos, distribuimos y promocionamos nosotros solos. Mi padre incluso nos prestó dinero, pero acumulamos una deuda de varios miles de euros y nos dimos cuenta de que no podíamos hacerlo igual. El segundo lo grabamos ya pensando en separarnos, pero como la grabación moló, decidimos moverlo. Yo siempre tuve claro que ARWAV estaba bien, pero recibimos muchos «noes». Al final fue Everlasting, que les gustó el disco y estuvieron muy abiertos a negociar puntos del contrato, como los royalties.

—¿Teníais líneas rojas en cuanto a las condiciones?

—Sí, pero pudimos hablar. Por ejemplo, nosotros aceptamos reducir los gastos de fabricación, que no llevara un libreto que costara mogollón, y a cambio tener el compromiso de Everlasting de que se iba a vender a un precio razonable y que podríamos vender los discos en los conciertos. En aquella época los sellos no querían, pues les salía más rentable que lo compraran en las tiendas.

—En aquellos años pre-internet era raro encontrar a un grupo que tuviera semejante abanico de influencias como vosotros, desde el hardcore al free jazz, pasando por el pop, el punk o la música experimental. ¿De dónde os venía?

—El Pelos, David Jiménez (el bajista) y yo nos conocíamos desde hacía tiempo. Veníamos de la escena hardcore pura y dura con Down For The Count, que podía parecer muy centrada en sí misma, pero que a la vez nos puso en contacto con una manera de mover discos, conocer fanzines o distribuidoras. Eso te abre el espectro de grupos. Pero, además, Jose «Atomizador» era un enciclopedia el tío. Desde que era un enano se leía todas las revistas y conocía a un montón de bandas, a sus componentes y hasta las maquetas que habían grabado. Su información era nuestra Wikipedia. Su entrada para formar A Room fue como viento fresco. En los 90, si tenías un grupo de hardcore y te molaba The Cure, parecía que no podías mezclar ambas influencias. Creo que ARWAV dio pie a introducir otras músicas, aunque no estuvieran relacionadas con esa escena. No solo The Cure, las baterías que hacía el Pelos rollo The Police, por ejemplo, entraban de puta madre.

—Por eso en vuestros discos se pasaba del ruido a la calma como si nada y había canciones tan diferentes como «26», «Marea Negra», «Aislado» o «Drowning spaces».

—Exacto, pero algo que para mí fue difícil de llevar era el pacto que teníamos de no repetir un tema que ya hubiéramos hecho, ni siquiera en el estilo. Por eso no tenemos dos canciones tipo «Aislado», con esa base drum and base. Podías encontrarte un tema popero rollo The Promise Ring y otro tipo Codeine como «Hold These Hands», y no íbamos a hacer otros iguales, aunque se nos hubiera ocurrido una melodía parecida. Tocaba otra cosa. Esta es otra de las razones por las que fue todo tan intenso y la causa de que evolucionáramos todo el rato.

 

—¿Fue un pacto consensuado o surgió de manera natural?

—Fue hablado. Nosotros nos pasábamos mucho tiempo charlando de música. Recuerdo que una vez quedamos en el local por la tarde y estuvimos de empalmada hasta las 7 de la mañana hablando, en uno de esos momentos en los que necesitábamos una dirección. Una parte que estuvo muy bien de A Room es que fue una época muy fuerte de crecimiento personal y de compartir inquietudes.

—Los últimos temas de esa evolución no salieron en disco, sino grabados en directo, en la reedición en vinilo de vuestra discografía publicado por La Castanya. ¿Por qué?

—La ruptura de A Room fue difícil porque pudimos grabar esos temas y no se quiso. Hubiera sido la guinda de lo que hicimos, la muestra de hasta donde fuimos capaces de llegar, ya que esas últimas canciones eran el último escalón de nuestra evolución, nada parecido a lo anterior. Que no lo hiciéramos, para mí fue como si la historia no se hubiera cerrado.

—¿Y qué sentiste cuando tuviste en tus manos la reedición con esos temas más de diez años después?

—Me causó más impresión escuchar los máster de un par de temas del principio que se habían perdido, como «A Pop Song». Para mí fue como recordar algo que tenía olvidado, pero satisfactoriamente. Fue sacar la reedición y olvidarme, no quedarme ahí pensando en el pasado.

—¿Dejaste de tocar después de que ARWAV se acabara?

—Un hecho curioso es que, cuando nos separamos, al cabo de pocos meses todos dejamos de tocar nuestros instrumentos. Nunca pude hablar con los demás de esto, porque cada uno cogió su camino, pero la separación de A Room fue algo que nos marcó a los cuatro, eso está claro. Tuvimos que desconectar de aquello completamente.

—¿Qué fue de tu vida desde que dejaste ARWAV hasta que has vuelto a grabar como Isasa?

—Me metí de lleno con la trompeta, un instrumento que ya tocaba antes. Decidí irme a estudiar jazz a Holanda para ser músico profesional, pero nunca tuve un buen nivel. No soy un portento, todo lo que hago musicalmente me cuesta sudor y lágrimas. En los tres años que estuve intentándolo, estudiando muchas horas diarias, me echaron de dos conservatorios diferentes.

—Eso sería difícil de encajar.

—Mucho, pero me vino bien saber la verdad, vivía engañado. Estaba tan empeñado en mi sueño que no era capaz de ver más allá, pensando que si no era trompetista nada tenía sentido. Todo se vino abajo en un momento difícil para mí, porque ya me acercaba a los 30. Empecé matemáticas y filología inglesa, pero no acabé ninguna. Fue tan dura la hostia que tardé varios años en darme cuenta de que había sido una hostia. Desconecté por completo de la música y eliminé cualquier impulso artístico de mi vida. Ni siquiera iba a conciertos y pasaba de escuchar grupos nuevos. No quería tener ningún tipo de tentación para que esas sensaciones no volvieran. Era algo que me hacía sufrir.

—¿Volviste a España y empezaste de cero?

—Exacto. Me busqué un trabajo de teleoperador y me dije: «Tengo que dejarme de gilipolleces y hacer caso a lo que me decían mis padres». Ahí tuve un momento de lucidez y, mientras daba clases de ajedrez a niños, me puse a estudiar una oposición de bibliotecas.

—¿Una oposición después de haber estado estudiando trompeta muchas horas al día durante tres años? Parece de locos.

—Pues esa disciplina me ayudó mucho. Tiempo después me encontré con un trombonista que estudió conmigo en Holanda y me dijo: «Nunca he conocido a nadie que estudiara tanto como tú». Desarrollé una fuerza de voluntad muy heavy y la aproveché para estudiar la oposición ocho horas al día. No hacía otra cosa, ni salía los fines de semana. Y, fíjate, gracias a que obtuve la plaza para trabajar en la biblioteca de Humanidades de la Universidad Autónoma, ahora puedo volver a hacer música, grabar y salir de gira.

—¿Cómo regresó el gusanillo?

—Mientras hacía resúmenes para los exámenes, comencé a hacerme listas con los grupos que habían sido importantes para mí de joven, como Karate, The Van Pelt o The Cure. Los volví a descubrir de nuevo. Me he dado cuenta de que, a veces, no somos capaces de ver la belleza cuando la tenemos delante. Yo era de esos que dicen «estos molaban más en la maqueta o en los primeros discos», así que los últimos álbumes de Karate ni los había escuchado. Incluso recuerdo que, cuando ARWAV los teloneamos en la gira de su cuarto disco, «Unsolved», su concierto me pareció una mierda, aburrido. ¿Soy gilipollas o qué? Ese disco es la hostia. Y cuando escuché los siguientes mientras estudiaba me parecieron todos la leche, me los ponía en bucle. Me di cuenta de que antes no tenía la madurez para poder apreciarlos. Me hubiera gustado estar en aquel concierto con lo que sé ahora.

—Ese prejuicio es muy habitual cuando eres joven y escuchas mucha música…

—Claro. A mí eso me hizo resetear mogollón. Es muy fácil ser arrogante cuando eres joven. Incluso me pasó con Fugazi. Después de «Red Medicine» (1995), todo me parecía una mierda. ¡Imagínate! He conocido a gente mayor que yo que escuchaba a The Cure desde el principio y decían que, cuando sacaron «The head on the door» (1985), ya se habían vuelto «popis». Pero tío, ¿no has escuchado «Kiss me, kiss me, kiss me» o «Disintegration»?

—¿Y cuando volviste a coger la guitarra de nuevo?

—Un músico esencial en mi vida ha sido siempre Geoff Farina, al que recuerdo, incluso, haberle escrito un mail con 19 años que nunca me contestó, diciéndole que su manera de tocar me había cambiado. Cuando vino en 2010 con Glorytellers, fui a verle en la sala Moby Dick (Madrid). Allí habló de un tal Mississippi John Hurt y, al llegar a casa, lo escuché. Fue como, ¡hostias! Pensé que no tenía ni idea de nada. Entonces saqué la guitarra del trastero y fui haciendo las paces con ella mientras tocaba canciones de él o de Farina.

—La guitarra llevaba seis años metida en un trastero. ¿No la habías tocado ni una sola vez?

—Ni una, tal cual. Esa época me gustó porque fue muy inocente. No tenía ninguna aspiración, solo lo hacía porque me gustaba tocar en casa de nuevo. Pero, de repente, descubrí a Glenn Jones en un vídeo de Tiny Desk. Recuerdo el momento exacto, fue muy fuerte, como cuando conoces a una persona por primera vez y sientes que tienes una conexión más allá. Descubrí que la manera en la que yo estaba tocando de nuevo era el camino a seguir para poder crear algo que fuera mío de nuevo.

 

—En esa época también tuviste dos hijos. ¿Son conscientes de que su padre toca la guitarra?

—Tienen 5 y 2 años y para ellos que toque la guitarra es como que friegue los platos. A Gabriel, el mayor, sí que le gusta mucho la música. En verano hice la prueba de ponerle «I Can’t Help Falling In Love With You», de Elvis Presley, del que yo no es que sea muy fan, y fue como un click para él. Quería que le pusiera la canción todo el rato y yo pude escucharla como si fuera la primera vez, sin los típicos prejuicios contra el músico. Me di cuenta de que es una canción increíble y me pasé toda la gira que hice después en verano escuchando a Elvis todo el rato. Es como los Beatles, que tenemos tantos prejuicios, que no somos capaces de escucharlos con oídos inocentes.

Es lunes y hemos sobrepasado la medianoche. Nos echan del bar de la calle Embajadores (barrio de Lavapiés) en el que nos encontrábamos charlando. Batallita por aquí, batallita por allá. Isasa llegó de su gira por Inglaterra la noche anterior y se ha tenido que levantar temprano para trabajar, pero decidimos buscar otro sitio para terminar la charla. Por el camino recuerda entre risas los mail que le envió, esta vez, al propio Glenn Jones, contándole también lo que le había impresionado su forma de tocar y cómo le había motivado para volver a componer. Estos tampoco tuvieron respuesta. El único sitio abierto es la taberna Juan Raro, en la calle Miguel Servet.

—¿Tardaste mucho en lanzarte a tocar en directo de nuevo con tus temas?

—En esa época también estuve intentado montar un grupo con Mario, el guitarrista de The Joe K-Plan, pero cuando comenzaron las complicaciones de quedar para ensayar o tomar ciertas decisiones que me recordaban a ARWAV, tuve claro que yo quería tirar para adelante, sin darle demasiadas vueltas. Me dije, nada, a componer por mi cuenta y a hacer algún concierto. Me estrené en la Faena II, teloneando a Carnisaur, que fue la primera persona a la que yo escuché tocando una versión de John Fahey y flipé. Tuve la suerte de que la gente se acordara de mí y, a partir de ahí, todo fue bastante rápido. En mi quinto concierto estaba teloneando a Sir Richard Bishop.

—¿Cómo estabas los días previos al primer concierto?

—Muy nervioso.

—¿Te sentiste bien después de lo vivido?

—Me gustó, pero fue un poco raro porque estaba solo. Cuando tienes un grupo, mola el ratillo en el que, después del concierto, hablas con tus compañeros de cómo ha ido. Y eso, claro, ya no existía.

—¿Echas de menos ese «feedback» componiendo?

—Sí, mucho, sobre todo cuando estoy cansado y pienso que lo que me sale es una mierda. Pierdo toda la objetividad y estoy jodido. Me pasa mucho, pero intento aislarme un poco de eso y aceptar lo que me sale. Pensar: «No es la leche, pero es lo que me está saliendo y es lo que tengo».

 

—¿Por eso te lanzaste a incluir en «Los días» una versión de «La bien pagá»?

—Bueno, tengo un proyecto de hacer un disco de versiones. El disco de «Lágrimas negras» de Bebo Valdés y El Cigala me pilló en Holanda y lo pude escuchar aislado del boom que significó en España. Lo escuché millones de veces y la versión que hacían de «La bien pagá» me parecía increíble, así que, cuando tenía las fechas del estudio, la preparé en dos días y la grabé.

—No han pasado ni tres años y no solo has dado más de ochenta conciertos y grabado dos discos, sino que, además, has tocado con algunos de tus ídolos. ¿Te ha sorprendido?

—Claro que me ha sorprendido, mogollón. Ahora se van a cumplir solo tres años del primer concierto y si pienso en todo lo que ha pasado, con Geoff Farina, Glenn Jones, Sir Richard Bishop, la gira por Inglaterra o haber teloneado a A Silver Mt. Zion ante 300 personas antes de haber publicado mi primer álbum, flipo. Si hace tres años me dices simplemente que iba a conocer a Glenn Jones, pienso que ni en sueños.

—Pero lo conociste, mantienes contacto con él e, incluso, ha hecho la reseña de tu último disco.

—Sí. Antes de sacar mi primer disco, «Las cosas» (La Castanya, 2015), decidí que quería comprarme una guitarra Guild, una marca que yo sabía que a él le gusta mucho, con un dinerillo que tenía ahorrado. Decidí mandarle un mail medio inocente, preguntándole por un modelo que él tenía, y esta vez me contestó al instante. «Está muy bien. Yo tengo una igual que no uso, si quieres te la dejo por la mitad de lo que te la venden ahí». Mientras hablábamos del envío, me volvió a escribir: «Me da rabia, porque yo compro muchas guitarras Guild de segunda mano y las reparo. Estaría bien que te lo pensaras y te vinieras a probarlas todas cuando pudieras, para que encontraras exactamente la guitarra perfecta para ti». Lo vi claro y me fui un fin de semana a Cambridge (Massachusetts), al lado de Boston. Al final me pillé dos a mejor precio, una de ellas, la que usaba precisamente en el vídeo de Tiny Desk. Esa guitarra la tengo en casa como un tesoro, tan solo he dado un concierto con ella. Ni siquiera me la quise llevar a Inglaterra por si le pasaba algo, y eso que no me costó muy cara, solo 700 dólares.

—¿Qué hicisteis a parte de comprar las dos guitarras?

—El tío me trató con toda la naturalidad y estuvo todo el fin de semana conmigo. Me llevó a tiendas de guitarras superguapas y recuerdo que señalé una Martin que me gustó. La cogió y se puso a tocar uno de sus temas. Yo estaba flipando. Glenn Jones en frente de mí en una tienda tocándome una de sus canciones. También me llevó a comprar discos, mientras me contaba un montón de historias de John Fahey y Jack Rose, que eran muy amigos. Volviendo de una de las tiendas de discos, me dijo: «Ahora te voy a enseñar unos sitios históricos». Yo pensé en catedrales y cosas así. Pero, de repente, me empezó a pasear por los sitios en los que había tocado Fahey. Fue muy guay.

—Recuerdo ir a un concierto de Geoff Farina en la sala Fotomatón…

—¿Estuviste? Hostia, ese está entre los cinco mejores conciertos de mi vida…

—Pues yo te recuerdo acercándote a Farina con una especie de maqueta, cuando aún no habías sacado tu primer disco. Tú siempre ahí insistiendo…

—Aquellos eran los primeros temas que tenía grabados. Cuando le teloneamos con ARWAV no hablé prácticamente nada con él. Las dos o tres veces que volvió con Glorytellers o solo, siempre le pedía que me firmara algo, pero no teníamos mucho de qué hablar (ríe). Es un hombre de pocas palabras. Ese día le pasé los temas y le dije que solo quería que los escuchara, que no hacía falta que me escribiera ni nada. Pero, además, le pregunté por el tipo de púas que usaba y fue como un click para él. Empezó a hablarme del tema y, al final, me dijo que le escribiera por mail. Cuando lo hice, esta vez me contestó, diciéndome que le habían gustado y animándome a que siguiera grabándolos. Y cuando volvió de gira la siguiente vez, le pidió a su promotor que yo fuera el telonero de sus conciertos en Madrid, Jaén y Alicante. Es lo más flipante que me ha pasado en este tiempo. Mi ídolo desde los 18 años quería que yo le teloneara. Después de los conciertos nos quedábamos tomando algo y me contaba cosas alucinantes de John Coltrane, cuyos solos él había estudiado. El tío es una enciclopedia e imparte clases de blues en la universidad.

—Al final todo eso ha sido una cuestión de fuerza de voluntad, de «hazlo».

—Totalmente. Si hubiera esperado a tenerlo todo controlado o buscar otro tipo de excusas, probablemente no estaría aquí. Es como la gira de Inglaterra, a la que he dedicado mogollón de esfuerzo y en la que he perdido un poco de dinero, casi nada. El otro día incluso pensé: «¿Para qué me meto en estas historias?». Siempre vas a tener motivos para rendirte, pero no hay que hacerles caso. Tienes que moverte, porque nadie te va a llamar para decirte que te vayas una semana a Gran Bretaña a tocar.

—¿Y te pones metas más ambiciosas ahora?

—Sigue siendo la misma actitud, en la que lo importante es lo que hago en el momento. José de A Room me contó esa anécdota del primer ensayo de Fugazi, en el que los cuatro se dijeron: «Esto es lo más lejos que vamos a llegar y todo lo que vamos a conseguir». Esa es la actitud. El hecho de que no consiga ir a tocar a Estados Unidos no va a significar que lo que estoy haciendo no valga la pena. Tocar la guitarra es lo esencial.

—¿Eso ya no es una fuente de frustración para ti?

—No. Lo que encierra la anécdota de Fugazi es que si te gusta juntarte para ensayar, eso ya está bien, no pueden pasar cosas malas. Si a mí me gusta tocar la guitarra en casa y tengo interés por componer, todo lo demás da igual.

Una de la madrugada. Nos echan también de la taberna Juan Raro. Ya no quedan sitios abiertos.

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