Apaguen la luz y cierren los ojos: Iron & Wine

Apaguen la luz y cierren los ojos: Iron & Wine

Publicado por el Nov 11, 2015

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No soy yo muy amigo de aquellas bandas cuyo cantante, guitarrista y líder se lanza en formato reducido a hacer conciertos en solitario aprovechando el tirón de sus canciones. Lo he comprobado en no pocas ocasiones con grupos a los que admiro, como Mark Kozeleck de Red House Painters, Michael Gira de Swans, Ken Stringfellows de The Posies, Chris Brokaw de Come, Howe Gelb… Pero llegó Sam Beam para tirar por tierra esa máxima. Él solo con su guitarra fue capaz de llenar hasta reventar el Teatro Barceló de Madrid, para mi sorpresa, y sumir en el más absoluto silencio a los más de 1.000 asistentes cantando a capela «Flightless Bird, American Mouth».

Fue precisamente en ese momento mágico cuando mi amigo Íñigo describió a la perfección, emocionado, lo que es la música del hombre que está detrás de Iron and Wine: «Hace ya muchos años que, el día de Nochevieja, justo antes de la uvas, tengo un ritual que repito invariablemente. Me escapo a mi cuarto, me tumbo en la cama, pongo este tema, apago la luz y cierro los ojos. Es la canción más bonita del mundo». Una imagen que, valga el tópico, vale más que las mil palabras que yo pueda disparar sobre esta crónica para intentar acercarme a lo que producen las melodías de este trovador nacido en el sur de California.

Fueron muchos los que este domingo cerraron los ojos y se imaginaron la luz apagada cuando Beam apareció en el escenario con dos guitarras acústicas, una pequeña mesa con una copa de vino tinto y su barba a lo Karl Marx. No había guión alguno para la noche, ni papelitos en el suelo con los temas a promocionar, ni nada de nada. El público mandaba, quizá como regalo por ser esta la primera vez que la mayoría de los allí presentes le veían en directo. Como él mismo se encargó de recordar en un par de ocasiones, no daba un concierto en Madrid desde 2002, año en el que sacó su primer disco, «The Creek Drank the Cradle» (Sub Pop), y fue alzado como «uno de los pilares de la música folk del siglo XXI».

«Bueno, ¿con qué queréis que empiece?». Y los asistentes pidieron, algunos a grito pelado, otros más tímidamente. «Oh, esa está bien. Vamos». Y sonó «Half Moon», y la gente calló como si de una sesión de hipnosis se tratara. «¿Ahora qué?», «¿cuál es la siguiente?», «¿qué habías dicho tú?», «perfecto, esa me encanta»… Y avanzó la noche entre charlas con el público, bromas y carcajadas para romper la tensión creada por el sonido apagado de la guitarra y los susurros al micrófono, permitíéndole alejarse de esa imagen de leñador triste. Demostró Sam Beam una habilidad especial para hacer reír a todo los presentes y, dos segundos después, emocionarlos con «Each Coming Night», «Boy With A Coin», «The Trapeze Swinger», «Low Light Body Of MIne», «Naked As We Came». «Tree By The River» o «Walking Far From Home». Podías llegar a creerte que, si hubiéramos cabido, no le hubiera importado nada meternos a los mil en el salón de su casa para seguir la velada.

Solo un hombre perdido en la cabina de sonido, con el partido del Real Madrid-Sevilla puesto en su móvil, era el único al que no parecía importarle ni conmoverle lo que allí sucedía. Ni tan siquiera con la versión de The Postal Service («Such Great Heights») o la de New Order («Love Vigilantes»), temas cercanos a la música electrónica que el guitarrista transforma hasta hacerlos irreconocibles y, sobre todo, propios, siguiendo la senda tomada en el disco grabado recientemente junto a su amigo de la juventud, Ben Bridwell (Band of Horses), con los temas que les marcaron en la adolescencia.

Atendió también las peticiones con «Carousel» e «Innocent Bones», de su disco «The Shepherd’s Dog» (Sub Pop, 2007). El público acompañó a las palmas y acabó rindiéndose con «He Lays In The Reins», grabada en 2005 junto a Calexico, con esos coros agudos creados para la ocasión que ponen los pelos de punta a cualquiera, incluido al que escribe. Y podría el respetable haber estado pidiéndole canciones unas dos o tres botellas de vino más sin notar el cansancio ni echar de menos, por esta vez, el bajo, la batería o la trompeta. Y eso que yo no soy muy amigo de aquellas bandas cuyo cantante, guitarrista y líder se lanza en formato reducido a… en fin.

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