Sabina, tan joven en Madrid

Publicado por el dic 17, 2014

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«Lo primero que quise fue marcharme bien lejos». Es el primer verso de «Tan joven y tan viejo», una canción que Sabina grabó allá por 1996 y que este martes Antonio García de Diego versionó en el Palacio de los Deportes de Madrid. Dijo que todo se lo debía a Joaquín, armado con una guitarra y su voz, y su voz calló el resto de las 15.000 voces que poblaban el reencuentro de este espigado poeta no solo con su público sino con su profesión.

El sábado, durante su primer concierto, muchos pensamos que realmente «el flaco» quería marcharse bien lejos, bajarse la responsabilidad de los hombros y recluirse en su casa de Tirso de Molina a leer un libro. A beber un whisky. A fumar un cigarrillo. A hacer, en definitiva, cosas compatibles y que le hicieran feliz. Aquel día, el músico no lo fue. Los gatillazos nunca le hacen gracia a uno y además cargan la negrura de lo que le debes al otro (otra). El gesto del cantautor era igual de flácido y su mano batía nervios entre su boca y el micrófono. Y la gente quería tanto de él, que daba la impresión de que ni siquiera habían pasado dos horas de directo antes de aquel «lo siento».

Los dos días siguientes han sido una catarata de rumores y teorías sobre los motivos para que el de Úbeda se bajara del escenario antes de tiempo. En los comentarios de las noticias de todos los diarios digitales, así como en las redes sociales, el cainismo de este país se cebaba contra una de las personas que harán (ha hecho) historia en la música en español. Venían sin embargo otros a decirle que le apoyaban, pero esos ya nacían del otro lado del charco, donde Sabina cuenta con buena parte de su legión de seguidores. Es este un país de prejuicios y de ideas fijas, y si «el flaco» se empolvaba la nariz en aquella juventud que alargó hasta los 50, había que fabular con que ahora también lo hace (tampoco recuerdo yo que cancelara muchos eventos por aquel entonces). Y había que insistir en que un tipo de 65 tacos, que no necesita subirse ya a ningún escenario, prefiere hacerlo y dejar a la gente con el aplauso en la boca. «¿Y qué más da que antes se metiera lo que quisiera?», me decía mi chica cuando salíamos del concierto. Y tenía razón.

Estamos demasiado acostumbrados a explicar lo que no sabemos metiéndonos en la vida del resto, equivocándonos y aun así pisando en el centro de la diana. Por eso fuimos muy felices este martes, cuando Sabina se comió el escenario en compañía del resto, cuando se reafirmó como lo que siempre ha sido: un sensible crápula que no podía evitar sonreír al vernos a todos tan a gusto en el salón de su casa. Ese que tiene vistas a una poesía sin lugares comunes, que educa el corazón y la cabeza, que arrancó lágrimas de decenas de generaciones que le necesitaban.

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