Una piscina para no ir al Mediterráneo

Publicado por el dic 9, 2014

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Creo que nadie sabe cómo se llama porque también es cierto que da la información que quiere. Es impenetrable y solo se interesa por ti en la parcela justa de lo que te pregunta. Viste abrigo color camel, peina las canas hacia atrás y dice que vivió en la calle Alcalá, en el número 100. Que a él le gustaba ir al Corte Inglés de Goya y que ahora puede hacerlo siempre que coja el autobús 146, que es una de las líneas que buena parte de los redactores de ABC cogemos cada día para ir a la redacción. Para él, ese autobús es la justicia que le permite pasear por esa calle, que para un madrileño profesional es como la columna vertebral, o el páncreas, o cualquier órgano o hueso esencial para seguir vivo y digno.

Me cogió en una de esas rutinas de transporte público al trabajo. Con la excusa de sentarse a mi lado porque la puerta de salida estaba más cerca, comenzó un monólogo de su vida: una cooperativa para hacer 150 viviendas, su casa magnífica, el fin del alquiler.

En una constante de la queja, de la necesidad de cambio, el hombre del abrigo camel es feliz presumiendo de aquello que ahora nadie quiere. El hombre del abrigo camel alardea de que su piso le costó 80.000 pesetas porque él fue uno de los que lograron que un determinado constructor se llevara el gato al agua. El hombre del abrigo camel se cansó de pagar un alquiler, anquilosado en la idea de que la vida se construye de verdad si has conseguido hacerte en propiedad con algo construido.

Doscientas veinte mil pesetas pagaban de arrendamiento él y su señora por aquel piso en Alcalá número 100. Ya basta de aquella tropelía, de pagar por lo ajeno, de no dejar el alma en los ladrillos, como si el único posible testimonio pétreo de vida fuera la lápida; siempre que sea en propiedad, claro. Siempre que el sudor permita pagar un hueco de obra hasta que no quede un familiar lo suficientemente directo como para llevarte flores, para observar un día que la peregrinación anual a los restos exige un lugar donde depositar flores. Alicatar el precio del recuerdo en ramos frecos, en hipotecas febriles, en inconsciencia periódica de abono, que ya en la putrefacción es más lo que le servimos a la tierra que lo que se queda el seguro por dejarte ahí tumbadito.

El hombre del abrigo de camel venera su triunfo con sonrisas alternas mientras me habla de una piscina de 15 metros de ancho por 23 de largo. Y habla de una casa en el Mediterráneo que antes alquilaba para poder mojar la piel sin pedir permiso al sudor. Dice que ya no es necesaria: una piscina de 15 metros de ancho por 23 de largo en su comunidad. Vuelve a reír. Su deambular mundano, condenado siempre al mismo líquido, cuando solo el corazón es capaz de explicar cuando hemos encontrado el fluido ajeno en el que queremos quedarnos toda la vida.

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