Partisanos

Publicado por el nov 4, 2014

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Si te desentiendes, lo peor de la crisis es el destino. Se puede creer en las glorias de los gladiadores, que condenados a su suerte y fuerza en la arena, se esmeraban en ganar una plaza a la vida. Y allí estaba el horror, la sangre vomitada por las venas, la arena absorbiendo el triste letargo del muerto. Pero en el horror hay un capítulo previo que se llama esperanza. Eso existe si hay oportunidad, si con armas o currículums hay capacidad de maniobra: inteligencia espacial, dueño del hierro, de los músculos, del tiempo restado a la espera del público. Al morbo lo combate la alegría, como a los pronósticos la verdad que revela el tiempo.

Las generaciones que se han formado se han quedado en el lapso (el limbo dicen que ya no existe) de la espera, y no imagino cosa peor que verte sin armas para exprimir tu propia fuerza. Decía José Luis Sampedro que nos habían construido como consumidores y productores: piezas que devoran las vigas del edificio de hormigón hambriento. Hombres de acero a temperatura fusión que este desmoronaba en «La sonrisa etrusca», aquella novela donde la fuerza de un partisano canceroso se derrumbaba en la ternura de un niño, cuando el peso del recuerdo de las balas silbando era aire que maleaba un inocente cochecito que rumiaba que todo estaba por construir.

Todos somos una mano tendida a nosotros mismos y en eso reside el plazo del calendario, que mira huidizo porque cuando de uno no depende parece que la única solución es mirar al cielo, a buscar ese limbo clausurado por una comisión teológica en 2006.

La ciudadanía debe recuperar la idea de que el sistema que nos rige lo hacemos entre todos, que no pertenece a manos de anuncios de cremas por las que habita la hipócrita textura de un plasma. El destino, para bien o para mal, es una responsabilidad que pertenece a las causas. Yo soy una causa, tú, también. Por eso, el día que toque pasear un cochecito no quiero que nos pese el remordimiento de ser consecuencias de plastilina.

Digo esto porque hace poco tuve en brazos a mi primer sobrino y cuando mi prima me dijo que le sujetara la cabeza porque le vencía el cuello, entendí que de nosotros dependía su futuro. Días después, A. me cogió de la mano y me dijo que nos iría bien. Es una promesa que ni ella ni yo vamos a otorgar al libre albedrío. Todo está por hacer y aunque no lo creas, tú tienes más armas que yo. Al fin y al cabo, al desayuno siempre le recuerdas lo que has soñado y tienes la decencia de compartirlo con el resto. «El que no sueña, enloquece», me dijo una profesora de Filosofía en Bachillerato. Yo ahora le preguntaría si estamos locos o si el despertador siempre fue el pistoletazo de salida.

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La siesta de los perros © DIARIO ABC, S.L. 2014

Dijo Camba que él soñaba para un periódico diario de Madrid. También, que los verdaderos sueños los tenía cuando dormía del lado del corazón.Más sobre «La siesta de los perros»

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