James Foley y la memoria

Publicado por el Aug 22, 2014

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El periodista James Foley en el vídeo de su ejecución, junto a su verdugo

El periodista James Foley en el vídeo de su ejecución, junto a su verdugo

Parece que a los periodistas nos hace falta James Foley rapado, de rodillas y vestido con ropa naranja, minutos antes de que le degüellen, para recordar que aquí estamos, que la profesión sigue siendo necesaria y que cómo se les ocurre decir a algunos que no, si gente como este fotoperiodista norteamericano se ha jugado (literalmente) el cuello por contar lo que pasa en una parte del mundo.

El sentimiento de pertenencia a un colectivo es tan peligroso como las miserias privadas de cada uno porque se entrecruzan y acabas sin saber por dónde salir e incluso dudas de quién eres. En lo personal, juntando letras desde Madrid y con la revisión eléctrica de casa hecha (por no arriesgar, no tengo ni gas), me incomoda que algún compañero en similares circunstancias se ponga la careta de Foley (o de Politkóvskaya, Colvin, o de cualquiera de los 1.576 periodistas o fotógrafos que han muerto en zonas de guerra desde 1992) para reafirmarse profesionalmente. No se es más periodista por escribir bajo las bombas pero tampoco por adherirse a un club que se funda y disuelve cuando conviene, y al que uno se invita a pasar sin pedir permiso.

Quizá por la (no siempre afortunada) inmediatez de la profesión y porque esta requiere de hormigas en todos los flancos, esta historia vaya de aprenderse el capítulo uno de la responsabilidad que adquirimos con la sociedad y con ella a cuestas obligarse a pasar por delante del espejo antes de irse a la cama. El periodismo no puede estar esperando mártires para decirse que hay que seguir fabricando información. Seguro que Foley creía en la veracidad, en la independencia, en la libertad como consecuencia de su trabajo… Son axiomas intrínsecos al buen uso de la profesión que seguro comparten todos los informadores con ética de este mundo. Y también son las demandas que cualquier lector, oyente o espectador que respete su papel como ciudadano debe exigirnos.

Foley ha sido asesinado por la barbarie terrorista tras ponerse en el ojo del huracán por amor a su trabajo y a una manera, ni la mejor ni la peor, de entenderlo. Su muerte, como la de otros muchos reporteros, debe engrandecer la «hemeroteca» de una labor que puede cargarse con la misma facilidad de dignidad o de cinismo, y en el que ellos apostaron con todo por la primera opción. Respetar esta ocupación de contar lo que pasa desde Gaza, Damasco, Madrid o Nueva York, convierte la memoria en afecto y respeto, pero nunca en una terrible e innecesaria arma de autojustificación que solo le sirve al que empieza a dudar de si lo que está haciendo tiene sentido.

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