Sonrisas y balances

Publicado por el Jul 11, 2014

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«No te preocupes, yo te cuidaré y vivirás mucho…», le dijo, onírico, Ignacio Carrión a su madre mientras sollozaba . «Es el primer sueño en el que mi madre no me amenaza. No la odio ni la temo», afirma. «Aparece desvalida, necesitada de cuidados. Y de amor», concluye. Recuerdo estas líneas esta semana en que la mía cumplió años en el mismo instante en que yo me sentía demasiado lejos. Uno va tomando conciencia de la edad propia y la del resto, también de la distancia y de si existe algún formalismo con el que acercarse. «Envíale un ramo», me dice quien está siempre a mi lado. Me fio porque el consejo viene de alguien que sería capaz de comerse su propio corazón antes de cocinar uno ajeno, y eso entre caníbales dice mucho de ella. A veces yo los he cocinado, pero solo si ya estaba tratándome la anemia.
La distancia y los años son un buen caldo de cultivo para los engaños que uno se profiere, que vienen aderezados con las responsabilidades. El mundo oposita a un currículum mientras habla de la humanidad como si anduviéramos convencidos de que lo somos. «Humano: comprensivo, sensible a los infortunios ajenos». Lo reza la tercera entrada del término en el diccionario de la Real Academia Española, que algunos dicen que debería actualizarse. Yo limitaría la definición a la antítesis de los robots, pues para traicionarnos, a la carne y al hueso todavía les hacen falta dos razones (como mucho).
Esto lo ha explicado bien Jenaro, que tenía una empresa de WiFi gratis que decoraba un Madrid que creen que será más dinámico por tener internet y bicicletas públicas en cualquier lugar. A mí lo de la conexión gratis me parecía una cosa tremenda porque soy de esa generación que tuvo que esperar a la Comunión para tener su primer ordenador en casa. Aunque lo cierto es que nunca pude conectarme al milagro que Jenaro vendía cada segundo. Gowex era para mí una quimera, el dedo que marca el límite de hasta dónde puedes morder el bocadillo de un colega en el recreo del colegio. Todo iba bien pero yo no me conectaba y era un presagio del que desconfiaba porque todos vemos que lo que les funciona al resto, a nosotros nos toca verlo como si fuéramos Patrick Swayze en «Ghost», pero sin médium.
La duda que ha arrastrado a todo el mundo es cómo este tipo logró engañar durante tanto tiempo a tantas personas y yo creo que todo era cuestión de ilusión, que es peor que el porvenir si carece de pruebas. Si te dan una palmada en la espalda y una sonrisa, los balances pasan a un segundo plano. Lo demoníaco de Jenaro es que fuera capaz de sonreír cuando salía del camerino apestando a maquillaje con los resultados de su empresa en la mano. «Llorar cansa, ¿sabes?», me dijeron esta semana. Peor tiene que ser ponerle antiojeras a la mentira y yo prefiero la gente que, agotada, termina durmiendo en tu hombro confiada en que pronto pasará la tormenta que esperaba Dylan. «I saw ten thousand talkers whose tongues were all broken», o lo que es lo mismo: «Vi diez mil oradores cuyas lenguas estaban rotas». Yo a mi madre, el año que viene, le doy un abrazo.

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