La oftalmóloga asesina

Publicado por el jun 19, 2014

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Felipe VI saluda a los ciudadanos tras su proclamación como Rey

Felipe VI saluda a los ciudadanos tras su proclamación como Rey

Había dos opciones: quedarse en la cama o bajar tres manzanas hasta la Gran Vía. Quien me conoce, sabe que la primera opción era la más previsible pero hay días que hasta yo mismo me sorprendo. En Madrid, el calor y el olor a colonia de turistas curiosos era todo uno. La Policía había cerrado todos los accesos y para llegar a tan insigne calle era necesario el cacheo, que es una cosa que te hace sentir entre ridículo y, como dijo Saramago, «pequeña súper potencia». «¿No llevarás nada peligroso?», me pregunta el poli. «Le juro que nada de electrolatino en el mp3», le contesto. Yo ahí ya me estaba sintiendo un poco Tony Soprano cuando les llevaba algo de desayunar a los del FBI, que estaban de incógnito en la puerta de su casa. Entre tantas, a una señora le explican que puede pasar con su botellita de agua pero que le tiene que quitar el tapón. La mujer, que no ha terminado de entenderlo, se bebe la botella como esos tíos que para certificar su ración de testosterona engullen una jarra de cerveza en segundos. A ella le cuesta un poco más, cuando va por la mitad se atasca. La cosa es que en un día así nada se puede ver medio vacío y se la bebe entera. Espero un: «¡Por el Rey!» Nada. Llego a Gran Vía todavía con la imagen de su papada temblando en cada trago.

Paso unos veinte minutos esperando que Felipe VI pase a saludar y me entretengo buscando francotiradores en las azoteas. Lo único que encuentro es un señor que saca medio cuerpo por una ventana del hotel de enfrente, y a su mujer diciéndole algo así como que se meta para dentro, que ya no tiene cinco años. Mientras, una chica que está justo delante de mí ha apostado porque yo salga tuerto de ahí y ya van dos veces que me mete la bandera de España por los ojos. «¡Qué nervios!», dice. Estoy por decirle que tranquila, que a la tercera va la vencida. Dudo. Igual me entiende la frase por otro lado y me sacan de allí a patadas por republicano.

Se anuncian caballos a lo lejos y hay quien ya da saltitos y palmas con las manos. Los 1,72 metros con los que me ha dotado la genética no ayudan y cada vez veo peor el paso de la comitiva. El nuevo Rey lo sabe y por eso saluda de pie. Imagino lo tenso que tiene que ir el conductor pensando en que no se le desmande el embrague. A mí me entra el nervio por sacarle una foto para mi madre, que espera en provincias delante del televisor. Felipe VI se pierde por la Gran Vía con un montón de caballos y el fervor me lo ubica en un «Pasión de Gavilanes» castizo. Subo Fuencarral y no puedo esperar a ver qué tal ha salido la instantánea. Observo entonces que mi amiga, la oftalmóloga asesina, me ha tapado por completo al Monarca con su bandera. La busco entre la multitud porque entre tanta épica me entran ganas de retarla a un duelo. Pero es que ella tenía un mástil y a mí ya me habían cacheado, y no estamos como para emprender batallas que sabes que vas a perder.

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