Cuando fuimos los mejores

Publicado por el jun 11, 2014

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Anda el Gobierno preparando la nueva ley del alcohol, que no llegará a prohibir la publicidad de bebidas con graduación o lo que es lo mismo, bebidas espirituosas (que todavía hay gente que las llama así y es capaz de seguir dirigiéndote la palabra). Lo que sí van a tratar de evitar es que resulten excesivamente atractivas para el público; es decir: pague la publicidad pero no las venda bien, por favor, que Rick Blaine era un impostor.

Según leo, la propaganda de estos productos no deberá utilizar un diseño atractivo para los menores. Se deberá evitar el lenguaje, la música, los argumentos o las voces que puedan resultar atractivas. Tampoco se podrá utilizar la voz o la imagen de personas de menos de 24 años, ni vincular las bebidas alcohólicas con el ocio, el deporte, la diversión, la euforia, el éxito social, el riesgo… En resumen, que el tío del Martini se va a hacerle lo de los morritos al funcionario del paro y cualquier día tenemos al busto parlante casi robótico de Ana Blanco anunciando whisky de madrugada, por aquello de lo aséptico.

La pirueta para los publicistas se anuncia más complicada que la participación de Falete en «Splash, famosos al agua», en ese objetivo de borrar del ideal colectivo la asociación del alcohol con el éxito social, que seguramente es una de las mentiras consensuadas más grandes de la humanidad. Recuerdo noches en las que yo y mis amigos éramos reyes del mundo que no entendían la cara de pena de algunos transeúntes, y cada vez que rememoramos algunas juergas poco nos falta para irnos a grabar con Loquillo aquello de «Cuando fuimos los mejores». Nosotros, que somos de provincias y a los diez minutos ya andaríamos dándole una palmada en la espalda y llamándole «Loco».

Lo cierto es que poca broma se puede hacer cuando, según la Organización Mundial de la Salud, más de tres millones de personas mueren cada año a causa de su consumo. Así, lo de prohibir que se anuncie con fines terapéuticos guarda todo el sentido, aunque hay días en que uno lo duda. Este fin de semana estuve en la Feria del Libro y mi editor quiso presentarme a otro que dirige una importante editorial. En esas que andaba yo poniendo cara de profundo, como lanzando con rayos láser que el borrador que le podía enviar en unos meses ya merecía la pena ser leído solo por mi mirada penetrante harta de batallar con sus propios fantasmas. En esas estaba cuando un ave libre y colocada de laxante me cagó en el hombro y menos mal que la camiseta era blanca, que solo estuve diez minutos tocándome el pelo por si me lo había regado también. Un arte del disimulo donde acabé emulando a un mono que se despioja ante el público del zoo mientras el otro me miraba de reojo pensando que tenía un tic o algo, y que estaba para todo menos para sacarme de la gruta donde un chiflado me había encontrado.

—¿Sabes que no me he enterado de nada de la conversación porque pensaba que un pájaro se me había cagado encima?

—¡Qué dices! ¿Te has limpiado?

—Sí, pero vamos a echar unas cañas, por favor.

—Vamos.

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