¿La España ingobernable?

Publicado por el may 28, 2014

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Les juro que cuando vi que Podemos arañaba cinco diputados en las elecciones europeas, los ojos se me quedaron como los de un conejo cuando le apuntas con las largas del coche. Y esto poco tiene que ver con la ideología del partido, que es la de Izquierda Unida pero con la ventaja de no tener hemeroteca. Por eso los «camaradas» de IU se han apuntado a la fiesta, cuando en realidad deberían reflexionar sobre un partido que les «copia» y que encima les roba cientos de miles de votos. Si son casi lo mismo, como llevan alegando todos estos días, ¿por qué la gente no les ha votado a ellos?

El caso es que el juego político español se ha mostrado en este ensayo democrático usualmente descafeinado (tan solo un 45,84% de participación) como un tablero donde el bipartidismo se resquebraja a marchas forzadas por el desencanto y la irrupción de los nuevos canales de comunicación con los votantes.

Ignacio Camacho escribía en su columna del pasado lunes en ABC, titulada «La avería del bipartidismo»: «Si no se produce una corrección de ese impulso fragmentario y al menos uno de los dos partidos cardinales y/o otro de los intermedios incrementan de manera sensible su facturación, las generales de 2015 pueden desembocar en una crisis de ingobernabilidad inédita desde la refundación democrática». Efectivamente, la diversidad de voto ha puesto la inestabilidad de un futuro gobierno como la consecuencia que más preocupa. Esto me recuerda a algo que se ha dicho desde el principio de la crisis (causa principal, por cierto, de estos lodos) sobre nuestro país: el miedo al cambio como patología a todos los niveles. Por ello, y quizá para curarnos un poco, en lugar de ver este escenario como un problema, habría que asumirlo como una oportunidad de demostrar una madurez democrática, tanto de los partidos y su capacidad de negociación, como de la sociedad y su participación en el Estado.

Teorías sobre el auge de Podemos se han escrito cientos y entre ellas algunas delirantes, como la excesiva participación de su líder, Pablo Iglesias, en los medios de comunicación. ¿A qué periodista no le gustaría contar en su tertulia con los candidatos o responsables políticos de primer orden de todos los partidos? Si no van, no creo que sea porque les falte la invitación y quizá esto también haya servido como lección. Sobre todo cuando la mayoría eligen el mitin para hablar, un formato que cualquier asesor de comunicación sabe que carece de efecto más allá de los militantes y en el que, por cierto, no hay debate. De las ruedas de prensa sin preguntas, mejor ni hablamos.

La discusión sobre la ideología de Podemos, o la conveniencia de que logre cierta capacidad de acción en la política española, va por otro lado. Lo que no es razonable es que un sistema turnista se justifique y perpetúe por el argumento de que así todo está más tranquilo. Democracia es traducir la voluntad del pueblo en el Parlamento, y en toda la sociedad española y en los políticos en particular está la tarea de construir gobiernos estables que se adapten a todo tipo de circunstancias. El resto son huidas hacia delante, bombardeos y excusas que no sirven para nada. ¿No había que recuperar la grandeza de la política? Pues adelante.

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