Helena y Jep Gambardella

Publicado por el May 22, 2014

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Llegar tarde, como siempre, pero llegar. Llegar a «La gran belleza», la última película de Paolo Sorrentino. La película en la que Jep Gambardella sujeta los cigarrillos entre los dientes como si la espuma del filtro fuera el caramelo que frena el cáncer y la enfermedad pulmonar obstructiva crónica. Igual que en la vida, en «La gran belleza» no pasa casi nada pero pasa todo porque no hay más vías en las que dirimir los sabores y los reflejos. Al mundo, que le cansan los tópicos, le ha fascinado este largometraje que se derrite en Roma. Y es raro porque en él se refutan todos los prejuicios, con el miedo que da eso ahora que nos buscamos distintos. La putrefacción de las clases altas, medias y bajas, la banalidad del sexo cuando un contrato sin sentimientos se tiende a firmar a largo plazo, lo artificial de los protocolos, las verdades silenciadas, la supervivencia y su obligado cinismo. La belleza, claro. Y lo poco que importa ponerse encima o debajo.

Gambardella, escritor de un solo libro, mundano, alérgico visceral a la mentira cuando es él quien quita la máscara y puede irse de puntillas. Periodista que se recoge en el despacho de una directora de periódico a comer sopa, como el caldo que imagina en su techo, el caldo infinito y azul con el que huir mientras haya gente por las calles. Y el silencio de los paseos anacrónicos, la búsqueda del regreso cuando en realidad cada vez estamos más y más lejos. Congelarse fingiendo que no nos damos cuenta e ir dejando que el resto nos acompañen porque la traición duele menos si hay cómplices o ejemplos.

Mientras la veía, me acordaba del poema «Helena», de Giorgos Seferis, que trata de un soldado que regresa de la guerra y cae en la cuenta de que todos los años de sangre y batalla han sido por una mera ilusión:
«Un enorme dolor había caído sobre Grecia.
¡Tantos cuerpos arrojados
a las fauces de la mar y a las fauces de la tierra!
¡Tantas almas
lanzadas a las piedras del molino como el trigo!
Y los ríos arrastraban en el lodo la sangre
por un cimbreo ondulante, por una nube,
por un tremolar de mariposa, por la pluma de un cisne,
por una túnica vacía, por Helena».

Y veía a Jep y a sus amigos, a su manera de respirar en todos los ambientes, al lujo de echar tierra de por medio sin recordar demasiado. Ese antídoto efectivo porque carece de valores. Bombas volando sobre Roma como en Grecia y una terraza que agita copas de yate, igual que esos presos que soñaban con una vida mejor en una película de los noventa que tanto obsesionaba (no sé por qué) al músico y poeta Sergio Algora. Las bombas, en definitiva, y un búnker privado para sus colegas. La ilusión de que en realidad no hubiera ninguna batalla.

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