Los osos de Alaska

Publicado por el may 13, 2014

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Es raro que me cojan por la calle a las seis de la mañana si no es porque ya llevo varias horas por ahí, con la percepción por los suelos y el ego reptando por las canciones que suenan en las cloacas. Pero el otro día me tocó madrugar y bajar por las calles del centro, y yo era una bala sobria que caminaba hacia la Puerta del Sol con la velocidad suficiente para no hacer daño a nadie. Y vi a los bares escupiendo gente que lloraba en los portales, sola o con colegas que les tocaban la nuca mientras peleaban por mantenerse rectos. Hay mucha gente destrozada por nada, víctimas del corto plazo, y hay mucha gente que lleva mochilas llenas de piedras y vive sin ascensor. Son las mayores lecciones que uno se guarda en el corazón o donde demonios se apilen estas cosas que no vamos a definir jamás. He visto a mis padres despidiéndose lentamente de los suyos mientras nos abrazaban a mi hermana y a mí; y he estado en casa escuchando la vorágine del resto y he imaginado ese mismo lugar gobernado por el eco, el barro seco que dibuja suelas de zapatos en paro.

Hay épocas en las que se visita el «underground» de lo que somos, lo llaman madurar y el problema es volver a salir a buscar la luz y no voy a hablar de la primavera porque la agotaron de tanto escribirla. Somos animales supervivientes y decimos lo necesario para remar hacia delante sin preocuparnos por los osos que se mojan las garras en los ríos de Alaska.

Hace meses tuve la oportunidad de entrevistar a Andrew Schwartz, que había llegado a Madrid para impartir una conferencia en la Real Academia Nacional de Medicina. Schwartz es profesor de Neurobiología de la Universidad de Minnesota y una eminencia en las investigaciones sobre el desarrollo de la robótica aplicada a los seres humanos. Me dijo que el reto era fabricar brazos y manos, que lo más complejo era controlar el cuerpo de cintura para arriba, cuando toda la humanidad y yo mismo siempre hemos pensado lo contrario. La pregunta oportuna era si resultaba más fácil dar un paso que un abrazo, pero lo pensé cuando ya estaba en la calle, esperando un taxi en Gran Vía, rodeado de balas cruzando a distinta velocidad. No creo que vuelva a ver a Schwartz en toda mi vida y me quedarán los restos, las huellas y las dudas. Lo que sí entendí ese día es por qué hay veces que caminamos mirándonos los zapatos, y también por qué a los osos de Alaska nunca les dejaremos pisar el parqué del salón.

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La siesta de los perros © DIARIO ABC, S.L. 2014

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