«Amanda Knox»: ¿quién es el monstruo?

«Amanda Knox»: ¿quién es el monstruo?

Publicado por el 01/10/2016

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Netflix estrenó este viernes el apasionante documental «Amanda Knox», sobre el caso de la joven estadounidense acusada de asesinar a una chica británica en Perugia. La opinión pública la declaró culpable sin el menor titubeo y la justicia italiana la condenó dos veces, pero casi una década después el caso sigue siendo un misterio. La película no despeja todas las dudas. Habría sido un milagro. Pero nos coloca ante el espejo, a los periodistas y a las personas de verdad. 

El protagonista en la sombra no es Raffaele Sollecito, novio de la acusada que también pasó una larga temporada en prisión. Tampoco el fiscal jefe, Giuliano Mignini, un hombre de bien aficionado a las películas de detectives que tiene pinta de creerse dos palmos más listo de lo que en realidad es. El personaje más controvertido es en mi opinión el periodista británico Nick Pisa, reportero freelance que trabajaba para el «Daily Mail» y vomitó una buena parte de los cientos de titulares sensacionalistas que «ayudaron» al público a formarse una opinión. «Orgía de muerte» puede que sea el más repetido, por las connotaciones sexuales de la historia.

Pisa (el apellido tiene casi tanta guasa como el de Sollecito) describe sus sensaciones sin pudor, como casi todo lo que hace: «Ver tu nombre en portada con una gran historia de la que todo el mundo habla te da un gran subidón. Diría que es como el sexo o algo así», explica sin poder reprimir una risita de íntima satisfacción. El caso de Amanda Knox le dio la vida como periodista. Lo tenía todo: «¿Qué mas se puede pedir en una historia?», pregunta admirado de su propia suerte.

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Con un buen director, un guión de altura y el reparto adecuado, puede que la ficción lograra mejorar esta historia, que tiene la virtud de retratar a sus protagonistas muy a su pesar.

El fiscal jefe, orgulloso de sus rápidas conclusiones, llega a decir que la acusada tiene «problemas con la autoridad», que es un poco «anarquista» (anarcoide dice en realidad en italiano, y suena aún mejor). «Quizá este sea un rasgo normal en Seattle. Esto no lo sé. Prefiero ceñirme a los hechos», admite por fin.

El periodista tampoco encuentra la menor dificultad para justificarse, cuando tanta gente le pregunta cómo pudo implicarse así. Prefiere desviar el tiro: «Eran las mismas personas que luego entraban en internet para enterarse de los detalles».

Las burlas de las cadenas británicas y estadounidenses por la chapucera investigación (un presentador lo encuentra divertido y recuerda el «bungabunga»). El colofón lo pone Donald Trump cuando pide un boicot total a Italia; que nadie viaje allí.  El orgullo italiano se revuelve y un experto asegura que mientras ellos inauguraban la primera facultad de Derecho de Europa, en Estados Unidos aún pintaban bisontes en las cuevas.

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Entretanto, el documental bascula poco a poco, también nos manipula. En los primeros minutos estamos convencidos de la culpabilidad de la muchacha, que parece estar como una regadera y tiene un comportamiento errático. Ante el despliegue de inhumanidad de los implicados, empiezan a inocularnos las dudas. Solo queda claro que el monstruo somos todos, alimentados por la demencial presión mediática y por personajes como Nick Pisa, quien vuelve a justificarse: «Pero bueno, ¿que íbamos a hacer? ¿Como comprobar todas las historias? Dejaría que mis rivales se adelantaran y habría perdido una historia».

Después de ocho años de sentencias contradictorias, seguimos sin saber nada, pero sobre todo descubrimos lo poco que conocíamos de un caso que acaparó portadas y fue cubierto por los medios de todo el mundo. Ruido y más ruido, con poquísima información fiable. Quizá a alguno le consuele saber que el fiscal Mignini (ascendido poco después, por cierto) admite que ha llegado a confesarse por sus errores y mitiga sus incertidumbres pensando en el juicio final, que es menos falible y no admite apelaciones.

Nuestra propia capacidad de juicio queda en entredicho. Y no es malo que nos hagan ver esto. La próxima vez que decidas si alguien es inocente o culpable, piénsalo mejor, porque no tienes ni idea. Los periodistas tampoco. El monstruo somos todos, aunque como diría Orwell, unos somos más monstros que otros.

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