«Narcos 2», el fuego que arde tu piel

«Narcos 2», el fuego que arde tu piel

Publicado por el 03/09/2016

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Netflix liberó el día 2 los diez episodios de su segunda temporada de «Narcos» y ya hay yonkis que la han visto entera, en un chute brutal de casi 500 minutos. La serie más apreciada de la plataforma ha vuelto con el riesgo cierto de no poder competir contra sí misma. Los años más interesantes de su protagonista, Pablo Escobar, son cosa del pasado. Quedaba la caída, menos fotogénica. ¿Se mantendrá el interés o veremos una simple cacería, más propia del género de acción?

El miedo al desastre se disipa en un par de planos. Es casi un milagro, pero uno siente que no ha pasado el tiempo, como cuando se reencuentra con un buen amigo y reanuda una conversación de años. Incluso parece que Wagner Moura habla un poco mejor español. Nuestro idioma predomina aún más sobre el inglés (con cierto abuso del término «verraco»), una de las apuestas más arriesgadas de sus creadores, más aún si se tiene en cuenta que incluso al público español le costará entender algunos diálogos. A veces puede surgir la tentación de cambiar los subtítulos.

A la historia, como es natural, le falta la condensación histórica de la primera temporada, que incluía sucesos del pasado reciente de Colombia con los que se podrían llenar varias películas hasta el borde. El avión de Avianca o el palacio de Justicia, no diremos más, tienen entidad propia como asunto central del mejor argumento.

 

Sigue la voz en off, utilizada con sabiduría «escorsesiana», y ese ritmo latino de contar las cosas, como al son de una cumbia. No se llega al realismo mágico, aunque alguna escapada del monstruo acorralado pueda parecer sobrenatural. Puede que sea la música la que ilustre son mayor sencillez la capacidad de la serie para cambiar de marcha. Nos agita al compás del tango («El mundo fue y será una porquería, ya lo sé») y se termina de meter bajo la piel con el «Tuyo» que canta Rodrigo Amarante en los créditos.

Los bailarines, entretanto, se renuevan a la misma velocidad a la que caen, lo que tiene mérito ante semejante carnicería. En ese proceso, se cuida que no falten mujeres importantes, pero la historia es necesariamente masculina. Cuanto mayor es la maldad de un ecosistema, más difícil es mantener la biodiversidad sexual.

A medida que se aproxima el final, se encarniza el pulso político-militar entre el patrón del mal y los escasos defensores del bien. Parece que en Colombia, maravilloso país, ha estallado por fin la paz después de más de medio siglo de plomo. «Narcos» ayuda a entender mejor un buen puñado de aquellos años.

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