Serán narcotraficantes o asesinos, pero los malos tienen cierto morbo

Serán narcotraficantes o asesinos, pero los malos tienen cierto morbo

Publicado por el 02/09/2016

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Son mezquinos, maleducados, egoístas y desalmados. El poder, el dinero, las mujeres o vayamos a saber qué les corrompe, y siempre juegan sucio. Pero no nos importa, nos gustan. Cada vez hay más protagonistas inmorales, villanos de poca monta, mujeriegos, narcotraficantes o asesinos. Puede que en la vida real los repudiásemos, pero seguir a estos tipos a través de la pantalla ejerce una atracción inevitable, quizás porque podemos disfrutar sabiendo que se trata de ficción, salvando las distancias. Ellos, porque casi siempre son hombres, no reprimen sus instintos primarios y cometen fechorías que se nos cuentan, muchas veces, adornadas, e inevitablemente nos atrapan, porque es cierto, rara vez los condenamos. El mal tiene cierto encanto, lo que se llama placer culpable.

Los antihéroes tienen su punto, cierto morbo y mucho más carisma que protagonistas aficionados, forzados a ocupar el primer plano de series que incluso les vienen grandes. Eso es lo que pasa.

Los buenos ya no gustan. Casi siempre son demasiado simples, o tan perfectos que desafían nuestra credibilidad. Preferimos personajes imperfectos, con matices, o una doble moral que nos ponga a prueba. Malos poliédricos, no totales, con motivaciones y altibajos, y que incluso pueden ser buenos en determinados puntos de la trama. Mucho más interesante. Personalidad, vaya, fuera maniqueísmos.

tumblr_inline_obgwsfdWN11qe1dsy_500El capo  Tony Soprano exhibió las miserias de la mafia. Don Draper, perturbado por sus propias adicciones, mujeriego sin remedio cautivado por su propio ego -pilar y fantasma de su personalidad- llenó la pantalla de vicios y mentiras mientras Dexter lo hacía de sangre. Nos hemos reído con la malicia de ese borracho egoísta de Frank Gallagher («Shameless»), y también siendo testigos de cómo se corrompe un profesor enfermo de cáncer hasta convertirse en el Heisenberg de culto. Carrie la bipolar de «Homeland», el matrimonio Underwood y su maquiavélica escalada hacia el poder, el desquiciado hacker de «Mr. Robot», e incluso el Dr. House, un astuto sinvergüenza.

Sociópatas con excusa, o sin ella, que retan nuestros principios. Nadie los culpa, asumimos inconscientemente sus traspiés, su egoísmo, su derroche de maldad. Y a veces incluso lo justificamos. Será por eso de no quedarnos sin sus hazañas. Lo dicho, placer culpable.

Una vez admitido, seamos realistas: pueden ser cansinos si no están bien dibujados, o incluso sacarnos de quicio: a veces nuestra ética pesa más que su vil encanto.

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Y si pudo sumir un país en guerra y aún así conseguir que el pueblo colombiano le considerase un héroe, qué no iba a hacer con el espectador. Sí, Pablo Escobar es otro de esos malos que llenan la pantalla con sus infamias, aunque en este caso sus trapicheos vienen precedidos por la historia real del traficante. Es curioso cómo, analizando los giros de guión de «Narcos», este canalla siempre sale bien parado, hasta que muera claro. Tan solo hay una escena en la que los creadores de la serie de Netflix ceden a su inminente declive, y evidencia su desesperación en descuidos en los que antes implicaba a sus secuaces. Una única secuencia en la que mata a garrote, con inquina, a los que fueran sus amigos, sus «hermanos». Ese amor que profesa a los suyos se tiñe de sangre cuando el poder corrupto que lo hacía intocable flaquea, y lo degrada, sumiéndolo también en el caos personal.

Pero sucede todo lo contrario con Steve Murphy, el narrador, el agente de la DEA con convicciones que deja Miami para erradicar la droga que inunda el país cafetero. Él es poli bueno; su compañero, el borracho que hace el trabajo sucio. Pero esos valores que le impiden aceptar sobornos al principio terminan echándole el anzuelo, y ese escurridizo Pablo Escobar, capo reconvertido en prófugo, y sus constantes humillaciones al cuerpo jugando al gato y al ratón, surten su efecto. Se cambian las tornas, y el más honrado de la DEA termina siendo presa de ese enviciado y podrido sistema que perseguía. Ya no le importa disparar a bocajarro en una redada antidroga, ni disparar al vehículo de un taxista que le sacaba de quicio durante un atasco. Y tampoco a los creadores mostrárnoslo. Los filtros, a veces, son suficientes para tergiversar una historia. En este caso el bueno ya no es tan bueno, ni el malo es tan malo.

Quizás ahí radique el truco, un artificio de los creadores para mantenernos enganchados. O quizás sea otra la razón, el realismo mágico de la ficción en la pequeña pantalla, como desvela la serie en un capítulo: «Hay una explicación para que el realismo mágico nació en Colombia, porque ahí la realidad y sueños se confunden. Pueden volar tan alto como Ícaro, pero incluso el realismo mágico tiene sus límites y cuando te acercas demasiado al sol, tus sueños pueden desvanecerse».

 

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