Five Guys, la hamburguesería sin congeladores que solo sirve patatas cultivadas por encima del paralelo 42

Five Guys, la hamburguesería sin congeladores que solo sirve patatas cultivadas por encima del paralelo 42

Publicado por el nov 16, 2016

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Hoy tenemos firma invitada, os escribe Unai Mezcua:
Barack Obama ya se va, pero a los españoles nos deja su hamburguesa favorita. La cadena de comida rápida Five Guys, la preferida por el todavía presidente norteamericano, acaba de aterrizar en España con un local en la Gran Vía de Madrid. Precedida por su fama, es habitual ver grandes colas esperando para entrar, por lo que aprovechando un hueco entre semana decidí hacerle una visita con dos compañeros de la redacción para ver si su fama era o no merecida.

Fama que proviene no solo de que el propio Obama decidiera «escaparse» por sorpresa de la Casa Blanca para comerse este chorreante icono americano, sino también por las particularidades del restaurante. Por ejemplo, que únicamente sirvan patatas cultivadas por encima del paralelo 42 porque, según explican desde la empresa, «crecen durante el día cuando hace calor y se detienen por la noche, lo que las hace de mayor calidad». O que no gasten un céntimo en publicidad, confiando únicamente en el boca a boca, y sus locales carezcan de congeladores para asegurar que toda la mercancía se consume en pocas horas.

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El restaurante de Madrid, el primero de la cadena en España, está en un sitio inmejorable, justo enfrente de la Plaza de Callao y a dos pasos de la Puerta del Sol. Antes de entrar, una dependienta explica el funcionamiento: «Solo tenemos una hamburguesa: pequeña, con un filete de carne, y normal, con dos», cuenta.

Nada más entrar en el recinto, que cuenta únicamente con una planta —un empleado nos confió que por ahora la parte superior carece de licencia— aparecen apiladas las bolsas de patatas. Su procedencia, que varía cada día, puede verse en una pizarra colgada en una pared. Junto a ellas, una enorme caja de cartón repleta de cacahuetes cumple la doble función de entretener y terminar de abrir el apetito a los clientes más ansiosos.

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Como en cualquier restaurante de comida rápida, hay que hacer cola antes de la caja para pedir. Los cacahuetes ayudan a entretenerse durante la espera, pero también es un buen momento para estudiar el panel informativo que cuelga sobre las cabezas de los cajeros. La chica de la entrada nos había explicado que se puede añadir a las hamburguesas bacon y queso y luego hasta 15 ‘toppings’ gratis, que van desde los habituales lechuga, tomate y cebolla -plancha o cruda- hasta otros más exóticos como jalapeños, salsa picante o relish, un aliño especial para carne a la barbacoa. Sin embargo, se había dejado algunas cosas, como la posibilidad de añadir ¡bacon! a cualquiera de los batidos del restaurante, la carta de sándwiches —veggie (con todos los ingredientes de la carta salvo la carne), a la parrilla o BLT (bacon, lechuga, tomate) o el detalle de que siempre añaden una cucharada extra de patatas cuando el recipiente ya está lleno.

Superado el trámite de pedir llega el de pagar: 15,50 euros por la hamburguesa normal con bacon, lechuga, tomate y cebolla a la plancha, más un refresco y unas patatas “pequeñas” con las que dos personas podrían quedar saciadas. Más caro que otras cadenas como McDonald’s y Burger King pero, ¿merecerá la pena?

Tras pagar toca recoger el pedido en un segundo mostrador. Todo viene preparado por defecto para llevar: la hamburguesa, envuelta en papel de plata; las patatas, en un vaso de cartón y, para llevarlo todo y no perder la descomunal cantidad de patatas que rebosa del vaso, una bolsa de papel marrón, sin publicidad del restaurante. Unas patatas que, por cierto, bien merecen unas líneas: fritas en tiras aceite de cacahuete —según Five Guys eso permite calentarlas a una temperatura más altas manteniendo el sabor y la frescura—, se sirven aún con la piel. Yo he optado por tomar las patatas normales o Boardwalk, en lugar de las cajún —con un toque picante—, y no sé si es el paralelo 42, el aceite de cacahuete, o el hambre de medio día, pero me parecen realmente buenas: doradas, crujientes y deliciosas.

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A estas alturas, os podéis imaginar que el «hype» es máximo, así que comienzo a desenvolver la hamburguesa como si fuese un regalo de Navidad. Poco a poco el papel de plata se desprende para dejar a la vista un sándwich más pequeño de lo esperado, pero aún así, de buen tamaño. El pan es el habitual bollo tostado con semillas de sésamo, aunque con una textura muy tierna y un sabor magnífico. Debajo se esconden dos trozos pequeños de lechuga, dos rodajas de tomate de buen aspecto, las dos piezas de carne al punto (en ningún momento nadie me ha preguntado cómo la quería) y un queso amarillento, tipo cheddar, semiderretido y con un aspecto francamente atrayente.

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Empiezo rebañando el queso sobrante con las patatas. Pura delicia: sinceramente, uno de los mejores que he probado en una hamburguesa. La cosa promete, así que, tras una visita a la máquina de refill para rellenar por primera vez mi vaso de refresco y otra a la de salsas para hacerme con una buena cantidad de ketchup —eché de menos que hubiera mostaza y mayonesa— ataco lo principal.

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Desde el primer momento queda claro que la hamburguesa está en un nivel superior al que nos tienen acostumbrados las marcas de comida rápida. No solo el pan y el queso —sobre todo por este último que, repito, ¡es una delicia!—, sino también por la calidad de la carne. Y es que el ingrediente estrella cumple con creces: los dos filetes, de unos 100 gramos, están bien  condimentados. Aquí de nuevo entran en juego las excentricidades de Jerry Murrell y sus cuatro hijos varones —los «cinco tipos» que fundaron la cadena en 1986—, ya que los animales de los que procede la carne se alimentan de grano los últimos 120 dias en granjas familiares de Irlanda. Quizás sea eso, o quizás será que el cocinero hizo un diestro uso de la parrilla, pero el sabor es muy bueno, sin rastro de la carbonilla de otras hamburgueserías americanas.

La verdad es que la experiencia en general es buena, restando el punto negativo de la falta de espacio para sentarse —esperemos que abran pronto la parte de arriba— y quizás el precio, algo elevado. Sin embargo, es cierto que la calidad de la comida y su sabor bien lo merecen. Al terminar, los tres nos miramos y coincidimos: volveremos.

 

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