Zapatos rotos

Publicado por el Sep 25, 2014

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Madrid es ahora un muladar, aunque a los forasteros les cuentan que son trajines municipales para arreglar Madrid, que está sin acabar.
El atractivo de pasear por este muladar es el fisgoneo, y yo ya puedo decir que soy, en vez de paseante en corte, mirón de ropavejería.
De la mujer me gustan los zapatos, como a Ruano, a Jesulín de Ubrique o a Jorge Berlanga, a quien todos hemos visto en Balmoral beber champán en un zapato de cenicienta. (Antes, a la entrada, Jorge había cubierto el charco de la acera con su chaqueta para que la cenicienta pisara.)
Las cenicientas de la Movida se jugaban su reino de una noche a sus zapatos, y a mí estos zapatos tirados me parecen de aquellas reinas de la barra que Javier de Juan pintaba en el humo de los cigarros con labios de carne y piernas de acero. ¿En qué rebajas los compraron? ¿Qué sueños tuvieron? ¿Qué fiestas anduvieron? ¿Y el escaparate en que se enamoraron de ellos?
En Balmoral, cuando daban las doce y se vaciaba de señoritas, seguíamos hablando de zapatos, bajo los íbices y las alondras disecadas, con Jorge. Nos gustaba mucho un cuento (muy Podemos, si leyeran) de Dicenta que repasábamos de memoria. El del niño-hombre que, esperanzado en los emisarios del Niño-Dios, había puesto un zapatito, mordido por la suela, sobre las tejas que oleaban junto al tragaluz de la buhardilla. Huérfano de padre por una explosión de grisú, el chiquillo repugnó la ubre materna. Quería carne y pan. Y la viuda, que pudo venderse al vicio y tasarse alto, se vendió al trabajo servil por unas cuantas perras chicas. De noche, encendió el hornillo y preparó la humilde cena, y cuando el chiquillo, descalzándose alegremente, se fue hacia el tragaluz, la madre no le dijo nada: le dejó ser dichoso. Sus ojos siguieron la triunfadora ascensión del niño a la silla, su enérgico temblor al depositar el roto zapato en las tejas. Vino la aurora. El niño, desnudo, abrió de par en par el tragaluz y con las dos manos hizo presa en el zapato roto y, al mirarlo vacío, saltó de la silla gritando en su estilo más Dicenta: “¡Nada!… ¡nada! ¡Los Reyes no me han puesto nada!… ¡Malos! ¡malos! ¡malos!…” La madre despertó. “Pero hijo, ¡hijo de mi alma, qué has hecho! ¡Eso es buscar la pulmonía!” La pulmonía, más generosa y espléndida que los Reyes Magos, no defraudó al chiquillo. Acabó con él en cinco días. Ahora, en el jardín del manicomio pasea la infeliz obrera con los cabellos en desorden y los ojos enmatecidos por siniestro estupor. Sus manos oprimen convulsivamente contra el pecho algo que no se puede ver: es un zapato roto, sobre el cual ha pintado la loca una calavera.

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