Un dogo alemán en mi cajero automático

Publicado por el mar 28, 2012

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    Mi sueño más nerudiano (de hecho, el único) es poder ir de noche a un cajero automático con un dogo alemán de la mano, que es lo más parecido a lo de asustar a un notario con un lirio cortado.
    –¿Amas al dinero, su tacto, su olor, su crujiente sonido al estrujar los billetes? Si el color verde es tu favorito, tenemos el perfecto empleo para ti. Siendo cajero bancario conseguirás que te paguen por trabajar con dinero.
    Ése era el cuento de un anuncio americano que en 1996 pasaron por la TV para animar a las gentes a hacerse cajeros bancarios.
    Hoy, a cajeros bancarios, y esto no es más que una impresión, sólo se meten los que no caben en los seminarios.
    La crisis de vocaciones ha acabado con los cajeros bancarios, y todo nuestro freudismo oral alrededor del dinero se ventila en el cajero automático.
    “No soy tu cajero automático”, le dice a Obama el republicano de toda la vida.
    Nunca he perdido el tiempo con un cajero bancario, y, sin embargo, me tiro horas haciendo colas en los cajeros automáticos por culpa de esas señoras que sólo lo visitan para consultar el saldo.
    A ver a un cajero bancario yo iría con un fox terrier de pelo duro, pero nunca con un dogo alemán, creado, ahora que lo pienso, para ir a un cajero automático de la calle de Lista, que es mi calle, pues son los perros, y no sus amos, los que dan categoría a un vecindario.
    Ese dogo arlequinado (berrendo en negro para todo el barrio de Ventas) que impera en mi cajero automático es nostalgia del sha del exilio en Cuernavaca, protegido de los ninjas jomeinistas por dos dogos de precisión mecánica y merkeliana, que es a donde uno, desde el principio, quería llegar: a la mecánica merkeliana.

 

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